“y la vida del mundo futuro.” (Credo de Nicea-Constantinopla)
Cuando una persona muere, tiene lugar el juicio especial o particular. El juicio universal, que también se llama final, tendrá lugar en el último día, es decir, al final de los tiempos, en la segunda venida del Señor.
La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina, del amor manifestado en Cristo. Al morir, llega al momento de la verdad. Ya nada puede ser eliminado o escondido, nada puede ser cambiado. Dios nos ve como somos. Llegamos ante su juicio. Quizá debamos pasar aún por un proceso de purificación, quizá podamos gozar inmediatamente del abrazo de Dios. Pero puede que estemos tan llenos de maldad y odio, de tanto «no» a todo, que apartemos para siempre nuestro rostro del amor, de Dios. Y una vida sin amor no es otra cosa que el infierno.
Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. El cielo es poder mirar a Dios cara a cara, es como un único y eterno momento de amor.Nada nos separa ya de Dios, a quien ama nuestra alma y ha buscado durante toda una vida. Junto con todos los ángeles y santos podemos alegrarnos por siempre en y con Dios. Es el estado supremo y definitivo de dicha. En el cielo gozaremos de esa contemplación de Dios en su gloria celestial, que es lo que conocemos como “visión beatífica”. Esta visión sobrepasa toda comprensión y representación: en la Escritura se nos presenta como vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso… formas simbólicas que nos hacen imaginarlo.
El purgatorio, a menudo imaginado como un lugar, es más bien un estado. Quien muere en gracia de Dios (por tanto, en paz con Dios y los hombres), pero necesita aún purificación antes de poder ver a Dios cara a cara, pasa por el estado del purgatorio. Cuando Pedro traicionó a Jesús, el Señor se volvió y miró a Pedro: “Y Pedro salió fuera y lloró amargamente”. (Lc 22, 62) Este es un sentimiento como el del purgatorio: el Señor nos mira lleno de amor, y nosotros experimentamos una vergüenza ardiente y un arrepentimiento doloroso por nuestro comportamiento carente de amor. Sólo después de este dolor purificador seremos capaces de contemplar su mirada amorosa en la alegría celestial perfecta.
El infierno es el estado de la separación eterna de Dios, la ausencia absoluta de amor. No es Dios quien condena a los hombres. Es el mismo hombre quien, en su libertad, rechaza el amor misericordioso de Dios y renuncia voluntariamente a la vida eterna, excluyéndose de la comunión con Dios. Si hay alguien que en el momento de la muerte pueda de hecho mirar al amor absoluto a la cara y seguir diciendo no, no lo sabemos. Pero nuestra libertad hace posible esta decisión. Dios desea la comunión incluso con el último de los pecadores; quiere que todos se conviertan y se salven. Pero Dios ha hecho al hombre libre y respeta sus decisiones. Tanto las Escrituras como la enseñanza de la Iglesia nombran al infierno como un llamamiento a la responsabilidad, en cuanto a la libertad de cada uno con el destino eterno. Jesús nos alerta constantemente del riesgo de separarnos definitivamente de Él, cuando nos cerramos a la necesidad de nuestros hermanos y hermanas: “Aléjense de mí, malditos […] “lo que no hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. (Mt 25,41.45)
El Juicio Final se celebrará al final de los tiempos, cuando vuelva Cristo. Cuando Cristo venga en su gloria, la verdad saldrá abiertamente a la Luz: nuestros pensamientos, nuestras obras, nuestra relación con Dios y los hombres: nada quedará oculto. Ahí se decidirá si somos despertados para la vida eterna o si somos separados para siempre de Dios. Aquellos que hayan elegido la vida vivirán para siempre en la gloria de Dios y le alabarán en cuerpo y alma.
Al final de los tiempos Dios dispondrá un cielo nuevo y una tierra nueva. El mal ya no tendrá poder ni atractivo. El Dios trino habitará entre los redimidos y enjugará toda lágrima de sus ojos: ya no habrá muerte, ni luto, ni lamentos, ni fatiga.
(CIC 1020-1060; Youcat 156-164)