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«Peregrinando con esperanza, algo bueno está por venir»

por Editor mdc
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«La esperanza no defrauda»

Hace un tiempo, una persona me pidió oración a partir de que vio este espacio de “Algo bueno está por venir”. En ese momento estaba buscando tener un bebé y, meses después, me llamó para contarme que estaba embarazada. La felicidad invadía su corazón, estaba en la dulce espera. Por gracia de Dios, el niño nació el día de Cristo Rey, ¡es signo de esperanza, es vida!! De la misma manera, este año jubilar es una brisa de aire fresco que llega a nosotros para recordarnos que no hay imposibles para Dios. Cristo es nuestra esperanza. El Rey de reyes y Señor de señores vino para que tengamos Vida en abundancia (CIC 1727-1729). 

En Jn 10,11 Jesús nos dice: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”. Con su sangre dio por hecha la alianza, la promesa de Dios a los hombres. Ha vencido al mundo. Somos libres, si verdaderamente elegimos esa libertad en Cristo. Las puertas del cielo han sido abiertas gracias al Sacrificio de la Cruz de Jesús y, por lo tanto, hay esperanza (Ap 3, 18-22). Como símbolo de ello, hoy se abren las puertas de los templos, en razón del año jubilar.

En Jn 14,1-4 Jesús nos dice: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se los habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adónde voy”. Nuestra mayor esperanza es estar en la Casa de nuestro Padre con Jesús. Por eso, todos nuestros esfuerzos, fatigas, dolores, pequeños sacrificios y ofrecimientos no son en vano si los ponemos al pie de la Cruz (Flp 4,11-13). Dios transforma nuestra vida y, si lo dejamos, también nuestros corazones. Por eso, dejá abierta de par en par la puerta de tu corazón para Jesús (Jn 10,7-9).  Nosotros somos sus amados hijos, incluso cuando metemos la pata hasta el fondo, y para un padre cada hijo es único. Ánimo, no dejemos pasar el tiempo y aprovechemos este año jubilar (1 Jn 4,11-16).

Pensé en la frase del jubileo: “Peregrinos de esperanza”, y me recordé cuando iba al colegio e hice la caminata a San Nicolás. Cuando voy peregrinando a un santuario, avanzo con alegría, afronto los infortunios del camino, persevero orando, más allá de las inclemencias del tiempo o el esfuerzo físico. En ciertos momentos, paramos a estirar las piernas o comemos algo, porque Dios no nos quiere sufriendo, nos quiere haciendo camino (Lc 2,41-51). Frente a esto, San Juan Pablo II decía: “Y cuando tus piernas estén cansadas, camina con tu corazón.” En fin, voy con gozo porque espero llegar al santuario. Es un proceso largo que tiene altibajos pero al llegar a los pies de María, la felicidad es absoluta, explota el corazón de emoción. Del mismo modo, estamos llamados a peregrinar por la vida hacia la Patria Celeste. Vayamos entonces con esperanza hacia Jesús, que sin dudas nos recibirá con los brazos abiertos para fundirnos en un eterno abrazo. Nuestra meta es llegar al Cielo y todo lo demás es un medio para ese fin (Hb 11, 8-19). Cuando ponemos el foco en lo que verdaderamente es importante, sacamos un gran peso a la mochila que cargamos.

El tiempo es preciado y últimamente pareciera que se acelera cada vez más. Cuántas veces escuchamos la frase “el tiempo vuela” y nos desvelamos pensando en cómo aprovecharlo (Jn 7,6). Más bien, conviene preguntarnos: ¿Qué hacemos con los dones que Dios nos dio? Ya el despertar cada mañana es un milagro, tenemos un día más de vida para aprovechar al máximo, una oportunidad de hacer las cosas bien, de amar. El don de la vida es un bien preciado para atesorar y cuidar (Jn 14,6-7).

