Así como Dios se vinculó con la humanidad en el tiempo y el espacio, encarnándose en Jesús, también nuestra opción de vida está llamada a ser total, estable y concreta.
Un modelo diametralmente opuesto a lo que propone una cultura marcada por la superficialidad, instantaneidad, descarte. Abandonando lo que ya “no nos sirve” en nombre de una pretendida libertad. Zygmunt Baumann lo describe como relaciones líquidas; en las que “amamos los objetos y utilizamos a las personas”. ¡Cuán diferente modo de vivir nos plantea el evangelio!
“La base de las dificultades está en que en la vinculación con los hombres nos exponemos no sólo a nuestra propia fragilidad y pecados, sino también a la tibieza y a la insensibilidad de los demás.” Benjamín González Buelta sj
La crisis
Vaya dificultad la de exponernos a nuestra propia fragilidad y a la insensibilidad de los demás
Frank Jalics aborda este tema con gran profundidad en su libro Ejercicios de contemplación. Allí comparte una experiencia personal ocurrida durante una profunda crisis de fe. Siendo profesor de Teología en un seminario y acompañando a jóvenes en discernimiento vocacional, atravesaba un tiempo oscuro. Ya no podía sentir la presencia de Dios y dudaba incluso de su propia vocación.
El meollo de las cosas
Durante un desayuno de la orden, un anciano jesuita que tenía como tarea lavar la vajilla a diario, expresa violentamente su enojo porque no lo ayudan siquiera a dejar ordenadas las mesas y vajilla. Frank, como todos los demás, se retira en silencio sin prestarle atención. Pero más tarde alcanza a comprender la dimensión de su insensibilidad ante un hermano que está pidiendo ayuda. Y la de todos los presentes que pasaron de largo y continuarían repitiendo sus descuidos. Se vio a sí mismo en la parábola del samaritano. Decidió escuchar, prestar atención, ayudarlo con la tarea, estar para el anciano.
El descubrimiento
Meses después descubre que su crisis de fe había concluido. Volvió a sentir a Dios presente.
No me es posible resumir aquí toda la riqueza con la que Jalics relata esta experiencia. Pero hay una intuición central que emerge con claridad: la profunda unidad entre la relación con Dios, con uno mismo y con los demás. Esa triple relación que Jesús nos revela constantemente.
Sólo podemos amar verdaderamente a Dios en la medida en que aprendemos a acogernos a nosotros mismos y, desde allí, entregarnos al prójimo. Y esto únicamente es posible permaneciendo en Él.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿qué es primero?
Personalmente me ha ayudado mucho una intuición de Ignacio Larrañaga. Él sostiene que el núcleo del Evangelio no consiste tanto en esforzarnos por amar a Dios como en dejarnos amar por Él. Porque sólo quien se sabe amado puede amar.
Y como sólo los amados aman, nuestra capacidad de amor es nada sin Él; y es infinita con Él.
Nuestra identidad
Nuestras relaciones son las venas que nos vitalizan y nos conducen hacia un anhelo profundo de unificación: con nosotros mismos, con nuestro mundo interior, con los demás y con Dios. Ese camino nos permite centrarnos cada vez más en nuestra verdadera identidad. ¿Cuál es esa identidad?
Somos amor.
Como hijos de Dios, nuestra identidad esencial es la del Padre: ser amor.
Un ejemplo
Pedro nos ofrece un ejemplo iluminador. Cuando Jesús le anuncia la proximidad de su pasión, Pedro se resiste a aceptarla. No puede abrazar la vulnerabilidad de Jesús porque todavía no ha aceptado la propia.
Con frecuencia rechazamos en los demás aquello que aún no hemos reconciliado dentro de nosotros mismos.
Por eso vale la pena preguntarnos:
- Si desprecio a alguien, ¿hay en mí una dificultad para aceptarme?
- Si soy excesivamente exigente con los demás, ¿también lo soy conmigo mismo? ¿Termino proyectando esa misma exigencia sobre Dios?
- Si no escucho al otro, ¿me escucho verdaderamente a mí mismo? ¿Escucho a Dios?
El testimonio de Frank Jalics puede ayudarnos a descubrir nuestro propio modo de vincularnos. Él comprendió que no había perdido a Dios; simplemente había dejado de percibir su presencia. La clave para superar su crisis no fue pensar más ni analizar más, sino reconocer una actitud interior que también se manifestaba en sus relaciones humanas.
Por eso los invito a preguntarnos:
- ¿Hay alguna situación cotidiana que esté revelando algo acerca de mi relación con Dios?
- ¿Estoy dispuesto a reconocer aquellas actitudes interiores que me impiden descubrirlo en los demás?
Hagámoslo con misericordia, acogiendo con amor nuestra fragilidad.
Evitemos quedar atrapados en los “si hubiera hecho…” o “si hubiera dicho…”. Los supuestos nos encierran en posibilidades imaginarias y nos alejan del presente.
Y es precisamente el presente el único lugar real donde podemos encontrarnos con nosotros mismos, con los demás y con Dios.
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