¨Alberto: ¿Cómo no te aman más los hombres, oh Espíritu Santo? ¿Es posible que se atrevan a vivir en la tibieza de este mundo insignificante? ¿Cuándo, Señor, arderán sus corazones?
Jesús: El materialismo es muy grande. El descaro de algunas costumbres modernas, mayor… hasta mis escogidos se conforman con una vida vulgar. Hace falta un hombre según mi corazón, un hombre lleno del Espíritu que de mí procede, para este nuevo Pentecostés con el que quiero incendiar la tierra. Pero no se consigue sin una santidad muy grande. ¡Supone consagrar todos los instantes de tu vida sólo para darme ese gusto! ¿Te das cuenta de lo poquito que puedes sin Mí? Te esperan cruces, calumnias, privaciones, penas, dolores. No lo olvides.
Alberto: – Lo único que veo claro es que el edificio de la santidad lo construyes sólo tú, Dios solo… mi propósito es el de entregarme totalmente, no cometer pecados veniales intencionalmente, eso es ser santo.¨
Cuadernos espirituales del padre Alberto Ibañez Padilla SJ
Tender a la unión con Dios es lo mismo que tender a la santidad, a la vida contemplativa, a vivir la presencia divina, tal como lo hicieran el padre Alberto y tantos santos.
Este proceso se constituye de una dimensión ascética: mi esfuerzo por hallarlo, mantenerme unido a Dios por la oración, los sacramentos, la caridad activa, el ejercicio de las virtudes. Pero esta tensión, mi alma mirando al infinito, es alcanzada por la gracia que, como el padre misericordioso de la parábola, corre hacia el hijo para abrazarlo, colmarlo. Esta es la dimensión mística en la que resaltan los dones otorgados por el Espíritu Santo. El ejercicio de estos dones, provoca la vida de gracia, la experiencia de vivir las bienaventuranzas.
Todos podemos ser ese nuevo hombre/mujer encendidos del Espíritu que de Dios procede. Todos y cada uno estamos llamados a nuestra propia santidad y a incendiar la tierra con el fuego del Espíritu que arde en nuestros corazones
Para ello, comencemos a sembrar la expectación de Su llegada. Como hizo Jesús con los discípulos: sembrar la expectación, anunciarles su pronta venida.
Y en este sembrar expectación, revisemos nuestro corazón, labremos nuestra tierra, despejemos lo que lo enturbia… recordemos las palabras de nuestro Padre y de Jesús para nosotros, confiemos en el Dios que cumple sus promesas. Reconozcámonos: ¿Quién soy en Cristo? ¿A qué estoy llamado?
Soy hijo de Dios. Jn 1,12
Soy amigo de Cristo. Jn 15,15
He sido justificado. Rom 5,1
Estoy unido al Señor y en Espíritu soy uno con Él. 1 Cor 6,17
Soy miembro del cuerpo de Cristo. 1 Cor 12,27
He sido comprado con precio. Pertenezco a Dios. 1 Cor 6,20
Fui adoptado como hijo de Dios. Ef 1,5
He sido redimido y perdonado de todos mis pecados. Col 1,14
Estoy completo en Cristo. Col 2,10
Soy un trabajador de Dios. Ef 2,10
Fui elegido para dar fruto. Jn 15,16
Soy sal y luz de la tierra. Mt 5,13-14
Soy ministro de la reconciliación. 2 Cor 5, 17-20
Padre mío, Amado mío,
que el diario meditar de tu Palabra me despierte de la mediocridad de la vida sin Ti.
Tiendo mi alma hacia tu encuentro… alcánzame Tú, Dios mío… para hacer de mí lo que quieras…
Que pueda decir también yo:
Por darte el gusto, mi Señor, todos los instantes de mi vida y de la otra
Amén
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