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Porque la mirada de Dios es otra

por Pbro. Carlos Padilla E.
El hijo pródigo_FB

Él espera a su hijo y sólo quiere abrazarlo: «Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado».

 Lo abraza con pasión porque es el hijo que estaba perdido. Es lo que le dice al hijo mayor, que siempre se quedó a su lado: «Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: – Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces el padre le dijo: – Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado». Un banquete en lugar de un desprecio. El anillo del hijo, las sandalias, la túnica en lugar de ser sólo un jornalero de su padre. Y el cordero cebado para certificar el sentido de todo lo que estaba pasando. La mayor alegría es encontrar a la oveja que estaba perdida. Es descubrir que el hijo que estaba muerto ahora vive. ¿Cómo no se va a alegrar el padre que recupera a su hijo? ¿No tendría que alegrarse también el hijo? En realidad sí. Pero el corazón del hijo no es tan puro. La envidia es un sentimiento muy común. El hijo mayor soy yo cuando, con mi envidia, aparto lejos de mí a mi hermano. Soy yo cuando juzgo a los demás para sentirme mejor. Soy yo cuando condeno su comportamiento para hacer valer el mío. No me gusta ser el hermano mayor pero me reconozco muy bien en él. En su forma de pensar, en su envidia, en su deseo de no ir a la fiesta. A veces, cuando yo no soy el centro, me borro, desaparezco, no participo. Me falta mucha humildad para poner a mi hermano en el centro. Él se lo merece y no yo. En este caso además él no se lo merece. Es objeto de la misericordia de Dios que hemos recordado en el salmo: «Gustad y ved qué bueno es el Señor. Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. El afligido invocó al Señor, él lo escuchó y lo salvó de sus angustias». Creo en un Dios que es misericordioso pero luego, cuando muestra esa misericordia con otros, no conmigo, me comparo y me indigno. Quiero justicia, que paguen por lo que han hecho. Que lleguen a otro cielo distinto al mío. A otro reconocimiento porque sólo yo soy fiel, he cuidado la tarea que me encomendaron y los demás no han estado a la altura. Me falta mucha misericordia para mirar a los demás. Me gustaría que ocurriera este milagro: «Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación». Dios es misericordia y busca mi reconciliación. Que tenga paz en mi alma y no juzgue. Cada vez que condeno a los demás me erijo en un dios con poder. Creo que soy justo en mis opiniones y mis críticas, me creo en posesión de la verdad y me falta misericordia. Me gustaría tener el corazón del Padre que no se enoja con el hijo que se fue y ahora vuelve arrepentido y tampoco se enoja con el hijo mayor que lo critica por su misericordia. Me gusta ese padre que esperaba a la puerta de su casa, en el camino, mirando a lo lejos a ver si volvía el hijo que un día se fue. Tanto amor me conmueve. Un padre que no condena y no aparta de sí a sus hijos pecadores. Los dos pecaron, de distinta manera. A los dos los ama. Un hijo estaba perdido. El otro estaba en casa y todo lo del padre era suyo. Ninguno de los dos comprendía bien al padre. Tal vez ninguno lo amaba con un corazón maduro. Uno no creía en su infinita misericordia. Al otro le molesta esa misericordia que deja sin castigo al que ha actuado mal. A veces no perdono porque no quiero que mi hermano quede libre de su responsabilidad, de su culpa. Actuó mal y tiene que pagar por ello. No basta con mi perdón. No basta, hay que pagar. La misericordia no me gusta. Ni siquiera cuando yo mismo la recibo. Me siento indigno aunque me perdonen. Casi prefiero el castigo y pagar por mi culpa. Dios me rompe mis esquemas. Su misericordia es infinita. No se detiene ante nada. Me ama cuando menos lo merezco que es precisamente cuando más lo necesito. Así es Dios y así quiera que sea yo con mi hermano. Que perdone siempre, que abrace siempre, que no condene a nadie, que no juzgue ni critique. 


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1 comentario

Carlos Di Naro March 31, 2025 - 8:26 pm

Que grande es la Misericordia de Dios!!! Con quien te identificas?

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