Inicio Dios te quiere «Confiar en Dios ante las dificultades»

«Confiar en Dios ante las dificultades»

por Pbro. Tomás Trigo
Dios te quiere

El Señor, nuestro Padre, va delante de nosotros, nos defiende, combate por nosotros, y después nos toma en sus brazos, nos sonríe, nos llama “hijo mío” y nos pone sobre sus hombros, porque le gusta jugar con sus hijos y llevarnos como un padre lleva a su niño más pequeño

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Moisés se dirige a los israelitas y, refiriéndose a los enemigos, les dice: 

«No os espantéis ni les temáis; el Señor, vuestro Dios, que marcha a vuestro frente, combatirá por vosotros, como visteis que hizo en Egipto y en el desierto, donde has visto que el Señor, tu Dios, te ha llevado como un hombre lleva a su hijo, en todo el camino que habéis recorrido hasta llegar aquí» (Deut 1, 29-31).

Dios nos lleva, como un padre lleva a su hijo pequeño, en sus brazos fuertes. O sobre el asiento seguro de sus hombros.

Tenemos enemigos. Sobre todo, la soberbia, el egoísmo, las malas tendencias que anidan en el corazón. Y el diablo. Y el mundo: lo que en el mundo es contrario al amor de Dios.

Pero no tenemos motivo para temer. El Señor, nuestro Padre, va delante de nosotros, nos defiende, combate por nosotros, y después nos toma en sus brazos, nos sonríe, nos llama “hijo mío” y nos pone sobre sus hombros, porque le gusta jugar con sus hijos y llevarnos como un padre lleva a su niño más pequeño.

Si estamos en los brazos de nuestro Padre, no tenemos motivos para temer a nada ni a nadie. Nada ni nadie puede hacernos daño. 

«¿Qué diremos a esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?» (Rm 8, 31-32).

Aunque perdamos todos los amores de la tierra, amores hermosos que nos ayudan a vivir; aunque nos quedemos sin la amistad de nuestros amigos; aunque encontremos odio por todas partes, tendremos siempre los brazos acogedores de nuestro Padre Dios.

«Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recogerá» (Sal 27, 10). 

Cuando llegamos, con la gracia de Dios, a ese desasimiento total del corazón, y estamos contentos como niños pequeños en el regazo de nuestro Padre, somos felices.

Señor, eres el único amor del que no puedo dudar, el único amor que me quiere absolutamente, y en el que puedo confiar absolutamente. En el camino de la vida, me llevas de la mano, me animas, me levantas si me caigo, caminamos juntos, cantamos juntos, me pones sobre tus hombros y nos reímos porque somos felices uno con el otro.

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