Segunda entrega de esta serie de artículos dedicados a una de las facetas de este clásico personaje de la literatura universal, del cual el autor de este texto ya nos ha hablado en otras ocasiones.
Los molinos de viento
Cabalgaban y conversaban amo y escudero (Capítulo 8 de la primera parte) cuando descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento. Don Quijote, una vez más, distorsiona la realidad para acomodarla a sus fantasías caballerescas. El caballero le confiesa a Sancho (para asombro de éste) que él ve “treinta o poco más desaforados gigantes” (I, 8; 75) con quienes tiene que hacer batalla y matarlos porque “es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra” (I, 8; 75). Luego, arremete contra los molinos, da una lanzada en el aspa del primer molino, a la que movió el viento con furia, despedazó la lanza e hizo rodar por el campo a caballo y caballero.
Si en el episodio de Andrés la distorsión de la realidad fue parcial porque había una verdadera injusticia, en esta ocasión, todo es pura alucinación y falsedad.
Episodio de los frailes de San Benito y batalla contra el escudero vizcaíno
En este mismo Capítulo 8, nuevamente cabalgaban y conversaban amenamente don Quijote y Sancho, cuando divisaron a dos frailes de San Benito que cabalgaban en mulas. Detrás de ellos venían algunos jinetes, dos mozos de mulas y un coche donde venía una señora vizcaína que iba a Sevilla a reunirse con su esposo, quien iba destinado a América con un cargo muy honroso.
Don Quijote, al igual que en el episodio de los molinos, y sin poner atención a las advertencias de Sancho, interpreta la realidad de manera alucinante, pues piensa que los frailes “son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche” (I, 8; 79); por lo que ataca a los frailes, los que salen en desbandada, luego se presenta a la señora del coche para anunciarle que está liberada y que en agradecimiento debe presentarse a Dulcinea del Toboso e informarle sobre la “hazaña” liberadora de don Quijote. Sin embargo, un escudero vizcaíno que acompañaba a la señora, no pudo soportar la sandez que estaba viendo y reta a don Quijote a un combate. El episodio termina con don Quijote victorioso, pero herido de un hombro y el vizcaíno casi muerto. Un de estos fue Grisóstomo, un hidalgo rico con estudios en Salamanca y mucha cultura, el que una mañana apareció vestido de pastor, junto con su amigo Ambrosio. Tampoco Grisóstomo pudo conquistar a Marcela y desesperado, murió de amor [7]. Dejó instrucciones para que lo enterraran al pie de una peña, lugar en que por primera vez había visto a la bella Marcela.
Los amigos de Grisóstomo acusan a Marcela de haber sido la causa de su muerte. El día del entierro se aparece Marcela y pronuncia un elocuente discurso en que defiende, su belleza y hermosura, su libertad y su inocencia: “Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, este obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama” (I, 14; 125). Y luego añade: “que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca” (I, 14; 126). Marcela se retira, pero algunos la querían seguir. A lo que don Quijote se opone y empuñando su espada los amenaza. El narrador comenta: “O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes” (I, 14; 128, la letra en negrita es mía).
En este pasaje, Marcela, con su gran elocuencia, demuestra que no es una “doncella tan menesterosa”. Además, Ambrosio, el amigo de Grisóstomo, evalúa bien la situación y actúa con prudencia. También, hay que darle crédito a don Quijote, quien esta vez tiene una visión correcta de la realidad y ejerce prudencia, por lo que la justicia gana.
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