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Estoy llamado a vivir la fiesta en la tierra

por Pbro. Carlos Padilla E.
Fiesta de boda

«La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda»

Hoy Jesús me habla de una boda. El reino de Dios es una boda a la que me invitan. No es obligatorio ir a una boda, en realidad nunca lo es. Es una posibilidad, es un regalo que me hacen. Una boda es una opción posible, no una necesidad en mi vida. Me parece una comparación bonita: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados». El reino es el lugar en el que seré feliz y se acabarán el dolor y las lágrimas: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo – lo ha dicho el Señor -. Aquel día se dirá: – Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor». El reino es una fiesta, un banquete, una alegría continua. Me gusta pensar que así será en el cielo y ya lo es ahora con la presencia de Dios en mi vida.

Él hace todo diferente, puede cambiar mi tristeza y convertirla en una alegría firme y profunda. Puede quitarme las penas y convertirlas en risas, en sonrisas. ¿Es así realmente ese Dios en el que creo? ¿Es así el reino de Dios que persigo, el cielo que sueño, la Iglesia que habito? ¿Es esta mi relación con ese Jesús que me da la vida? ¿Somos los cristianos personas que alegramos la vida de aquellos con los que compartimos este camino? Siento que a veces me convierto en un sanedrín que juzga. En lugar de estar feliz donde estoy, con las creencias que me habitan. En lugar de estar en paz con mi vida como es, con las normas que trato de cumplir, con los sueños que quiero vivir. Me amargo, me frustro y me tenso. Y en ese estado de infelicidad juzgo a los que no cumplen, a los que no siguen las normas, a los que no luchan por estar de acuerdo con lo que Dios les pide. En lugar de sonreír mi rictus se vuelve amargo. Vivo en tensión tratando de cumplir y culpo a los que no cumplen por negligentes, por incapaces, por perezosos. El reino es una fiesta, un banquete, un don, nunca una obligación. Es una invitación que Dios me hace y yo puedo rechazar porque soy libre. No estoy obligado a estar con Dios, a ser feliz, a tener paz, a ir a su fiesta.

Yo elijo cómo quiero vivir y cómo quiero hacer sentir a los que viven conmigo. El otro día escuchaba a Marián Rojas Estapé hablando de las personas que transmiten toxicidad y de las personas vitamina. Yo puedo ser una u otra. Puedo alegrar con mi presencia y hacerles sentir a todos invitados a una boda, a un banquete. O les puedo hacer sentir que no cumplen, que no están a la altura, que no son suficiente para Dios. Puedo llevar dentro un juez que condena al que no quiere estar con Jesús. Y es que a veces parece que Jesús, más que a una boda, me está invitando a una cárcel llena de austeridad y renuncias. Una cárcel en la que tengo que vivir angustiado y lleno de presiones para poder permanecer en ella. Una cárcel en la que no puedo ser yo mismo sino que tengo que imitar la forma cómo viven los demás. Pienso en un Dios juez más que un padre. Un juez exigente que no espera que permanezca a su lado por libre voluntad sino por obligación. La imagen de la fiesta me saca de mis creencias más hondas. ¿Realmente veo la Iglesia y el seguimiento a Jesús como una fiesta? ¿Realmente no me siento juzgado ni mirado con suspicacia cuando estoy en presencia de aquellos que sí pertenecen a la fiesta y están en la boda? Me gustaría ver la vida así. Las personas vitamina son las que transmiten alegría y son positivas. No condenan a los demás cuando no están a la altura. No se convierten ellos en la vara con la que medir a los demás. Saben que es una boda y permanecen en ella porque allí son felices y ya no hay lágrimas.

El cielo y la tierra están más unidos de lo que me parece. Estoy llamado a vivir la fiesta en la tierra. Estoy llamado a repartir alegría a los demás y no continuas exigencias que encadenan. Estoy llamado a vivir alegrando el corazón de los que están a mi lado. Esta es la fiesta que quiero vivir, no cuando muera, sino desde ahora, en cada momento de mi vida. Dios me invita a estar a su lado porque sabe que en su presencia dejaré de vivir con miedo y angustia. Sabe que si acepto su invitación dejaré de vivir con angustia todo lo que me toca enfrentar. La vida es más sencilla a su lado y cuando realmente vivo con Él las cosas son más fáciles y yo soy más libre. No estoy con Él porque cumplo sino porque Él me ama con locura. Y cuando fallo y cometo errores, no me condena. Me dice al oído que sigue creyendo en mí. A veces me pasará como a aquel que no lleva el traje adecuado a la fiesta. Pero me perdonará, me cambiará mis ropas y me dará un vestido nuevo porque me ama con locura. 


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