Cuando comencé a escribir estos artículos, el primer tema que abordé, hace aproximadamente un año, fue el de la esperanza (1 Tm1,1-2). Recuerdo que estaba viviendo situaciones desesperanzadoras y la frase “Algo bueno está por venir” fue para mí un soplo del Espíritu Santo en ese momento. ¿Qué es algo bueno? Algo positivo, provechoso, favorable y da esperanza, algo que hace bien. Y si buscamos una respuesta más profunda, quién es bueno sino nuestro Padre que está en los cielos (Mc 10,17-21). Todo lo bueno viene de Dios y tenemos confianza plena en que Él nos tiene preparado algo tan bueno que ni siquiera podemos dimensionar, algo que llegará a su tiempo. En el Padre Nuestro, decimos “venga a nosotros Tu Reino” (Lc 11,2-4) y reafirmamos nuestra fe.

Entonces, algo bueno está por venir porque hasta el cielo no paramos. Vamos peregrinando con esperanza, aún cuando estemos en un valle de lágrimas. Hacemos camino hasta que Dios nos llame a su presencia, con la certeza de que no vamos solos. Cristo vive en cada uno de nosotros, vamos acompañados. (Ga 2,20-21). A lo largo del camino hay desafíos, tentaciones, instantes en los que parece que todo se derrumba. Sin embargo, como nos dice el Papa Francisco en la Bula de Convocación del Jubileo Ordinario del año 2025: La esperanza no defrauda (Spes non confundit) (Rm 5, 1-11). Dios nos llama a ser signos de esperanza para los demás en las distintas situaciones de nuestra vida.

Recordemos que la esperanza es una virtud teologal: aspiramos al Reino de los Cielos y la Vida Eterna (CIC 1817).  Cristo es nuestra esperanza porque nos dio vida y vino a nosotros para que la tengamos en abundancia. Estamos anclados en nuestra roca que es Jesús (Hb 6, 17-20). El jubileo es una fecha muy especial que celebramos cada 25 años. Tengamos presente que nuestros hermanos mayores en la fe en estas fechas se perdonaban todas las deudas, no tengamos miedo de adoptar esta costumbre (Lv 25,8-19). Estamos ante una gran oportunidad para acercarnos al sacramento de la confesión, para pedir perdón por nuestras faltas. Vayamos con confianza como el hijo pródigo que vuelve a la Casa de su Padre (Lc 15,11-32). Pidamos a María, Nuestra Madre de la Esperanza, que nos guíe. Ella creyó y se mantuvo de pie, firme, al pie de la Cruz (CIC 963-971).

En un mundo cada vez más complejo y conflictivo, seamos peregrinos de esperanza, como faros qué iluminan con la fuerza de Dios (Mt 5,13-16). Depende de nosotros, es nuestra elección cómo vivirlo (Rm 7,14-25).

Para cerrar estas líneas, quisiera terminar con esta oración:

María, Madre de la esperanza,
¡camina con nosotros!
Enséñanos a proclamar al Dios vivo;
ayúdanos a dar testimonio de Jesús,
el único Salvador;
haznos serviciales con el prójimo,
acogedores de los pobres, artífices de justicia,
constructores apasionados
de un mundo más justo;
intercede por nosotros que actuamos
en la historia
convencidos de que el designio
del Padre se cumplirá.

Aurora de un mundo nuevo,
¡muéstrate Madre de la esperanza
y vela por nosotros!
Vela por la Iglesia en Europa:
que sea transparencia del Evangelio;
que sea auténtico lugar de comunión;
que viva su misión
de anunciar, celebrar y servir
el Evangelio de la esperanza
para la paz y la alegría de todos.

Reina de la Paz,
¡Protege la humanidad del tercer milenio!
Vela por todos los cristianos:
que prosigan confiados por la vía de la unidad,
como fermento
para la concordia del Continente.
Vela por los jóvenes,
esperanza del mañana:
que respondan generosamente
a la llamada de Jesús;
Vela por los responsables de las naciones:
que se empeñen en construir una casa común,
en la que se respeten la dignidad
y los derechos de todos.

María, ¡danos a Jesús!
¡Haz que lo sigamos y amemos!
Él es la esperanza de la Iglesia,
de Europa y de la humanidad.
Él vive con nosotros,
entre nosotros, en su Iglesia.
Contigo decimos
«Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20):
Que la esperanza de la gloria
infundida por Él en nuestros corazones
dé frutos de justicia y de paz.
Amén.

(ECCLESIA IN EUROPA 125 San Juan Pablo II)

Que nada nos detenga, porque peregrinando con esperanza algo bueno está por venir.

Autor: Una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.

*CIC CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA


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