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Luis Zazano: “Un hombre entusiasmado por vivir”

por Editor MDC

El sacerdote tucumano habla de sus sueños, sus miedos, las dudas sobre su vocación y la búsqueda de su propia identidad. Una mirada íntima al hombre detrás de la figura pública.

Antes de que su voz comenzara a cruzar fronteras a través de WhatsApp y las redes sociales, Luis Zazano imaginaba una vida completamente distinta. Soñaba con convertirse en médico cardiólogo, casarse y tener hijos. Tenía una novia, proyectos y un futuro que parecía trazado. Hasta que un retiro espiritual lo enfrentó con una realidad que no había querido mirar: pese a todo lo que imaginaba conseguir, no se sentía feliz.

El camino que siguió después lo llevó al sacerdocio, a los libros y a una experiencia de comunicación que alcanzó lugares que nunca había imaginado. Pero detrás de esa voz que acompaña diariamente a tantas personas también hay un hombre que conoce el miedo, que atravesó dudas sobre su vocación y que aprendió, con ayuda de la terapia, a poner límites al dolor ajeno.

Le gusta caminar por las montañas tucumanas, hacer boxeo, compartir una cerveza con sus amigos y pasar tiempo con su mamá. Reconoce que todavía le cuesta encontrar esos espacios y que hay preguntas de su propia vida para las que no tiene respuestas.

En esta conversación con La Posta 381, Luis Zazano se aleja por un momento del lugar de quien aconseja y acompaña para hablar de sus propias fragilidades, de aquello que aprendió y de lo que todavía necesita comprender.

Antes de ser sacerdote, ¿quién era Luis Zazano y qué soñaba para su vida?

Antes de ser sacerdote, tenía pensado ser médico. Estaba de novio y tenía un camino de vida, podría decirlo, trazado en mi mente. Mi ideal era ser médico, estar casado y tener hijos. Esa era la visión que había soñado para mi vida.

Incluso ya estaba estudiando y preparándome para ingresar a Medicina. Me gustaba especialmente la cardiología, siempre me había interesado esa especialidad.

También tuve la experiencia de un buen noviazgo. En aquel momento imaginaba mi futuro junto a quien era mi novia, construyendo una familia y desarrollando mi profesión como médico.

¿Qué pasó para que aquel futuro que imaginabas comenzara a cambiar?

Hubo un momento de mi vida en el que entendí que iba por un camino distinto. Tenía otra manera de ver la vida, hasta que quien era mi novia me invitó a un retiro espiritual.

En ese retiro pude darme cuenta no tan solo de la existencia de Dios, sino también de que no era feliz. Era una persona que creía que, por obtener cosas, podía alcanzar la felicidad.

Pero descubrí que no era así, que todo era una cáscara. Me di cuenta de que tenía una autoestima baja y que buscaba que me quisieran, pero no por mis logros, sino desde mis propias inseguridades.

Cuando decidiste seguir el camino del sacerdocio, ¿qué fue lo más difícil que tuviste que dejar atrás?

Creo que lo más difícil fue dejar atrás ese proyecto de tenerlo todo organizado y controlado por mí mismo.

Me costó tener que someterme a una autoridad, vivir en un seminario y compartir con otros. Era algo que incluso me generaba miedo, porque estaba acostumbrado a tomar mis propias decisiones.

Siempre fui muy autónomo, muy decidido con mis cosas. Por eso, creo que lo que más me costó fue aceptar que tendría un superior a quien consultar cada decisión que debía tomar.

Después de tantos años acompañando personas, ¿qué aprendiste del dolor humano que no te enseñó ningún libro?

Aprendí que la vida tiene sus dolores y que hay que aprender a darle vuelta a la mirada sobre lo que a uno le toca vivir.

Es lo que yo llamo el ejemplo de la zanahoria, el huevo y el café. Cuando el agua hierve, los tres reaccionan de manera diferente. La zanahoria termina convirtiéndose en algo blando y sensible; el huevo, en algo duro; y el café transforma el agua, le da un cambio y un nuevo gusto.

