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La pascua en lo cotidiano. “Permanezcan en mi”

por Delia Plazaola
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A lo largo de mi camino espiritual, he ido comprendiendo que la SEMANA SANTA no es simplemente un recuerdo piadoso ni una serie de celebraciones que se repiten cada año, sino un itinerario profundamente humano que atraviesa la propia vida. En ella se revela, con una claridad que a veces incomoda, la verdad de lo que somos, de lo que nos duele y de lo que —aunque todavía no lo veamos— está llamado a renacer.

El VIERNES SANTO, en este sentido, deja de ser una escena lejana para volverse un espejoLa cruz ya no es solo la de Cristo, sino también la mía: aquello que no puedo cambiar, lo que no entiendo, lo que me desarma por dentro.

Hay momentos en los que la vida se vuelve incomprensible, en los que experimentamos dolores que nos parten; o a la soledad como una sensación muy honda: la de no ser comprendidos, la de no ser vistos en lo más íntimo. Y sin embargo, es allí donde se abre una posibilidad distinta. No se trata de escapar de la cruz ni de maquillarla con palabras espirituales.

Tampoco de resignarse pasivamente. Se trata, más bien, de PERMANECER. De no huir. De poder decir, incluso con la voz quebrada: “no entiendo esto, pero no me voy a ir”. Hay una forma de fe que comienza exactamente ahí, cuando ya no hay consuelos, cuando no hay respuestas claras, cuando lo único que queda es una decisión interior de quedarse.

En ese sentido, la cruz deja de ser solo dolor para convertirse en un lugar de verdad. Allí caen las imágenes que uno tenía de sí mismo, las expectativas, las seguridades. Todo lo que parecía firme se tambalea. Y quizás por eso mismo, paradójicamente, empieza a aparecer algo más auténtico. Porque cuando ya no puedo sostenerme en mis propias fuerzas, empiezo —aunque sea de manera muy frágil— a apoyarme en algo más hondo.

Pero la experiencia no termina ahí. Entre la cruz y la resurrección hay un tiempo intermedio que muchas veces pasamos por alto: el SÁBADO SANTO. Ese día silencioso, aparentemente vacío, en el que nada ocurre. Y sin embargo, es quizás el más difícil de todos, porque confronta con lo que menos queremos vivir: la espera, la incertidumbre, el no saber.

El Sábado Santo es el tiempo de lo inacabado. Es el espacio donde Dios no se manifiesta de manera evidente, donde la fe deja de apoyarse en emociones o en certezas sensibles, y se vuelve una decisión desnuda, una certezaPERMANECER cuando no siento nada, cuando no veo nada, cuando todo parece detenido. Ese es el verdadero umbral de una fe madura.

En la vida cotidiana, este “sábado” aparece en muchas formas:

  • Procesos que no avanzan al ritmo que quisiéramos,
  • Heridas que tardan en sanar,
  • Preguntas que no encuentran respuesta.

Y lo primero que surge en nosotros es la tentación de huir, de llenar el silencio con ruido, de buscar soluciones rápidas para no habitar la incomodidad. Pero hay algo profundamente transformador en aprender a quedarse ahí, sin forzar, sin acelerar.

PERMANECER en el silencio no es pasividad, es un acto interior muy activo. Es sostener una confianza que no se apoya en evidencias. Es, de alguna manera, aceptar que no todo se resuelve de inmediato, que la vida tiene sus ritmos, y que hay procesos que necesitan tiempo para madurar. Repetir interiormente, casi como una respiración: “aunque no vea, aquí estoy”, algo así como un ¨en Vos confío¨; Y dejar que esa actitud vaya modelando el corazón.

Entonces, casi sin darse cuenta, comienza a gestarse algo nuevo. La RESURRECCIÓN no irrumpe como un espectáculo deslumbrante que elimina de golpe todo lo anterior. No borra la cruz, no anula el proceso vivido. Más bien, lo ilumina desde dentro. La vida nueva no consiste en volver a lo de antes, sino en descubrir que uno ya no es el mismo frente a lo que vive.

La resurrección se manifiesta en gestos pequeños, pero profundamente significativos:

  • En una forma distinta de reaccionar,
  • En una capacidad nueva de perdonar,
  • En la posibilidad de soltar aquello a lo que antes uno se aferraba con miedo.

No es que los problemas desaparezcan, sino que algo en el interior ha cambiado. Y ese cambio, aunque silencioso, tiene una fuerza inmensa.

Quizás uno de los mayores desafíos sea reconocer esos signos de vida nueva en lo cotidiano. Porque muchas veces esperamos experiencias extraordinarias, y no advertimos que la resurrección está ocurriendo en lo simple:

  • En una palabra que antes no podíamos decir y ahora sí,
  • En una decisión que nace desde un lugar más libre,
  • En una paz que aparece sin que sepamos bien por qué.

Vivir la Pascua en la vida cotidiana implica, entonces, dejar de reducir la fe a momentos puntuales o a prácticas aisladas, para permitir que atraviese la existencia entera. No se trata solo de “cumplir” con ciertas celebraciones, sino de dejar que ese dinamismo pascual —CRUZ, SILENCIO, VIDA NUEVA— se encarne en cada situación concreta.

Esto se traduce en actitudes muy simples, pero profundamente exigentes:

  • Hacer silencio en medio del ruido,
  • No escapar de lo que duele,
  • Respetar los tiempos de los procesos,
  • Salir de uno mismo para encontrarse con el otro,
  • Ofrecer gestos de vida donde hay cansancio o tristeza.

Son decisiones pequeñas, pero sostenidas, que van configurando una manera distinta de vivir. En el fondo, la Pascua nos invita a una transformación que no es superficial. No se trata de mejorar algunos aspectos de la vida, sino de permitir que algo muera para que algo nuevo puedanacer. Y ese proceso, aunque a veces sea doloroso, está lleno de sentido. Porque lo que nace después no es una versión maquillada de lo anterior, sino una vida más verdadera.

Al mirar mi propio camino, puedo reconocer que hay cruces que todavía no entiendo, silencios que me inquietan y procesos que no terminan de resolverse. Pero también puedo intuir que, incluso en medio de eso, hay algo que está siendo gestado. Y que tal vez la clave no sea tener todas las respuestas, sino no abandonar el camino.

PERMANECER en la cruz sin endurecerse, habitar el silencio sin desesperar, y abrirse a la vida nueva sin querer controlarla: ese parece ser el corazón de la experiencia pascual. Una experiencia que no se agota en unos días del calendario, sino que se despliega, una y otra vez, en la trama concreta de la existencia.

Por eso, quizás la oración más honesta en este tiempo no sea una formulación perfecta, sino algo mucho más sencillo y verdadero: pedir la gracia de quedarse, de confiar, de no volver atrás.

Porque, aun cuando no lo veamos con claridad, la vida siempre está buscando abrirse camino. Y allí donde uno se anima a atravesar la cruz, a sostener el silencio y a acoger lo nuevo, la Pascua deja de ser una idea para convertirse en experiencia viva.


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