«Es necesario pasar el desierto para llegar a la tierra prometida»
En este camino podemos enfrentar rechazo dentro de la institución sacerdotal o una crisis financiera, porque siempre hay un esfuerzo. En algún punto nos cuesta seguir el paso a los infortunios. El sacerdote también experimenta quedarse sin fuerzas. Hay momentos en la vida que estamos sin fuerzas y con ansiedad crónica.
El libro de Josué es un elemento para ayudarte, y te recuerda que lo mejor viene por delante.
En Egipto, los hebreos eran esclavos del faraón. En el desierto fueron esclavos del miedo y en Canaán, es lo nuevo:
1. Esclavitud del Faraón: Es en nuestros días, que somos esclavos del pecado o de la culpa, en donde damos vuelta en lo que son nuestros errores y nos avergüenza, porque tenemos miedo que la gente sepa de nuestros pecados. Es cuando nos escondemos en una liturgia demasiado rígida, y en donde empezamos a “faraonizarnos”. Nos empezamos a cerrar en una estructura que nos ata a ello; cuando incluso nos ponemos en manos de un faraón. Este faraón puede ser un superior o incluso, el mismo obispo. Es depender de una persona y poner mi mirada fija en esa persona. Por eso, muchos sacerdotes en esta etapa se desilusionan de su obispo o superior, porque siempre están esperando de ese superior para su vida. Al buscar un faraón, podés caer en una actitud de ser un sacerdote de victimización: te mandan a los peores destinos, no te atiende el obispo, te mandan con el peor cura, etc. Aparece la monotonía, rutina y el tedio. Es necesario escapar de todo esto y es importante liberarte de ello. Incluso liberarte como cura, de ideologías políticas, porque el sacerdote cuando cae en cuestiones políticas, pone y hace poner su confianza en un político o en una ideología. Esto es otra vez ofrecer un faraón que te puede fallar o someter.
2. El desierto: Es cuando aprendes a madurar y comprender que la identidad está unida a autenticidad; pero nuevo nivel, hay nuevo demonio, nuevas tentaciones. Porque el salirte de buscar depender de un superior de manera enfermiza o dependiente, hace que tengas que aprender a vivir por vos y con la confianza en Dios.
Es enfrentar la debilidad y poder tener un nuevo encuentro con Jesús. En el desierto estamos debilitados, pero también se debe comprender que el sacerdote necesita de Dios y no, de un faraón.
Dios siempre tiene un sueño más grande, pero te pide que dejes lo conocido y te arriesgues, pero hay veces que permanecemos mucho tiempo en el monte. Hay que abandonar el desierto de tu vida sacerdotal, porque tenemos la costumbre de acomodarnos y quedarnos en lo mismo.
Los sacerdotes podemos quedarnos en el desierto y construir una vida religiosa a distancia de la tierra prometida.
La base de la evangelización es asegurar el cielo, es tener a Cristo; pero somos evangelizadores y no vendedores de seguros de vida, porque no ofrecemos desde el miedo. Jesús nos ofrece alegría abundante pero muchos sacerdotes en esta etapa, viven con tristeza abundante, y hasta viven en la culpa.
Podemos quedar atrapados entre el desierto y Canaán.
Aquí aparece la plaga del “no puedo”, en donde a cada cosa que te piden, te sale el “no puedo”, desde no poder visitar enfermos, hasta el no puedo dejar el cigarrillo o el porno. Es necesario sacar de tu vida estas situaciones que afectan tu vida y el sacerdocio.
Las excusas empiezan a aparecer en esta etapa de desierto, pero es aquí donde debe entrar tu fe. Esa fe debe alimentar la esperanza, “la tierra prometida”, el cielo.
3. Canaán: Cuando uno entrega el corazón a Cristo, ahí encuentra su Canaán, porque es volver a creer y confiar. El sacerdote debe volver a creer en su sacerdocio y saber que es mediador. Debe volver a confiar en el ministerio y esperar las bendiciones que Dios le prometió por ese sí que dio en su sacerdocio. Solemos subestimar nuestra conversión. La conversión es más que la remisión del pecado, porque es un poder que Dios te ha dado. Vos tenés un poder que muchas veces la gente lo sabe, pero vos no lo sabes.
Estamos equipados para salir adelante de todo desierto y de todo faraón. Nos hace falta más dominio propio y más autoestima. Dios te capacita para hacer su voluntad. Uno puede vivir en santidad, porque es Dios quien nos da las herramientas.
En el desierto nos preocupamos por todo, pero en Canaán ya tenemos a quien es el Todo. No dudes que tenés a Dios. Somos “hijos de Dios” y “coherederos con Cristo”.
Nuestra herencia no es un cargo o una mitra. Nuestra herencia es el cielo, y por ello, siempre debemos mirar a ello y en ello.
Nuestra herencia es una perfecta paz, pero debemos enfrentar nuestra ansiedad y esos días que no podemos dormir.
Es necesario pasar el desierto para llegar a la tierra prometida. Pero es enfrentar un gran problema que vive el sacerdote “que no cree” o se olvida. Pero es también, mirar los grandes milagros que vos viste en tu vida sacerdotal y es recordar todo lo que viviste en tus años de sacerdote, porque la presencia de Dios está incrustada en nosotros. Recuerda: “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
Dios te ha dado un don dentro de tu sacerdocio. Es por ello que tenés que volver a mirar tu sacerdocio y ese don añadido que Dios te ha dado.
Dios, cuando te promueve, no es para subir un peldaño más, sino es para transformarte en un hombre de oración, en una persona de servicio. Porque puedes elegir subir un peldaño, pero puedes alejarte de tu llamado.
Jesús nos recuerda en Jn. 21,21 que el llamado es personal y no debe importarte lo que Dios hace en el otro.
No te preocupes por la misión de otra persona, más bien preocúpate por lo tuyo.
Algo bueno está por venir
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1 comentario
Gracias por seguir enseñando para poder reflexionar y aprender por medio de la palabra bíblica y de la experiencia. Dios los bendiga! Amén.
Algo bueno está por venir!!!