“Espero la resurrección de los muertos…” (Credo de Nicea-Constantinopla)
Creemos en la resurrección de los muertos porque Cristo ha resucitado de entre los muertos, vive para siempre y nos hace partícipes de esta vida eterna. “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá.” (Jn 11, 25)
El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad. Pero Dios no contempla la carne humana como algo de escaso valor. Él mismo tomó «carne» en Jesús (encarnación), para salvar al hombre. Dios salva al hombre entero, en cuerpo y alma.
“Si se anuncia que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de ustedes afirman que los muertos no resucitan? ¡Si no hay resurrección, Cristo no resucitó! Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron.” (1 Co 15, 12-14.20).
Pero… ¿Qué es resucitar? En la muerte se sufre la separación del alma, que va al encuentro con Dios, y del cuerpo, que cae en la corrupción. Pero Dios en su omnipotencia le dará al cuerpo definitivamente la vida incorruptible, uniéndolo a nuestra alma. El cómo de la resurrección de nuestro cuerpo es un misterio, sin embargo, san Pablo está seguro: “se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos” (1 Cor 15,43a). Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita uno incorruptible, que será nuestro propio cuerpo, pero transfigurado en cuerpo de gloria, en cuerpo espiritual.
Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día: “Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5,24).
(CIC 988-1019; Youcat 152-155)