Inicio Dios te quiere «Confiar en el perdón y en la misericordia de nuestro Padre»

«Confiar en el perdón y en la misericordia de nuestro Padre»

por Pbro. Tomás Trigo
Dios te quiere

Nuestros pecados y miserias son, a veces, la causa de nuestra falta de paz. Es como si pensáramos que Dios ya no nos quiere, y que ya no tenemos derecho a pedirle nada y confiar en Él

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«Aun cuando yo tuviese sobre la conciencia todos los crímenes que se pueden cometer, no perdería nada de mi confianza: iría, con el corazón roto por el arrepentimiento, a arrojarme en los brazos de mi Salvador. Sé que ama al hijo pródigo, he oído las palabras que dirige a santa Magdalena, a la mujer adúltera, a la Samaritana. ¡No! Nadie podría asustarme, pues sé a qué atenerme respecto de su amor y de su misericordia. Sé que toda esa multitud de ofensas se abismaría en un abrir y cerrar de ojos, como una gota de agua arrojada en un brasero ardiendo» (Santa Teresa del Niño Jesús).

Nuestros pecados y miserias son, a veces, la causa de nuestra falta de paz. Es como si pensáramos que Dios ya no nos quiere, y que ya no tenemos derecho a pedirle nada y confiar en Él. Y eso, a pesar de haber visto tantos gestos de Jesús con los pecadores arrepentidos. Pensamos que el corazón de Dios es tan pequeño como el nuestro. Para que no dudemos nunca de su misericordia, nos dice: 

«Aunque se aparten los montes…, mi amor no se apartará de ti, ni vacilará mi alianza de paz, dice el que se apiada de ti, el Señor» (Is 54, 10).

Y cuando nos sintamos pecadores y se nos ocurra pensar que ya no nos mira con el cariño de antes, nos llenarán de confianza estas palabras de Jesús:

«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mc 2, 17)

El Señor no ha venido a buscar a los que se consideran santos, y piensan que no tienen necesidad de salvación. Mejor dicho, también a esos viene a salvar, pero antes tienen que hacerse como niños y reconocer que nadie es santo, que todos necesitamos ser salvados por Dios. Ha venido a buscarnos a todos, ha venido a morir por todos. ¿Soy pecador? Pues entonces puedo estar alegre, porque ha venido a buscarme precisamente a mí.

En la parábola del hijo pródigo, Jesús nos muestra la alegría de Dios al perdonar. Restablece al hijo en su anterior estado. No lo deja en la situación de siervo, sino que lo trata como a un hijo. «Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15, 20). Le pone el mejor vestido, un anillo en su mano, sandalias en los pies, y organiza una gran fiesta. 

¿Hemos pecado? Pidamos perdón y Dios nos recibirá también a nosotros llenándonos de besos y nos pondrá un traje nuevo y hará una gran fiesta en el Cielo. 

«Habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión» (Lc 15, 7). 

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