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IV Jornada Mundial de los Abuelos y los Adultos Mayores: acoger a quienes nos brindaron el futuro

por María Luisa Angarita
IV Jornada mundial de los abuelos y los adultos mayores

Por cuarto año consecutivo celebramos hoy la Jornada Mundial de los Abuelos y los Adultos Mayores, una celebración instaurada por su Santidad el Papa Francisco en el 2021 como una forma de abrazar y homenajear a los adultos mayores tan afectados por la pandemia del 2020. La fecha elegida es el cuarto domingo del mes de julio día más cercano a la fiesta de los Abuelos de Jesús: San Joaquín y Santa Ana que se celebra el 26 de Julio.

Este año, el lema de la Jornada es “En la vejez no me abandones” (Sal 71,9) y busca rescatar a las personas mayores de la soledad social, familiar e incluso espiritual a la que son relegados en la mayoría de los países y familias. La vejez es una etapa normal y esperada de la vida, para llegar a ella se requiere vivir con ahínco, entrega y esperanza a la vez que se trabaja por construir el mundo que luego las generaciones futuras disfrutarán y continuarán construyendo. Por ello, que las sociedades actuales hagan a un lado a las personas mayores es un drama doloroso porque roba la dignidad a quienes dieron todo por formar a los adultos y jóvenes de hoy, por construirles un mundo mejor.

En función a esto, el mensaje de Su Santidad Francisco para esta jornada nos invita a reflexionar sobre nuestra relación como familiares, individuos integrantes de una sociedad y a la vez como cristianos con los adultos mayores que nos rodean. Desde nuestros abuelos hasta las señoras devotas que encontramos en la parroquia, o la señora mayor que sube al colectivo, o la abuelita que van con sus nietos por la vereda, o el señor mayor que camina con lentitud y su bastón en mano y que al momento de expresarse requiere un poco más de tiempo. ¿Cómo somos con ellos? ¿Cuál ha sido nuestra forma de acercarnos y tratarlos? La mayoría de los jóvenes y adultos jóvenes creen que llegar a la vejez es convertirse en estorbo, por ello se ha arraigado en las últimas décadas la tendencia que el Santo Padre ha denominado “la cultura del descarte” y que no es otra cosa que la tendencia a hacer a un lado a las personas mayores, descartarlas cuando su nivel de productividad disminuye.

Esta concepción de la “cultura del descarte” va más allá de la noción de productividad mercantilista y económica, no se trata sólo de los jubilados y de las personas que llegadas a la vejez ya no pueden trabajar. Va más allá y se vive también en los hogares, en las familias que desesperan ante el abuelo que derrama el café o que requiere asistencia para sus labores diarias. Se estanca en la impaciencia, en el maltrato, en el aislamiento e incluso en el abandono de muchos abuelos en centros de cuidado donde luego son olvidados por aquellos a los que dedicaron gran parte de sus vidas.

La cultura del descarte es dolorosa, triste e inmisericorde, nos anula como cristianos, nos hace egoístas y soberbios, nos impide ver que, pasados unos años, también nos tocará a nosotros. Por esto, el mensaje del papa Francisco en esta oportunidad busca llevarnos a la reflexión sobre el valor de los abuelos y adultos mayores, sobre sus necesidades de amor, comprensión, acogida y cuidado en cada espacio, desde el hogar hasta la parroquia.

En su mensaje, Su Santidad nos coloca como ejemplo la imagen de Rut, quien se niega a abandonar a Noemí ante su viudez y desafiando las convenciones de la época permanece a su lado, sirviéndole de apoyo y compañía. Las palabras de Rut son “No insistas en que te abandone” (Rut 1,16) y reflejan el amor oblativo, la verdadera noción del amor cristiano. Este es el camino que el Papa nos invita a transitar, el de asumir el cuidado de nuestros mayores, velar por ellos, apoyarlos, cuidarlos. Y, si llegado el momento no podemos sostenerlos en casa porque la atención que requieren debe ser especializada, no demos por sentado que solos en un hogar de cuidados estarán mejor, hagámonos presentes siempre con llamadas, visitas, salidas especiales, recordando que esos abuelos también fueron jóvenes, también son madres y padres, dieron su vida por lo que hoy somos y merecen amor, dignidad y respeto.

Por otra parte, sin importar la edad o la condición de salud que la vejez imprime como sello de vida, nuestros adultos mayores aún tienen mucho que aportar a nuestra sociedad y a nuestras familias. Quizás las fuerzas físicas no sean las de la juventud, pero tienen corazón de oro, valores y principios que pueden continuar sembrando en nuestros niños y jóvenes a través de sus historias de vida. Pensemos lo agradable que resulta sentarse a escuchar las historias de nuestros abuelos y padres, sus aventuras de vida, sus ejemplos de lucha ante la adversidad, su amor y su fe. Nuestros adultos mayores son pilares de nuestras vidas, y cuando los padres y madres atareados por las labores diarias no pueden o no llegan a una comida o a sentarse a rezar unos minutos con sus hijos, los abuelos están allí para continuar la misión valiosa de la transmisión de la fe, para orar, acompañar y velar también por esos nuevos hijos que les dio la vida.

Hoy, en el marco de esta IV Jornada Mundial de los Abuelos y Adultos Mayores, reflexionemos y obremos, recodando que una fe sin obras es una fe muerta, vayamos por nuestros abuelos, nuestros padres mayores o tíos, por el amigo de la familia o el vecino y hagamos de su día un día especial, mientras nos comprometemos cada día a ser más pacientes, amables y cuidadosos con ellos, buscando de alguna forma retribuir a toda una vida de dedicación, trabajo y entrega.

Finalmente, que nuestra visión sobre la vejez se vea iluminada por la luz de la fe, por la mirada misericordiosa del Hijo que se hizo carne para mostrarnos que una forma diferente de amar es posible: amar al otro como a uno mismo. Practiquemos este tipo de amor, especialmente con nuestros mayores, y no olvidemos orar por ellos quienes también nos acogen siempre en sus plegarias.


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