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La humildad

por Pbro. Eduardo Acosta

Jesucristo habla muchas veces de la virtud de la humildad. Este es el eje sobre el que girarán las líneas que le dan forma a este artículo. 

Y si habla el Hijo del Hombre, no hay manera más acertada de empezar este texto que leyendo la Palabra del Señor. 

Trigésimo domingo del año 

Evangelio (Lc 18,9-14) 

Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y que despreciaban a los demás: — Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo». Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador».Les digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado. 

La humildad

Jesucristo habla muchas veces de la virtud de la humildad. Santa Teresa de Jesús dice a este respecto: Una vez estaba yo considerando por qué razón era Nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y pusóseme por delante, a mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: Que es porque Dios es suma Verdad y la humildad es andar en la verdad. 

En la parábola del fariseo y el publicano que suben al templo a orar, Jesús nos instruye sobre la humildad, virtud imprescindible para tratar a Dios y a los demás y “disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración”, como recuerda el Catecismo de la Iglesia (n. 2559). 

Dos cosas son fundamentales al hablar de esta virtud.  Reconocer la grandeza de Dios y nuestra pequeñez. Quién mejor lo entendió fue María Santísima. San Lucas lo recoge en la Visitación. Veamos.

María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y  se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava “por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo” (Evangelio de San Lucas, CAPITULO 1, 46-49)

La criatura más perfecta salida de las manos de Dios, reconoce que todo se lo debe a Dios. Le alaba, se alegra, muy especialmente porque Dios se ha fijado en su pequeñez.También lo han dicho otros santos. San Josemaría escribió sobre esa grandeza en Forja.

“Hijos de Dios. Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse  oscuridades, penumbras, ni sombras.-El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna”. 

La pequeñez

Santa Catalina de Siena lo hace a través de una locución divina: “Sabes, hija, quién eres tú y quién soy yo? Y antes que Catalina pudiera contestar, oye la respuesta de labios del Señor, que quedará grabada para siempre en su corazón: “Tú eres la que no es; y Yo, el que soy. Si tuvieres en el alma tal conocimiento, el enemigo no podrá engañarte y escaparás de todas sus insidias y adquirirás sin dificultad toda gracia, verdad y luz”.

San Josemaría Escrivá lo expresaba con su propia experiencia: “No soy nada, no valgo nada, no tengo nada, no sé nada… Soy un pecador que ama con locura a Jesucristo”. 

Podemos ya recordar. Lo ha dicho aquél, que es el primer literato de Castilla, que la humildad es la base y el fundamento de todas las virtudes, y sin ella no hay ninguna que lo sea. 

Ya podemos situarnos y decir lo que es la humildad. Consiste en conocer nuestra pequeñez, pero también nuestra dignidad y grandeza. Nuestra pequeñez: porque qué somos cada uno de nosotros con respecto a toda la creación: un punto insignificante, más pequeños delante de Dios que un niño de dos años. Además somos pecadores. Jesús lo enseñó frecuentemente. Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.

Miseria divina 

Somos dignos porque somos hijos queridísimos de Dios. Por tanto, se dan al mismo tiempo la miseria de nuestra poquedad y la grandeza de la filiación divina, pecadores y al mismo tiempo portadores de esencias divinas que harán posible transformar en divinos todos los caminos de la tierra. El que sabe esta verdad, su bajeza y su grandeza, sabe que no puede ir solo: Dios es su fuerza. Es la sabiduría del corazón, es la medida del hombre de fe.

En la parábola del evangelio hay un enorme contraste. El fariseo que, para los judíos de la época era el modelo a seguir. La persona virtuosa, con buen criterio, maestro de los demás.

 El Señor lo presenta, sin embargo, como un hombre presuntuoso,  orgulloso de sí mismo. Se siente el centro de todo. Está delante de Dios de manera grandilocuente. Todo lo bueno que hace es fruto de su bondad. Se cree, incluso, muy por encima de lo que cumplían los demás. Es generoso en las limosnas, ayuna como nadie, un hombre con muchos méritos. Y no es como los demás: ladrones, injustos, adúlteros, ni como el publicano. Desprecia a los demás.

El publicano, encargado de recaudar los impuestos para los romanos, era considerado, en aquellos tiempos, un pecador. Todo el mundo lo tachaba de ladrón y de trabajar para enriquecer a los romanos con los onerosos impuestos que hacían pagar al pueblo judío.

Este lo reconoce. Se queda lejos, con la cabeza agachada. Se golpea el pecho reconociendo que es un pecador. Señor, ten piedad de mí que soy un pecador. Así deja actuar a Dios. Le abre su corazón. San Agustín dice: “Aunque le alejaba de Dios su conciencia, le acercaba a él su piedad” 

Aprender a ser humildes

Por eso dice el Señor que regresó justificado. Es la humildad. Vamos a pedirle al Señor que nos enseñe a ser humildes. El se puso como ejemplo. Imitémosle. En el evangelio de San Mateo nos dice el Señor: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Nace sin ninguna bulla en Belén de Judá, en un pesebre, pasando desapercibido a los poderosos. Es el Dueño del universo y solamente saben de su nacimiento unos pastores que estaban cuidando sus ovejas.

Después de la multiplicación  de los panes y de los peces. Lo quieren hacer Rey. Sube a la montaña a orar. No vino a lucirse, sino a salvarnos. Sus parábolas quieren que lo entendamos.  

Se nos entrega cada día en la Eucaristía bajándose hasta hacerse alimento de nosotros, utilizando el pan y el vino, alimentos de cualquier familia, pobre o rica, para hacer con ellos el milagro de su Presencia Real. Ahí está en el Sagrario. No lo vemos con los ojos biológicos, sino con los de la fe.

Los Apóstoles, después de muchos tropiezos, aprendieron del Señor. Antes tuvo que regañarlos porque querían ser los primeros. Claramente les dijo que para ser agradables a Dios, tenían que ser los últimos, tenían que ser niños pequeñitos. Un día le trajeron unos niños pequeños para que los tocara. Los Apóstoles empezaron a regañar a los que los traían. Jesús, entonces, les pidió que se los acercaran, diciendo: dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo, que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él.

La humildad no es una barrera

“La verdadera humildad no se opone al legítimo deseo de progreso personal en la vida social, de gozar del necesario prestigio profesional, de recibir el honor y la honra que a cada persona le son debidos. Todo esto es compatible con una honda humildad; pero quien es humilde no gusta de alardear de sus éxitos y virtudes. No se regodea con su grandeza. Le da gracias a Dios y mantiene el orden de la caridad: Dios, los demás y yo. Lo expresa muy bien Víctor Frankl: “El soberbio siempre se busca a sí mismo, en todo momento es el centro de atención de sus pensamientos y acciones. En realidad el que así se encuentra está enfermo: propiamente hablando una persona puede realizarse a sí misma en la medida en que se olvida de sí misma, en que se pasa por alto a sí misma. ¿No ocurre lo mismo con el ojo, cuya capacidad visiva depende de que no se ve a sí mismo? ¿Cuándo ve el ojo algo de sí? Sólo cuando está enfermo. Cuando padezco glaucoma, veo una nube, y entonces es cuando advierto la opacidad del cristalino. Cuando tengo un glaucoma, veo un halo de colores del arco iris entorno a las fuentes luminosas, lo que no es sino el glaucoma. Pero en esta medida disminuye la capacidad del ojo para percibir el entorno”.

Pidamos a María Santísima, modelo de humildad después de su Hijo Jesús, que nos ayude a vivir con el prejuicio psicológico de pensar habitualmente en los demás. Y seremos felices y haremos felices a los demás.

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