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ORACIÓN

por Fr. Rick Martignetti
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El Espíritu Santo me enseñó tres cosas sobre la oración que me gustaría compartir con ustedes hoy.

Desde el momento en que comencé como novicio con la orden franciscana, todos los días trato de tomar un tiempo para orar y estar a solas con Dios. Pero no siempre lo consigo, especialmente en esos primeros años. Recuerdo que me dijeron que tenía que sentarme en la capilla, estar tranquilo y «meditar» en silencio. Pero me di cuenta que no tenía una noción real de lo que realmente era la meditación. Me sentaba allí y pensaba: «Bien, voy a meditar ahora y pensar en Jesús. Jesús, Jesús, Jesús … espera, tengo hambre. ¿Comí  almuerzo? Debería de comer algo».

Me dijeron que el silencio es una parte esencial de la vocación franciscana. «Ok, yo puedo creer eso, Padre Director del Noviciado, pero ¿cómo puedo llegar a apreciarlo? ¿Cómo puedo permitir que el silencio sea el momento vivificante y fructífero de nutrición que dices que puede ser y no solo un ejercicio de autodisciplina o una lenta tortura diseñada para hacerme perder la cabeza?

Por la gracia de Dios logré seguir con mi hora santa diaria a lo largo de los años, incluso cuando era difícil, y de alguna manera las cosas evolucionaron. El Espíritu Santo me enseñó tres cosas sobre la oración que me gustaría compartir con ustedes hoy.

Número uno: Convierte las distracciones en oración.

Al principio me di cuenta de que cada vez que me sentaba e intentaba calmar mi mente para una oración silenciosa, las primeras cosas que surgían eran mis conversaciones e interacciones más recientes con la gente. Durante años, traté de alejar estas imágenes que me distraían y no pensar en ellas antes de admitir un día que esta era una batalla perdida. En lugar de ver tales pensamientos como distracciones para combatir, aprendí a darles la bienvenida y, uno por uno, los reconocí y se los di a Dios. Incluso tener hambre no tiene que ser una distracción. Se puede convertir en una oración en la que se nos recuerda nuestra falta de plenitud y la necesidad por Dios quien nos da el pan de cada día.

Si ustedes son como yo, en algún momento de las últimas veinticuatro horas, lo más probable es que hayan dicho o hecho algo estúpido. A menudo hay pequeños remordimientos que llevamos con nosotros todo el día que pueden parecer una colección de astillas, no lo suficientemente dañinos como para mantenernos alejados de lo que hacemos, pero ciertamente lo suficientemente molestos como para evitar que lo que hacemos hagamos con paz. Cuando nos sentamos a orar, casi siempre, estos pequeños remordimientos son lo primero que se nos viene a la mente. He aprendido a estar bien con eso. Puedo volver a pensar en últimos acontecimientos, mirar honestamente lo que pueden enseñarme y luego dárselos a Dios. Recuerdo a las personas con las que interactué, las historias que escuché y pido oración, así como las palabras que pronuncié, que podrían haberse elegido mejor; y darle todo a quien realmente puede hacer algo con eso. Oro, «Jesús enséñame algo de lo que acaba de  suceder y luego llévatelo».

Siempre me ha inspirado el Santo Papa Juan XXIII, quien fue excelente en entregar sus problemas a Dios. Se nos dice que antes de acostarse cada noche, rezaba algo así: «Bueno, Señor, hice todo lo posible por dirigir la Iglesia hoy y todavía hay muchos problemas. Te lo devuelvo. Estoy cansado y de todos modos es tu Iglesia. Me voy a dormir.»
El Papa Juan XXIII aprendió el secreto de devolver todo a aquel a quien realmente pertenece y sintió la paz que llega cuando logramos dar a Dios lo que es de Dios. Cuando nos aferramos demasiado a arrepentimientos, victorias, preocupaciones e incluso alegrías, podemos comenzar a pensar que el mundo gira en torno a lo que decimos y hacemos. Ponerlo todo en las grandes manos de Dios nos conducirá a la paz que permitió que el Papa tuviera una buena noche de sueño o profundizara su oración.

Número dos: Haz la oración en movimiento.

En 1 Tesalonicenses 5:17, San Pablo desafía a su audiencia con las palabras «nunca dejes de orar». Tal orden podría parecer un llamado solamente para los monjes, algo completamente irreal para cualquiera que esté fuera de un monasterio, pero no tiene por qué ser una meta inalcanzable si permitimos que la Cruz sea plantada dentro de nuestros corazones. Creo que hay dos maneras básicas de oración. La primera es la «oración concentrada», es decir cualquier período de tiempo para hablar, pensar, leer y escuchar a Dios. Esto es necesario y hermoso, pero no es todo lo que existe. También hay lo que yo llamo «oración en movimiento», o estar en un espíritu de oración: alabar, agradecer, meditar y pensar en el Señor y su Cruz, incluso mientras estamos ocupados con otras actividades. Orar de esta manera, mientras caminamos a lo largo de nuestro día, es una forma de vivir en una conciencia continua de la presencia de Dios y ciertamente influenciaría todo lo que hacemos o decimos. Tanto la «oración concentrada» como la «oración en movimiento» son importantes ya que cada una tiende a desbordarse en la otra, revelando la cercanía del Señor de maneras ligeramente diferentes.

San Francisco de Asís, cuya meta de vida era llegar a conocer verdaderamente el corazón de Jesucristo, abrazó ambas formas de oración. Su biógrafo, Tomás de Celano, da un ejemplo de cada uno cuando dice de Francisco:
Caminando, sentado, comiendo, bebiendo, él estaba concentrado en la oración. Pero también pasaría la noche solo rezando en iglesias abandonadas y lugares desiertos donde, con la protección de la gracia divina, venció los muchos temores y ansiedades de su alma.

