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XXVIII Jornada Mundial de la Vida Consagrada: entregar la vida a Dios es hacer su voluntad

por María Luisa Angarita

Desde el año 1996 la Iglesia Católica celebra cada 2 de febrero la Jornada Mundial de la Vida Consagrada como una forma de profundizar en la importancia y el valor que tiene para la Iglesia y la humanidad la consagración de hombres y mujeres, tanto religiosos como laicos, al servicio del Señor. Esta jornada fue instaurada por el Papa Juan Pablo II y el día elegido coincide con la Fiesta de la Presentación del Señor.

No es casualidad que la celebración de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada coincida con la fiesta de la Presentación del Señor, pues en este sencillo acto de fe dónde una familia presenta a su hijo al templo, apreciamos también el impacto que el Hijo de Dios, encarnado en un pequeño bebé sencillo e inocente, causa desde ese mismo instante en la vida de Simeón y Ana, quienes también estaban presentes en el templo y que fueron movidos a él por la acción del Espíritu Santo.

Hay en este pasaje tanto para analizar, pero centrémonos en ese encuentro personal de Simeón y Ana con el Mesías. Es Jesús apenas un bebé, pero impacta profundamente sus vidas. Ellos esperaban deseosos el encuentro con el Señor, en sus corazones brotaba un deseo de Dios infundido por el Espíritu Santo, un deseo tan fuerte que los lleva a reconocer al Salvador y profesar su fe sin temores, aun bajo el riesgo que para aquél entonces implicaba mencionar el surgimiento de un “Mesías”. Ellos esperaban con fe ver cumplirse la promesa de la llegada del Mesías y lo vieron. Este encuentro marcó sus vidas.

Así es el encuentro personal con Jesús, un instante que marca toda una vida y que determina el camino a seguir para todo cristiano, pero en especial para quienes se consagran a su servicio. El lema de este año corresponde a la cita bíblica “Aquí estoy Señor, hágase tu voluntad” (Lc 1,38) Palabras que la Virgen María profesó tras recibir el anuncio del Ángel.

Este “Sí” de María, este “Fiat” marcará su destino para siempre. Es una entrega confiada a la voluntad de Dios y a la vez una renuncia a sí misma, a sus propios sueños o interés. Decir “Sí” al Señor es entregarse a su voluntad. El “Sí” de María es el mismo “Sí” que luego expresará Jesús en la hora de la tribulación, y es el mismo “Sí” que sus apóstoles profesarán y sostendrán a lo largo de sus vidas. El “Sí” de María es el Sí de la vida consagrada, el Sí de quien se entrega por completo en cuerpo y alma al Señor para que en su vida se manifieste según su voluntad.

Pero hay mucho más en la vida consagrada que el acto de entregarse al Señor. No se trata sólo de aceptar a Dios y su Voluntad, sino de permitir que su voluntad marque el camino y obrar conforme a ella. Esto implica para todo cristiano un proceso de renuncia continua a sí mismo para vivir conforme a la voluntad de Dios, pero en los consagrados el compromiso es mayor. Es una renuncia a sí mismo para abrirse a otros, para hacerse cercanos a los otros y desde su propia vida servir como ejemplo y guía para todos los demás.

En este mundo moderno tan necesitado de ejemplos a seguir y donde cada día se hace más cuesta arriba apegarse a los valores cristianos, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada nos invita a apreciar el valor de una vida en entrega continua a Dios, una vida centrada en su amor, que busca crecer interiormente en la fe y que lo demuestra con signos visibles de servicio a los hermanos.

Nuestra Iglesia Católica tiene cientos de formas de llevar una vida consagrada que se manifiesta a través de los carismas de cada uno y de cada institución. Desde la vocación Sacerdotal hasta las religiosas de clausura, desde monjes, religiosos y religiosas de diversas órdenes, hasta la consagración de laicos que se insertan con su servicio diario en la vida común de la sociedad para llevar, como un signo de fe entre los hombres, el amor de Dios a todos y demostrar que sí es posible em medio de la cotidianidad, llevar una vida de entrega al Señor.

En la Exhortación Apostólica Postsinodal “Vita Consecrata” el Papa juan Pablo II expresa que:

“A imagen de Jesús, el Hijo predilecto «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10, 36), también aquellos a quienes Dios llama para que le sigan son consagrados y enviados al mundo para imitar su ejemplo y continuar su misión. Esto vale fundamentalmente para todo discípulo. Pero es válido en especial para cuantos son llamados a seguir a Cristo « más de cerca » en la forma característica de la vida consagrada, haciendo de Él el « todo » de su existencia. En su llamada está incluida por tanto la tarea de dedicarse totalmente a la misión; más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo, que es la fuente de toda vocación y de todo carisma, se hace misión, como lo ha sido la vida entera de Jesús.” (#72)

La vida consagrada es una misión, la misión de la Iglesia como pueblo de Dios que se entrega unida al servicio del Esposo que es Cristo Jesús. Es una misión profunda y necesaria. Profunda porque no solo se centra en la oración y adoración que es el germen principal, sino que se traslada a la entrega a Cristo a través de la entrega oblativa a los hermanos, a quienes sirve día tras día como guía ofreciendo apoyos espirituales y materiales de todas las formas.

Una interrogante que no pierde actualidad y que S.S. Juan Pablo II también cuestiona en su exhortación es ¿Para que sirve la vida consagrada? Y responde con la misma palabra que Jesús expresó cuando Judas le cuestiona la acción de María de ungir sus pies con perfume y secarlos con sus cabellos: “Déjala”. La vida consagrada es un don, un regalo que Dios concede en sobreabundancia para aquellos a quienes llama a tener un encuentro más cercano con Él. Podríamos escribir cientos de libros sobre el valor de la vida consagrada para la Iglesia y el mundo, cuando en realidad una sola cosa es importante: esa entrega de unos al servicio de Dios que demuestra que sí es posible vivir como cristianos en medio del mundo. Que sí es posible dedicarse al Señor en cuerpo y alma.

Hoy, en el marco de esta jornada la invitación es a reflexionar y orar. Meditar en el llamado que el Señor nos hace a diario, desde cada una de nuestras esferas y roles de vida. ¿Respondemos a su llamado?, ¿obramos a diario cómo Jesús lo haría?, ¿tenemos al menos un poco de ese poder de entrega y aceptación de la voluntad de Dios que tienen los consagrados? Mira hoy a tu párroco, a las religiosas de tu comunidad, a los laicos consagrados que de seguro hay en tu entorno y reflexiona: en medio de tu rutina diaria ¿vives con vocación cristiana? ¿eres testimonio vivo del amor de Dios?

Y luego no olvides orar por los consagrados, por que su misión de amor en este mundo continúe profundizándose y multiplicándose, y también porque cada uno de ellos, sacerdotes, religiosos y religiosas, hombres y mujeres laicos consagrados sigan adentrándose cada día con profundidad en su encuentro con Dios y enfrentando con valentía los retos de la vida consagrada. Porque de ellos depende el sostenimiento espiritual de la Iglesia.

Referencias: Juan Pablo II (1996) Exhortación Apostólica Postsinodal Vita Consecrata. Dicasterio para las comunicaciones. Librería Editrice Vaticana.


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