Estos mártires provenían de distintos ámbitos y lugares de Francia, de ahí que se decidiera unir esta causa en torno a París, siendo finalmente la catedral de Notre Dame el lugar de la beatificación.
Entre los nuevos beatos había sacerdotes como Raymond Cayré, Jules Grand o Pierre de Porcaro. También seminaristas como Roger Vallée o Jean Tinturier.
En una entrevista en Aleteia Francia, el padre Bernard Adura, postulador de la causa de beatificación de estos 50 mártires franceses, explicaba por qué se les considera “mártires del apostolado”.
“Durante la Segunda Guerra Mundial, los prisioneros de guerra estaban teóricamente amparados por la Convención de Ginebra, que les garantizaba el derecho a capellanes. Pero entre los franceses, aproximadamente 300.000 jóvenes se encontraron en una situación singular: fueron enviados a Alemania como trabajadores, gracias a la complicidad del régimen de Vichy y los nazis. Bajo el Servicio de Trabajo Obligatorio (STO), estos jóvenes, de entre 19 y 25 años, se comprometían durante al menos dos años a contribuir al esfuerzo bélico, especialmente en la industria metalúrgica. Recibían un salario simbólico y dos semanas de vacaciones al año. Sin embargo, brindarles asistencia espiritual era impensable, ya que no estaban protegidos por la Convención de Ginebra”, relata este sacerdote.
Los obispos franceses, en particular el cardenal Emmanuel Suhard (1874-1949), arzobispo de París, y el padre Jean Rodhain, fundador de Secours Catholique (Servicios Católicos de Socorro), estaban profundamente preocupados por estos jóvenes. De este modo, explica que establecieron lo que llamaron la ‘Misión de San Pablo’, que consistía en enviar sacerdotes, seminaristas, religiosos, miembros de Acción Católica y scouts para realizar labores apostólicas entre los jóvenes trabajadores deportados. Estos voluntarios sabían antes de partir que iban sin protección, a una misión clandestina.
La situación empeoró el 3 de diciembre de 1943 con la publicación de la Ordenanza Kaltenbrunner, que exigía la eliminación de todos aquellos que realizaban actividades religiosas entre los jóvenes trabajadores civiles franceses. A partir de ese momento, todo lo que hacían estos misioneros se castigaba con la muerte. Sus actividades se consideraban antialemanas, cuando en realidad simplemente ayudaban a estos trabajadores de diversas maneras:administraban los sacramentos, animaban a unos y apoyaban a otros. Por eso se le conoce como el “martirio del apostolado”.
En este sentido, el postulador asegura que n términos todos estos mártires sucumbieron “debido al sufrimiento causado por el encarcelamiento”. Algunos fueron ejecutados, otros incluso masacrados, y muchos fueron torturados. Otros murieron porque el tifus estaba muy extendido y no recibieron tratamiento, o peor aún, los infectados fueron internados en la “enfermería”, donde supuestos médicos nazis realizaban “experimentos” para observar la propagación de la enfermedad. Algunos perdieron la vida durante la “marcha de la muerte”. A medida que los Aliados avanzaban, los alemanes vaciaron los campos de trabajo, obligando a los trabajadores a irse, principalmente a pie. Cualquiera que cayera en el camino era asesinado de inmediato. Estos mártires murieron en condiciones terribles; soportaron un infierno. En medio de este sufrimiento, su extraordinario ejemplo de devoción es invaluable.
Fuente: Religion en Libertad
Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC
Subscribe to get the latest posts sent to your email.