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El tiempo no se pierde, es de Dios

por Pbro. Carlos Padilla E.
Retrovisor

«Dios me pide que confíe en el futuro, no porque vaya a lograr todo lo que me proponga. Pero me dice y me promete que va a estar siempre a mi lado, en las buenas y en las malas»

El otro día escuchaba una reflexión sobres los semáforos en rojo. Esas palabras me hicieron pensar. Cuando voy conduciendo y me encuentro con un semáforo en rojo, no me suelo enfadar con aquel que lo diseñó, tampoco con la policía por poner normas y límites que restringen mi libertad para conducir. No grito, no lloro, no me indigno, no pataleo. No me bajo del coche y sigo mi camino andando, sería una necedad. Simplemente me quedo quieto dentro del coche, esperando pacientemente a que cambie de color el semáforo para poder continuar mi camino. Quizás en ese momento pienso en algo o dejo que la cabeza vaya donde quiera ir. Guardo silencio, miro el paisaje a mi alrededor, observo lo que hacen otros conductores o peatones. Pero no siento que mi vida sea inútil en ese momento. Si tengo prisa no me ofusco queriendo ir más rápido, ya llegaré. De nada me serviría correr para llegar un poco antes, menos aún intento saltarme el semáforo en rojo, serían peores las consecuencias. Lo que hago entonces es aceptar la realidad de esa espera. Tal vez no le encuentro otro sentido a ese esperar a que pasen los que también quieren seguir avanzando. Es una norma de respeto vial que simplemente respeto.

En mi vida aparecen de repente semáforos en rojo. Me detienen cuando yo quisiera correr a toda velocidad y seguir mi camino sin tener que esperarme. Es lo que pasa en momentos en los que me gustaría seguir corriendo. Llega de repente Dios y me detiene. Me deja varado como una barca en la orilla y me pide calma. Me sugiere en sus silencios que recapacite, que piense, que medite, que contemple, que observe, que agradezca la vida que me ha regalado. Es cierto que me pone nervioso esa espera continua. Como si la vida fuera muy breve y tuviera que aprovechar cada momento. Y siento que esa espera es vivir como si no importara que el tiempo pasara. Pienso en ese semáforo en rojo. Pienso en la vida detenida unos instantes. En la oportunidad que Dios me brinda siempre. Quiero aprovechar los semáforos en rojo en mi vida. Son momentos para la reflexión, para pensar, para agradecer. Lo primero que hago es contemplar. Miro la vida a mi alrededor como a través de una ventana. Ahora es otro paisaje el que observo porque me he detenido. Es nuevo y al mismo tiempo conocido. Y me veo allí quieto observando. ¿Qué quieres de mí, Jesús? Le grito, le suplico, le pregunto en un susurro. Como si la vida consistiera en un ir y venir de un lado para otro haciendo muchas cosas. Corriendo como pollo sin cabeza. Tratando de cambiar este mundo inquieto y convulso. De responder a todas las preguntas abiertas, a todas las necesidades que no encuentran respuesta. ¿Seré capaz de cambiar algo con mi presencia? Me quedo quieto en la orilla, frente a mi ventana, antes ese semáforo incómodo que detiene mis pasos, mi carrera, mi búsqueda obsesiva de metas inalcanzables.

Me conviene pararme, pienso en mi interior. Tiene tanto sentido un semáforo en rojo. Quiero pararme. Que la vida siga corriendo junto a mí. Yo elijo estar aquí, quieto, firme, dispuesto a aprovechar este momento que Dios me regala. Como una interrupción involuntaria que me pone nervioso. ¡Cuántas cosas podría hacer con este tiempo que tengo! No hago nada, me quedo quieto. ¿Merece la pena estar delante del semáforo sin hacer nada? Elijo estar aquí, contemplando, y como consecuencia, agradeciendo. Elijo lo que no puedo cambiar. Tengo claro que todo en la vida es un don, no tengo que ganarme nada de lo que ya tengo. Todo es misericordia. Estoy agradecido porque la vida me ha cuidado, Dios me ha cuidado. He recibido tantas cosas en mi camino. Me siento tan afortunado. Miro al cielo, busco las estrellas, o esa luna menguante o creciente. Contemplo la naturaleza a mi alrededor, el sol que amanece, los viandantes que circulan de un lado a otro y el sol que se pone suavemente pintando de rojo el cielo. Esas plantas que traen vida con su color, con su belleza y crecen tan despacio. Así lo expresa Benedicto XVI: «Desde el horizonte infinito de su amor, Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno». Miro ese corazón de Jesús que amo con todas mis fuerzas. Cristo es mi vida, o mi vida es Cristo. Y eso me conforta en medio de este instante detenido, momento de pausa en rojo.

Como si ya no corrieran las agujas del reloj. Me hace falta parar, pienso muy dentro. Me hace falta contemplar. ¿Para qué intento vivir corriendo tanto todo el día? No es necesario correr. Mejor detenerme y pensar, meditar y agradecer. Miro los geranios en la ventana, son rojos, como el semáforo. Detenido el tiempo, sin exigir nada más, sin esperar nada. Aguardo a que Dios me diga cuándo tengo que seguir caminando. No dejo de soñar, de anhelar, de creer, de confiar. La paciencia es una virtud que pido y Dios me da oportunidades para practicarla. Agradecer y mirar hacia atrás. Es tanto lo que Dios pone en mi camino. No quiero precipitarme, ni sentir que pierdo el tiempo. El tiempo no se pierde, es de Dios. Y Él querrá enseñarme algo siempre. En la espera está la maduración. En saber aguardar, estar, contemplar y mirar hacia atrás agradecido por tanto. 


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