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El Hijo Encarnado, Sufriente y Sacrificio

por Pbro. Juan Rodrigo Vélez
Jesus en la Cruz

Cuando contemplamos la Pasión de Jesucristo, es necesario comenzar por la Encarnación. Solo así empezamos a entrar en el misterio.

Dios asumió la naturaleza humana en Cristo

Newman inicia su sermón El Hijo Encarnado, un Sufriente y un Sacrificio recordándonos una verdad tan grande que apenas cabe en la mente: Aquel que “se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz” es el mismo que desde toda la eternidad existía “en forma de Dios”, igual al Padre. Esto no es poesía. Es la afirmación literal de la fe cristiana.

¿Qué significa que Dios haya asumido la naturaleza humana? Newman es preciso: cuando el Verbo se hizo carne, no se revistió de humanidad como quien usa un traje para luego dejarlo. Añadió a sí mismo la naturaleza humana —cuerpo, alma, nervios, sangre, cansancio, dolor— de manera tan íntima y permanente que llegó a ser, en todo sentido, suya. “Se hizo hombre, sin dejar en ningún aspecto de ser lo que era antes”.

Pensemos en cómo el alma actúa a través del cuerpo: no al lado de él, no por encima de él, sino por medio de él. Lo que el cuerpo experimenta, lo experimenta la persona. Newman afirma que, de un modo más perfecto pero igualmente real, el Hijo eterno de Dios actuó a través de la humanidad que asumió. Cuando habló, era Dios quien hablaba. Cuando lloró, era Dios quien lloraba. Cuando sintió hambre en el desierto y sed en la Cruz, era Dios quien tuvo hambre y sed. No porque la naturaleza divina pudiera sufrir en sí misma, sino porque el Hijo, al hacer plenamente suya la naturaleza humana, sufrió verdaderamente en ella y por medio de ella.

Esto es lo que nos enseña la doctrina de la Encarnación del Hijo de Dios.

En su Pasión, el hombre golpeó el rostro de Dios

Con este fundamento, Newman se adentra en el relato de la Pasión con una claridad deliberada, casi difícil de soportar.

Evoca simplemente lo que dicen los Evangelios: la bofetada del oficial, los escupitajos, los ojos vendados, la burla, la corona de espinas, la flagelación, los clavos, la lanzada. Y luego se detiene… y nos hace mirar.

“Aquel rostro, tan despiadadamente golpeado, era el rostro de Dios mismo. La frente ensangrentada por las espinas, el sagrado cuerpo expuesto a la vista y lacerado con el azote, las manos clavadas en la Cruz, y después el costado atravesado por la lanza: era la sangre, y la sagrada carne, y las manos, y las sienes, y el costado, y los pies de Dios mismo.”

Newman insiste: no es una figura retórica. No es una exageración. Es “una verdad literal y simple”, “una gran doctrina católica”.

Insiste porque escuchamos la Pasión cada año y, sin embargo, logramos mantenerla a distancia. La archivamos como un “hecho histórico” o un “misterio religioso”, y seguimos con nuestra vida. Newman no lo permite. Quiere que sintamos el vértigo: la criatura levantó la mano contra el Creador. Las manos que Dios había formado golpearon el rostro que Dios había asumido. El cosmos, en cierto modo, se volvió contra su Hacedor. Y los santos nos recuerdan que también nosotros tenemos parte en la Pasión de Cristo. Podemos pensar cómo nosotros mismos hemos levantado la mano contra Cristo, contra Dios.

Y dentro de este misterio hay todavía otro: la humildad de Cristo. Él guardó silencio. Pilato se maravilla. Herodes queda desconcertado. El sumo sacerdote exige respuesta y no la recibe. Aquel que tiene todo poder para hablar, para imponerse, para escapar, elige callar. No es el silencio de la debilidad, sino el de quien sabe perfectamente lo que hace. “Nada le respondió.” En ese silencio se manifiestan toda la dignidad de Dios y toda la ternura de un amor que no se retira.

Newman cierra este momento con una mirada hacia el final: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, aun los que le traspasaron”. El mismo rostro. Las mismas manos. Todos contemplaremos aquello que contemplaron los soldados. Y será el rostro del Dios vivo.

En la naturaleza de Cristo, hemos sufrido, muerto y resucitado

Con esta luz sobre la Encarnación y la Pasión, Newman nos conduce al centro de todo: por qué esto importa para nosotros.

La humanidad, caída desde Adán, estaba bajo una deuda que no podía pagar. Necesitaba atravesar el sufrimiento y la muerte, pero ningún sufrimiento meramente humano podía sostener ese peso. Por eso el Hijo de Dios tomó nuestra naturaleza, la llevó a través del dolor, la cargó hasta la agonía y la muerte, y así realizó en nuestra naturaleza lo que ella sola no podía hacer.

“Creemos, entonces, que cuando Cristo sufrió en la cruz, nuestra naturaleza sufrió en Él… En Él nuestra naturaleza pecadora murió y resucitó. Cuando murió en Él en la Cruz, esa muerte fue su nueva creación.”

Esta es la lógica de la Encarnación llevada hasta el final: porque el Verbo asumió verdaderamente la naturaleza humana, lo que sucedió en Él en esa naturaleza sucedió, en un sentido real, a la naturaleza que llevaba. “Si uno murió por todos, luego todos murieron.” No es una metáfora.

Nuestra condición antigua —la heredada de Adán— fue asumida por Cristo, llevada a la Cruz y allí, en Él, murió. Y luego, en Él, resucitó.

Por eso el bautismo tiene su fuerza: no como un rito exterior, sino como participación en esa muerte y resurrección. Por eso la Eucaristía es esencial: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él”. Recibimos la humanidad que pasó por la muerte y salió glorificada, íntegra, las “primicias de un hombre nuevo”.

Y Newman nos pregunta: ¿ves el mundo de manera distinta a la luz de esto? La multitud que corre tras la ganancia, la comodidad, el estatus, la seguridad… ¿se ve distinta cuando se contempla a un Dios que entró en nuestra naturaleza hasta la profundidad de la muerte? La Cruz no es una opción religiosa más. Es “un asunto misterioso y sobrenatural, tan distinto de cualquier cosa que yace en la superficie de este mundo como el día de la noche y el cielo de la tierra”.

El sermón de Newman se despliega como tres movimientos de un solo acto.

El primero: Dios tomó nuestra naturaleza —plenamente, de modo permanente, hasta el último tendón y el último aliento. En su Pasión, nuestra raza hizo lo peor contra el rostro que nunca había merecido contemplar. Y en su morir y resucitar, Él llevó nuestra naturaleza a través de la puerta que estaba cerrada y la abrió desde el otro lado.

El segundo: la acción de Cristo. No es la historia de un hombre santo que murió con valentía. Es la historia de Dios entrando en la herida del mundo —desde dentro— y sanándola desde dentro.

Y el movimiento final sigue a las palabras de Cristo en la Cruz: “Todo está cumplido”. Desde ese momento, escribe Newman, “la virtud del Altísimo salió a través de sus heridas y con su sangre”. Y sigue saliendo. Para nosotros. Aquí. Ahora. En esta Semana Santa.

Visita: www.cardinaljohnhenrynewman


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