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Porque con el Espíritu Santo, hasta el cielo no paramos

por Editor mdc
Porque con el Espíritu Santo, hasta el cielo no paramos

El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (Jn 15, 26) -lo decimos en el credo niceno constantinopolitano-, y es llamado la tercera persona de la Santísima Trinidad, por lo tanto, es Dios mismo.

Es la fuerza que nos impulsa a salir al encuentro de los demás. Es el Espíritu que inspiró a la llena de Gracia cuando fue a visitar a Isabel (Lc 1,39-56); el mismo que impulsó a Jesús a pasar cuarenta días en el desierto (Mt 4,1-2). Es fortaleza en la debilidad, luz en las tinieblas, amor que transforma la vida.

El Espíritu Santo nos acompaña desde el inicio de la creación (Gn 1,2) a lo largo de la historia de la salvación. Está con cada uno de nosotros desde el día en el que nacimos. Luego de la Pasión y Resurrección, Jesús nos prometió la venida del Paráclito, y cumplió (Jn 14, 15-17; Hch 1, 8). Los apóstoles lo recibieron en el cenáculo estando en oración con nuestra Madre (Hch 2, 1-11) y gracias a Él salieron a predicar la Palabra de Dios que llega a nuestros días.

Si bien para muchos puede ser lejano o desconocido, no es posible la vida de fe sin el Espíritu Santo. Soy habitado por Dios (Gal 2,20) pero ¿por dónde comenzamos? ¿Qué camino debemos recorrer?

El Espíritu Santo viene a completar la obra de redención de Cristo y exhalando su aliento acompaña, preside la misión de la Iglesia y la santifica. Es el mismo que ungió a Jesús cuando lo bautizó Juan (Mt 3,13-17), es el que recibimos en el bautismo (Hch 19, 1-7) y de manera más plena en la confirmación, es el que se hace presente en todos los sacramentos, da vida al hombre y lo transforma en una nueva creatura.

El Paráclito que recibieron los discípulos en Pentecostés viene para quedarse, para estar con nosotros, nos acompaña y despierta la fe, nadie puede decir que Jesús es el Señor si no es impulsado por este mismo Espíritu (1 Cor 12,3).

Por medio del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo vienen a hacer morada en el hombre, por eso, somos templos del Espíritu Santo (1 Cor 3,16-17). Él está presente en cada circunstancia de nuestras vidas y nos auxilia en momentos de necesidad.

Con todo, ¿cómo puedo llenarme del Espíritu Santo? ¿Cómo hacer la voluntad de Dios sin que la mía se interponga en el camino? Debemos estar atentos para reconocer, acoger y poner en práctica las inspiraciones del Paráclito. Para llenarme de Dios es fundamental la oración (Hch 4,31) y la lectura de las Sagradas Escrituras (2 Pedro 1,20-21). En nuestro encuentro con Dios solo basta abrirle el corazón, vaciar nuestro interior de todo aquello que nos distrae y contemplarlo a Él, charlar con Él.

El Espíritu Santo sopla donde quiere, es bálsamo y consolador en las dificultades, purifica el corazón y lo dispone maravillosamente a recibir la gracia a través del perdón (Rm 8,26-27). Debemos dejarnos guiar por Dios, aunque a veces no entendamos sus motivos.

Aunque las paredes se caigan, hay que seguir adelante, la docilidad libera y ensancha el corazón. Pidamos al Señor el discernimiento en nuestro obrar y actuar, algo insignificante a primera vista puede tener un alcance mucho mayor del que pensamos.

Los dones del Espíritu Santo son un regalo de Dios (Is 11, 1-5) que se revelan a nosotros por medio del mismo Espíritu (1 Cor 12, 1-11). Aprendamos a pedir su consejo en nuestra vida diaria: ¿Qué harías en mi lugar, Jesús? ¿Qué es lo mejor para mi alma?

Debemos orientar nuestros esfuerzos en una buena dirección, dejar actuar a Dios en nuestras vidas sin oponer resistencia. Se trata de aceptar los acontecimientos y abandonarnos en los brazos de Dios para actuar de la mejor manera posible. Con el alma dispuesta al Amor, el Espíritu Santo realizará su querer en nuestras vidas (Gal 5, 16-26).

La santidad no se logra por los propios méritos sino que es un don de Dios. Ser santo es vivir en Cristo. Ello nos lleva a mirar nuestra cotidianeidad y preguntarnos: ¿deseamos realmente la santidad o solo nos conformamos con ser buenos, cumplir con lo necesario y listo?

El “hasta el cielo no paramos” no es una simple frase. Implica una meta, un camino. Ese cielo es la santidad, estar con Dios. Los cristianos peregrinamos hacia donde Jesús nos espera con los brazos abiertos. Entonces, ser santos es dejar que el Espíritu Santo entre en nuestros corazones (Rom 5,5).

Aunque Dios que te creó sin ti, no te puede salvar sin ti. Cada persona es importante en el plan de salvación, como dijo el Papa Francisco, “nadie se salva solo”. Seamos dóciles. Así como el músico ajusta las clavijas de la guitarra para que esté afinada, Dios nos puede conducir para ser instrumentos de paz, de perdón, de servicio a los demás. Para eso, cada uno debe reconstruir su interior (Rom 12,16-18).

No olvides que en cualquier parte del mundo se puede ser testigo de Jesús (Jn 17, 22-23). El Espíritu Santo es Dios mismo y todo lo que tenemos y el bien que hicimos durante nuestras vidas es gracias a Él. Al despertar cada mañana, entreguémosle libremente el timón del día al Espíritu Santo, dejemos que nos llene y obre en cada uno de nosotros (Hch 2, 37-40).

Dios nos ama y nos acompaña hasta el final. Asumamos nuestra realidad y comprometámonos. Hay que seguir luchando y dando testimonio (1 Jn 1, 3). Por eso, con el Espíritu Santo hasta el cielo no paramos.

Autora: Una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar

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