Los abuelos nos ayudan a conocer de dónde venimos y transmiten la fe de una manera que permanece durante toda la vida
Hay recuerdos de nuestros abuelos que parecen insignificantes cuando somos niños y que, con el paso de los años, adquieren un valor enorme. Una comida que preparaba la abuela, una expresión que repetía el abuelo, una historia familiar que escuchábamos tantas veces que terminábamos aprendiéndola de memoria, o simplemente ver a la abuela rezar el Rosario o al abuelo bendecir siempre la mesa antes de comer.
Los abuelos tienen una relación particular con sus nietos. No son los padres y tampoco deben ocupar su lugar. Pero pueden aportar algo diferente: experiencia, tiempo, memoria y una visión de la vida que solo se adquiere tras haber recorrido un camino más largo.
Benedicto XVI lo expresó de manera muy bonita durante el V Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en Valencia en 2006. Dijo que los abuelos dan a los niños “la perspectiva del tiempo” y los llamó “la memoria y la riqueza de las familias”. También pidió que nunca fueran excluidos del círculo familiar.
Conocer nuestra historia también ayuda a saber quiénes somos
Los niños conocen su presente: su casa, la escuela, sus amigos, sus actividades. Pero también necesitan ir descubriendo que su historia comenzó mucho antes de que nacieran.
¿De dónde vino nuestra familia? ¿Cómo eran sus bisabuelos? ¿Por qué vivimos en este país? ¿Qué dificultades tuvieron nuestros padres cuando eran pequeños? ¿Cómo era la vida antes?
Muchas de esas respuestas están en nuestros mayores.
La Biblia invita a hacer precisamente eso: recordar y preguntar a quienes estuvieron antes que nosotros (cf. Deuteronomio 32,7).
El papa Francisco, en Amoris Laetitia, n. 192, habla de los ancianos como un puente entre generaciones y recuerda que muchas personas reconocen haber recibido de sus abuelos su iniciación a la vida cristiana.
Si somos padres, es importante motivar este tipo de conversaciones con los más pequeños y, si somos abuelos, entonces compartir estas historias con los nietos y más jóvenes ayuda a formar una memoria cultural y transmitir valores de generación en generación. Conocer esas historias no significa vivir anclados en el pasado. Al contrario, nos ayuda a entender mejor el presente.
Además, cuando un abuelo cuenta que pasó por momentos difíciles, que tuvo que empezar de nuevo, que emigró, que perdió un trabajo o que sostuvo a su familia durante una crisis, los nietos descubren algo que ningún libro puede explicar: que la vida tiene momentos buenos y malos y que es posible seguir adelante, vencer los obstáculos y siempre tener fe en Dios.
Honrar a tu padre y a tu madre
El cuarto mandamiento, “Honrarás a tu padre y a tu madre”, está profundamente vinculado al amor familiar. Nos recuerda el deber de respetar, cuidar y agradecer a nuestros padres, y ese espíritu se extiende también a nuestros abuelos y a quienes nos precedieron.
El Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2199, explica que este mandamiento implica también honor, afecto y gratitud hacia los ancianos y los antepasados.
Esto puede parecer evidente, pero hoy no siempre lo es.
A veces, los abuelos terminan siendo vistos solamente como quienes cuidan a los niños cuando los padres tienen algo que hacer, quienes preparan una comida familiar o quienes aparecen en Navidad y en cumpleaños.
Los abuelos y mayores merecen nuestro respeto y atención, tenemos que aprender a quererlos y practicar la caridad y el amor con ellos.
Visitar a los abuelos, llamarlos para saludarlos, visitarlos, escucharlos, preguntarles cómo están, pedirles consejo o sentarse un rato con ellos también es una manera concreta de honrarlos.
Y esto funciona en ambas direcciones. Los abuelos dan mucho a los nietos, pero los nietos también pueden llenar de alegría una etapa de la vida en la que a veces aparecen la soledad, la enfermedad o la pérdida de amigos y familiares.
La Escritura dice que “corona de los ancianos son los hijos de los hijos” (cf. Proverbios 17,6).
La fe muchas veces se transmite sin discursos
Hay algo especialmente hermoso en la relación entre abuelos y nietos cuando hablamos de la fe.
