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Ser agradecidos

por Pbro. Eduardo Acosta

Muchas lecturas de los evangelios nos invitan a ser agradecidos con Dios y a tener confianza en los caminos que Él escoge. Hay dos protagonizadas, una  por un sirio, la otra por un samaritano. Ambos sufren la enfermedad de la lepra. Era terrible, no tenía curación.

La Primera lectura de la Misa, del libro de los Reyes, nos recuerda la curación de Naamán de Siria sanado de la lepra por Dios, a través del Profeta Eliseo. El Señor se sirvió de este milagro para atraerlo a la fe, un don mucho mayor que la salud del cuerpo. 

Aunque sea largo, para entender esa lectura copio el texto. 

Primero, Eliseo

“Naamán con sus caballos y su carruaje se detuvo en la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo le envió un mensajero a decirle:

—Vete y lávate siete veces en el Jordán y tu carne volverá a quedar sana.

Naamán se irritó y se dispuso a marchar diciendo:

—Yo me imaginaba que a buen seguro saldría hasta mí y de pie invocaría el nombre del Señor, su Dios; pondría su mano donde está la lepra y me curaría de ella. ¿Acaso no son los ríos de Damasco, el Amaná y el Parpar, mejores que todos los ríos de Israel, para lavarme en ellos y quedar limpio?

Dio media vuelta y se marchó con rabia. Pero se le acercaron sus siervos y le hablaron diciendo:

—Padre, si el profeta te hubiera mandado algo difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuánto más si te ha dicho: «Lávate y te quedarás limpio».

Bajó  y se metió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios, y entonces su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.

Volvió  con todo su acompañamiento adonde estaba el hombre de Dios, entró y se detuvo ante él diciendo:

—Reconozco ciertamente que no hay otro Dios en toda la tierra sino el Dios de Israel. Ahora, por favor, recibe un regalo de tu siervo.

Le  respondió:

—Por la vida del Señor en cuya presencia me mantengo, que no lo aceptaré.

Le insistió para que lo aceptase, pero él rehusó. Dijo entonces Naamán:

—Pues si no, que se le conceda a tu siervo la carga de tierra de un par de mulas, pues tu siervo no ha de ofrecer holocausto ni sacrificio alguno a otros dioses, sino al Señor”(2Reyes 5,10-17)

Le costó ver el querer de Dios. Pretendía que la curación fuera como él quería. Quizá nos pasa a nosotros. Tanto en nuestras dificultades personales o familiares, como ante la situación del país. Queremos obligar al Señor a que resuelva las cosas con nuestro criterio. ,Qué pena me da ver en las redes sociales a personas, seguramente con muchas virtudes, que critican cualquier acción, intención o estrategia de otros, que no coinciden con las suyas!. Ahí no está Dios. Naaman tuvo la virtud de escuchar a sus acompañantes. Hizo lo que le indicó el profeta y se curó. Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Terminó siendo muy agradecido y recibió la fe. 

Ahora Lucas

. En el Evangelio de la Misa, San Lucas nos relata un hecho similar: un samaritano, que, como Naamán, tampoco pertenecía al pueblo de Israel, encuentra la fe después de su curación, como premio a su agradecimiento.

“Eran en total diez  leprosos. “Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso “Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso”“diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando:

—¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!

Al verlos, les dijo:

—Vayan y preséntense a los sacerdotes.

Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús:

—¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?

Y le dijo:

—Levántate y vete; tu fe te ha salvado”(Lucas 17, 11-19)

Tienen algo maravilloso: nos enseñan a pedir, acuden a la misericordia divina, que es la fuente de todas las gracias. Y nos muestran el camino de la curación, cualquiera que sea la lepra que llevemos en el alma: tener fe y ser dóciles a quienes, en nombre del Maestro, nos indican lo que debemos hacer

Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Nos podemos imaginar fácilmente su alegría. Y en medio de tanto alborozo, los nueve judíos se olvidaron de Jesús. En la desgracia, en las dificultades, en la enfermedad,se acuerdan de Él y le piden; en la victorias, en los éxitos, se olvidan. Sólo uno, el samaritano, regresó hacia donde estaba el Señor con los suyos. Probablemente lo hizo corriendo, como loco de contento, glorificando a Dios a gritos, como lo señala el Evangelista. Y fue a postrarse a los pies del Maestro, dándole gracias. Es ésta una acción profundamente humana y llena de belleza. «¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras, “gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad (Hablar con Dios, Francisco Fernández Carvajal)

Ser agradecido es una gran virtud. El Señor debió de alegrarse al ver las muestras de gratitud de este samaritano, y a la vez se llenó de tristeza al comprobar la ausencia de los demás. Jesús esperaba a todos: ¿No son diez los que han quedado limpios? Y los otros nueve, ¿dónde están?, preguntó. Y manifestó su sorpresa y su dolor.