Con esto aprendí que hay muchas personas que atraviesan momentos difíciles y dolorosos, pero que también es posible transformar esas experiencias y darles un nuevo sentido, como el café al agua hervida.

Escuchás problemas, pérdidas y crisis familiares. ¿Qué hacés con todo ese dolor cuando termina el día y te quedás a solas?

La verdad es que a mí me ayudó mucho hacer terapia. Me ayudó muchísimo a saber soltar y a entender que, cuando llego a mi habitación, soy Luis y no puedo llevarme todos los problemas conmigo.

También me ayudó mucho hacer deporte, porque me hace muy bien. Y busco tener espacios para compartir con la gente que quiero.

¿Alguna vez dudaste de tu vocación?

No tan solo alguna vez, sino que muchas veces dudé de mi vocación.

Lo que sí podría decirte es que en 2016 aprendí a diferenciar lo que significa dudar de mi vocación de lo que significa dudar de mi institución.

Pude distinguir lo que es la vocación de lo que es la institución. Eso me ayudó muchísimo a descubrir cuándo estaba atravesando una crisis con Dios y cuándo estaba atravesando una crisis con la institución católica.

¿Hay momentos en los que necesitás dejar de ser “el padre Luis” y simplemente ser Luis? ¿Cómo son esos momentos?

Sí, hay momentos en los que necesito ser Luis. Trato incluso de encontrar esos espacios para ser simplemente yo.

Por ejemplo, voy al gimnasio, me gusta hacer un poco de boxeo. También intento, por lo menos una vez al mes, salir a tomar una cerveza con algún amigo, compartir un momento y dejar de lado las responsabilidades.

Eso todavía es algo que tengo que seguir trabajando, porque muchas veces cuesta encontrar esos espacios.

Y también disfruto mucho de compartir tiempo con mi familia, especialmente con mi mamá o con algún ser querido. Esas cosas me hacen mucho bien.

Tus mensajes comenzaron llegando a un pequeño grupo de personas y terminaron cruzando fronteras. ¿Cuándo dimensionaste lo que estaba pasando?

Cuando comenzaron a llegarme correos electrónicos de Estados Unidos, de Dubái e incluso de Japón, empecé a darme cuenta de que los audios habían cruzado fronteras.

Eso fue generando en mí una sensación de estar frente a una misión mucho más grande de lo que había imaginado. Recuerdo pensar: “Mamá mía, ¿en qué me metí?”.

Pero la verdad es que también me dio miedo, mucho miedo. Y es algo que he tratado de trabajar en terapia y conversando con mis seres queridos.

¿Qué te provoca saber que alguien que nunca pisó una iglesia puede conocerte primero por Instagram o WhatsApp?

La verdad es que me da mucha alegría cuando alguien conoce mis audios y se interesa por lo que comparto.

Yo siempre digo que hay tres tipos de público: el que está, el que estuvo y el que nunca estuvo.

Trato de llegar especialmente a los últimos dos. A quienes alguna vez estuvieron en la Iglesia, pero se alejaron con prejuicios, y también a quienes nunca formaron parte de ella.

Por eso intento aprender de esas dos realidades, conocer sus experiencias y comprender sus miradas.

En un mundo donde parece que todo se mide en seguidores y “me gusta”, ¿cómo hacés para que la exposición no termine alimentando tu propio

Lo hablo mucho con mi psicóloga para no caer en un narcisismo de aparecer siempre yo.

Incluso he creado Misioneros Digitales Católicos para dejar de lado que aparezca una página que diga Luis Zazano. Busco que siempre esté presente el nombre de la institución, Misioneros Digitales.

Y, sobre todo, lo trabajo con mi terapeuta, preguntándome por qué hago esto y para qué lo hago. Si lo hago para aparecer yo o para que aparezca la gracia de Dios y la ayuda al otro.

Entre tantos mensajes que recibís de personas desconocidas, ¿hay alguna historia que te haya marcado especialmente?

Me marcó mucho la historia de una persona que recibía mis audios y que se los enviaba a su marido.