El hablar de las ansiedades de nuestra alma nos lleva a la tercera cosa que aprendí sobre la oración.

Número tres: Busca las señales.

¿Cuándo debemos orar? Bueno, así como nuestros cuerpos nos dan señales cuando necesitamos comida, agua o dormir, también nuestras almas nos darán señales cuando necesitemos oración. Una de estas señales es cómo estamos mirando a las personas que nos rodean. Cuando nos encontramos viendo de lado a lado, es decir, cuando nos comparamos con nuestros hermanos y hermanas o tal vez los vemos como inoportunos en lugar de bendiciones, es hora de buscar a Cristo. Cuando somos celosos, juzgones o lujuriosos, mirando a los que nos rodean de manera poco saludable, debemos interpretar eso como nuestras almas sedientas de algo más grande. Es como si nos estuvieran pidiendo a gritos que dejáramos de mirar horizontalmente y empezáramos a mirar verticalmente.

Nuestras almas nos dirán cuándo necesitan ser alimentados, cuándo tenemos que mirar a Jesucristo, alzado en la cruz por nosotros, y considerar quién es Él y todo lo que  ha hecho. Ya sea a través de «oración concentrada» o «oración en movimiento», mirar la Cruz y reflexionar sobre Cristo crucificado pondrá todo lo demás en la perspectiva adecuada y nos ayudará a vivir el amor compasivo que estamos llamados a abrazar. Imagina que tu corazón es un hermoso cáliz de cristal tallado a mano y finamente detallado, construido por el Maestro Artesano.

Imagina que el Artesano no hizo nada por casualidad. Sabía cómo quería que fuera el cáliz por fuera y por dentro. Sabía cuánto debía contener el cáliz, cuán grande debería ser el espacio vacío del cáliz. Ahora imagina que el Artesano te deja a ti llenar el cáliz. El espacio vacío dentro de tu corazón anhela algo que lo llene. Tu corazón lucha contra el vacío, anhelando «algo» para ocupar el espacio y no te permitirá descansar hasta que decidas qué será ese «algo».

Por supuesto, el único «algo» que vale la pena que realmente nos puede traer felicidad es el Señor Jesucristo. El cáliz de nuestro corazón fue hecho para su amor, para ser llenado con su buena y preciosa sangre. Nuestras vidas fueron hechas para encontrar su significado en el de Él. Cuando oramos, vamos a Jesús con ese vacío tal como está, y le permitimos llenarlo de Él en lugar de llenarlo de cosas mundanas. Entonces podemos hacerle frente al mundo con la fuerza y ​​la alegría de Dios en nosotros. Hacer de esto una práctica continua, impregnándonos cada día con oración, no solo nos mantendrá llenos hasta el borde, sino que nos llevará al punto de desbordarnos con el amor y la bondad del Señor. Entonces, naturalmente, buscaremos ser derramados, compartirlo y llevarlo a los demás en las simples interacciones de la vida diaria.

Aquellos que no han aprendido a prestar atención a los signos que les dan sus almas y no se vuelven al Señor Jesús en oración pueden encontrarse exigiendo demasiado a los demás. Se enfrentan al mundo como un cáliz vacío, buscando consciente o inconscientemente ser llenados por personas o cosas. Pero nada en el mundo puede llenar adecuadamente nuestros cálices. Jesús es el único que puede llenar nuestro vacío. Él nos ha sido dado por el Padre a cualquiera que lo busque, desee ser llenado por él y confíe en él para llenar su vacío con él mismo.

Entonces, esas son las tres cosas importantes que aprendí acerca de la oración a lo largo de los años. En primer lugar, convertir las distracciones en oración. Habla con Jesús sobre las cosas importantes en tu vida, especialmente las más recientes que tienes en tu mente de cualquier forma. Él te ayudará a encontrarles sentido, a quitarte la preocupación y a darte paz. En segundo lugar, haz la oración en movimiento. Piensa en Jesús como lo hizo San Francisco, incluso mientras hacemos nuestras tareas diarias. Nuestro interior siempre debe estar alabando a Jesús y agradeciéndole, incluso mientras caminamos, nos sentamos, comemos o bebemos. Y en tercer lugar, busca los signos. Cuando estás molesto o herido, cuando las personas en tu vida parecen cargas en lugar de bendiciones, es hora de forjar un tiempo de calidad para estar con Jesús. Él pone todas las cosas en la perspectiva correcta. Deja que Él llene el cáliz de tu corazón con su amor. Mediante la oración, Él llenará tu corazón hasta el punto en que se desborde y su amor llegue a los demás a través de ti. ¡Que Dios te dé paz!

Traducción: Marielos Gonzalez

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2 comentarios

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Ester Goeta S. julio 5, 2018 - 11:34 am

Muchas gracias por sus valiosos aportes de edificación espiritual.

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José julio 9, 2018 - 12:24 pm

Misterioso momento, no pensé leer tanto estos bellos artículos. Haberlo hecho, y este en particular es como haber hablado con El mismo Dios. Supongo que el anhelo lo lleva el pecador que desea ser encontrado, pero sucede que Dios te encuentra y ubica en cualquier parte del planeta, para reiterarte que aún eres un hijo adorado. Mágica lectura de la Oración. Creo voy haciendo bien mi camino en medio de este valle del istmo. Que triste no poder compartirlo esperando pacientemente instrucción del Cielo…, llora el alma con desconsuelo tanto descubrir y sentir hermoso!

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