“Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor”
“Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho;… (Credo de Nicea-Constantinopla)
Los relatos acerca de la vida, muerte y resurrección de Jesús son la mejor noticia del mundo. Testimonian que Jesús de Nazaret, nacido en Belén, es “el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) hecho hombre. Fue enviado por el Padre para que “todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).
“Jesús” es el nombre propio asignado a la segunda persona de la Santísima Trinidad por el ángel Gabriel en la Anunciación. Expresa la misión e identidad del Redentor, ya que en hebreo significa “Dios salva”: el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo. El niño nacido de la Virgen María se llama así “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Jesús es el Nombre divino que puede ser invocado por todos, ya que en la Encarnación se unió a los hombres: “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12).
“Cristo”, por su parte, deriva de la traducción griega de la palabra hebrea “Mesías”, que significa “Ungido”. Antes en Israel, eran ungidos en el nombre de Dios quienes eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Era el caso de los reyes, sacerdotes y excepcionalmente, profetas, y, en Jesús, se cumple esta triple función: Él es rey, es sacerdote y es profeta. Jesús es el Cristo porque “Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10, 38).
Jesucristo es nombrado como Hijo de Dios. Esto remite a la relación única y eterna que tiene con su Padre: Él es el Hijo único del Padre y Él mismo es Dios (cf. Jn 1). El título de “Hijo de Dios” es el centro de la fe apostólica. Pedro, cimiento de la Iglesia, fue el primero en profesar esta verdad, al decir: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” (Mt 16,16). En el Bautismo y en la Transfiguración se oye una voz, la voz del Padre, que declara a Jesús como su “Hijo Amado”. Jesús también se designa a sí mismo el “Hijo Único de Dios” (Jn 3,16), afirmando su preexistencia eterna. El mismo centurión que le atravesó la espada dijo “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39)
El título de “Señor”, es la traducción griega de “Kyrios”, de la palabra YHWH (“Yahveh”), que alude a la soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad. San Pablo nos dice “Nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’ si no está impulsado por el Espíritu Santo.” (1 Co 12, 3).
CIC 430 – 455; Youcat 71 – 79, 86 – 92