En una oportunidad, cuando a su marido le llegó uno de esos mensajes por WhatsApp, él estaba pensando en suicidarse. Incluso estaba por enviarle un audio de despedida a su esposa porque sentía que ya no tenía fuerzas para enfrentar la vida.

Justo en ese momento recibió uno de mis audios, en el que hablaba de la vida y de la providencia de Dios. Según me contaron, después de escucharlo desistió de quitarse la vida.

Tiempo después, esta persona llegó a mi parroquia y me contó lo que había sucedido. Fue una historia que me marcó profundamente. Recuerdo que pensé en cómo obra Dios.

Viajás, escribís libros y llegás a personas de distintas partes del mundo. Sin embargo, seguís profundamente vinculado a Tucumán. ¿Qué significa esta provincia para vos?

La provincia de Tucumán para mí simboliza y significa mucho. Aquí aprendí muchísimas cosas. Hoy soy quien soy gracias también a mi provincia, a su gente y a ese espíritu norteño que tanto nos marca y que tanto me marca.

La verdad es que sí he pensado en algún momento irme de esta provincia, pero el cariño y el amor recibido me han llevado a desistir y decir: «No, hay que seguir por acá y cuidar mis orígenes».

¿Y qué cosas de Tucumán extrañás cuando estás lejos?

Lo primero que siempre extraño de Tucumán es la gastronomía. La comida, todo eso es lo que más extraño.

Y, segundo, la montaña. La verdad es que me encanta ir a caminar por las montañas, el camino hacia Villa Nougués, ir caminando, ir viendo el verde.

Esas cosas son como mi parate, una manera de volver a centrarme.

Después de escuchar tantas historias y conocer tantas realidades, ¿qué sentís que le está faltando hoy a la gente?

Lo que hoy siento que a la gente le falta, en ese sentido, es esa esperanza y esa confianza.

Hay mucha gente que ha perdido la confianza en personas, en instituciones. Hoy está este mundo de sospechar de todo, e incluso el mundo de los haters, ¿no?, en donde todo el mundo opina de todos y cada uno habla lo que quiere del otro.

Sos alguien que habitualmente ofrece respuestas a los demás. Pero ¿qué pregunta todavía no pudiste responderte a vos mismo?

Creo que una de las preguntas que no me pude responder es por qué no fui más yo y por qué me tuve que someter a ser lo que otros querían que yo sea.

¿Por qué perdí mi identidad por quedar bien con otros?

Cuando algún día mires hacia atrás, ¿qué te gustaría que quedara de Luis Zazano más allá del sacerdote, los libros y las redes?

Me gustaría que la gente recuerde a un tipo que ha sido alegre, que ha tratado de dar lo mejor de mí, que ha tratado de aportar a la historia y a la vida de las personas un Dios vivo, un Dios cercano.

Y que me recuerden como un tipo alegre, un hombre entusiasmado por vivir.

La alegría de ser uno mismo

Hay preguntas que no encuentran respuestas inmediatas. Algunas acompañan durante años, otras aparecen cuando el camino recorrido invita a mirar hacia atrás. Luis Zazano todavía se pregunta por qué hubo momentos en los que dejó de ser él mismo para responder a las expectativas de los demás.

Quizás esa sea una de las confesiones más humanas de esta conversación. Porque detrás de quien tantas veces ofrece palabras de esperanza también existe alguien que conoce la incertidumbre, que aprendió a convivir con sus miedos y que continúa descubriéndose.

En su historia conviven el joven que soñaba con ser médico, el sacerdote que encontró un camino diferente y el hombre que disfruta de una caminata por las montañas, de una conversación con un amigo o de un momento junto a su madre.

Pero cuando imagina la huella que quisiera dejar, no habla de reconocimientos, libros ni seguidores. Tampoco de todo lo que consiguió. Habla de la alegría, de haber dado lo mejor de sí y de haber intentado hacer más cercana la vida de los demás.

Y tal vez allí, en esa sencillez, se encuentre una de las respuestas que todavía está buscando: que más allá de todo lo que hizo, lo verdaderamente importante sea haber vivido siendo él mismo.

Fuente: https://www.laposta381.com.ar/


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