Con frecuencia tenemos mejor memoria para nuestras necesidades y carencias que para nuestros bienes. Vivimos pendientes de lo que nos falta y nos fijamos poco en lo que tenemos, y quizá por eso lo apreciamos menos y nos quedamos cortos en la gratitud. O pensamos que nos es debido a nosotros mismos y nos olvidamos de lo que San Agustín señala al comentar este pasaje del Evangelio: «Nuestro no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Pues ¿qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor 4, 7)» [8].”

Las injusticias que agobian

En los momentos actuales estamos demasiado agobiados por las injusticias que estamos sufriendo. Y no nos damos cuenta de la tarea de conversión que está realizando el Señor, preparándonos para las maravillas que nos tiene preparadas. Dios necesita venezolanos coherentes para que, desde este país, seamos un faro para el mundo entero.

Recordemos con frecuencia los dones naturales y las gracias que el Señor nos da, y no perdamos la alegría cuando pensemos que nos falta algo, porque incluso eso mismo de lo que carecemos es, posiblemente, una preparación para recibir un bien más alto. 

El samaritano, a través del gran mal de su lepra, conoció a Jesucristo, y por ser agradecido se ganó su amistad y el incomparable don de la fe: Levántate y vete: tu fe te ha salvado. Los nueve leprosos desagradecidos se quedaron sin la mejor parte que les había reservado el Señor. Porque –como enseña San Bernardo– «a quien humildemente se reconoce obligado y agradecido por los beneficios, con razón se le prometen muchos más. Pues el que se muestra fiel en lo poco, con justo derecho será constituido sobre lo mucho, así como, por el contrario, se hace indigno de nuevos favores quien es

Vamos a preguntarnos. ¿Agradecemos, por ejemplo, cuando nos confesamos, la facilidad con la que Dios actúa para limpiar nuestros pecados en el Sacramento del perdón? ¿Damos gracias frecuentemente por el inmenso don de tener a Jesucristo con nosotros en la misma ciudad, quizá en la misma calle, en la Sagrada Eucaristía?

Los favores del Señor

Muchos favores del Señor los recibimos a través de las personas que tratamos diariamente, y por eso el agradecimiento a Dios debe pasar por esas personas que tanto nos ayudan a que la vida sea menos dura, la tierra más grata y el Cielo más próximo. Al darle gracias a ellas, se las damos a Dios, que se hace presente en nuestros hermanos los hombres. No nos quedemos cortos a la hora de corresponder. «No creamos cumplir con los hombres porque les damos, por su trabajo y servicios, la compensación pecuniaria que necesitan para vivir. Nos han dado algo más que un don material. Los maestros nos han instruido, y los que nos han enseñado el oficio, o también el médico que ha atendido la enfermedad de un hijo y lo ha salvado de la muerte, y tantos otros, nos han abierto los tesoros de su inteligencia, de su ciencia, de su habilidad, de su bondad. Eso no se paga con billetes de banco, porque nos han dado su alma. Pero también el carbón que nos calienta representa el trabajo penoso del minero; el pan que comemos, la fatiga del campesino: nos han entregado un poco de su vida. (Hablar con Dios, Francisco Fernández Carvajal)

Anécdota final

Termino con una anécdota. La Madre Teresa encontró, a una anciana moribunda, tirada en una acera una noche cerca de su convento en Calcuta. La llevó, como hacían con otras personas, a un casa que había fundado para atender a los moribundos. La limpió, la vistió, la peinó,le dio todos los detalles de cariño que le dictaba su inmenso amor cristiano; pero sabía que se moría. La mujer fijó su mirada en ella y le dijo: Gracias. Poco después falleció. La Madre Teresa se quedó pensando y hablando con Dios. ¿Qué hubiera dicho yo en esas circunstancias? ¿Una crítica a mi familia por haberme abandonado? ¿Un pensamiento de rencor o de odio por ese desamor?

Solamente dijo: gracias. Que manera más hermosa de llegar al encuentro del Señor.

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1 comentario

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Ernesto Miqueo diciembre 2, 2019 - 2:44 pm

Muchas gracias por recordarnos la necesidad de agradecer los milagros que recibimos a cada rato sin darnos cuenta. Trato de hacerlo con una oración silenciosa, una sonrisa, una mirada, una frase. Hasta con un chocolate, cuando parezca no corresponder….Ernesto.

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