San Pablo, escribiendo a Timoteo, recuerda la fe de su abuela Loide y de su madre Eunice (cf. 2 Timoteo 1,5). No es un detalle menor. Nos muestra una fe que se transmite de una generación a otra.
San Juan Pablo II, en su Carta a los ancianos de 1999, escribió que en muchas familias los nietos reciben precisamente de sus abuelos la primera educación en la fe.
A veces sucede de manera muy sencilla.
El niño ve a su abuela rezar el Santo Rosario.
Escucha al abuelo dar las gracias a Dios antes de comer.
Los ve ir a la Santa Misa.
Cuando alguien está enfermo, se escucha: “Vamos a rezar por él”.
Eso queda.
No hace falta convertir cada encuentro familiar en una catequesis. La fe también se transmite cuando se vive con naturalidad.
Benedicto XVI insistió precisamente en esto. En 2008, al hablar en una asamblea dedicada a los abuelos, recordó que la Iglesia reconoce en ellos una gran riqueza no solo humana y social, sino también religiosa y espiritual. (Vatican)
Por supuesto, no todos los abuelos tienen una fe profunda, ni todas las relaciones familiares son perfectas. Hay diferencias, heridas y situaciones en las que los padres necesitan poner límites. Ser abuelo no convierte automáticamente a nadie en santo o sabio. Pero cuando existe una relación sana, vale la pena aprovecharla y cuidarla.
¿Qué pasa cuando los abuelos ya murieron?
Esta es también la realidad de muchos niños.
Algunos nunca conocieron a sus abuelos. Otros los perdieron cuando eran muy pequeños y apenas conservan algún recuerdo.
Eso no significa que tengamos que borrarlos de la historia familiar. Podemos hablar de cuentos y anécdotas sobre ellos, recordarlos viendo sus fotografías y/o videos, etc.
Recordar sus virtudes, pero también hablar de ellos como personas reales, con sus cualidades y defectos.
Podemos preparar aquella comida que preparaba la abuela o repetir alguna de esas historias que forman parte de la familia.
Y, por supuesto, podemos rezar por ellos.
Benedicto XVI habló también de esta costumbre cristiana de recordar a los abuelos después de su muerte mediante la oración, la celebración de la Misa y, cuando es posible, la visita al cementerio. Lo presentó como una manifestación de amor, fe y gratitud.
Esto puede enseñarle mucho a un niño.
La fe cristiana no nos dice que olvidemos a quienes murieron. Nos enseña a recordarlos con esperanza. San Pablo nos dice que no debemos vivir el duelo como quienes no tienen esperanza (cf. 1 Tesalonicenses 4,13-14).
Un niño incluso puede llegar a sentir aprecio, respeto y amor por un abuelo o abuela que nunca conoció solo por el hecho de escucharnos hablar de sus historias y ocurrencias.
Y si los abuelos ya no están físicamente presentes, tampoco debemos pensar que nuestros hijos no pueden relacionarse con personas mayores. Un tío, una madrina, puede ofrecerles algo muy valioso: otra generación con la que conversar y aprender.
Una herencia que permanece
Muchas cosas que recibimos de nuestros abuelos se pierden con el tiempo. Las casas se venden, los objetos se pierden y la ropa termina en otro lugar. Pero algunas cosas permanecen.
Quizás una manera de rezar, la receta para preparar una ensalada, un guiso o incluso el café o el el mate. Una costumbre o tradición familiar, cómo tratar bien a los demás. Incluso una frase que recordamos veinte años después cuando atravesamos una situación difícil.
Por eso, mientras nuestros padres estén con nosotros, ayudemos a nuestros hijos a conocerlos de verdad, que les pregunten, que los escuchen, que compartan con ellos y conozcan sus historias. Y cuando ya no estén, no permitamos que desaparezcan de la memoria familiar.
Nuestros hijos necesitan conocer sus raíces para entender mejor quiénes son.
Y si además tuvieron la bendición de recibir de sus abuelos una fe vivida con sencillez, posiblemente algún día descubrirán que una de las herencias más importantes que recibieron no estaba guardada en una cuenta bancaria, sino en la manera en que sus abuelos vivieron y amaron.
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