«El hombre es amado por Dios. Este es el simplicísimo y revolucionario mensaje del que la Iglesia es deudora al hombre».
Fueron unas palabras de san Juan Pablo II, en la encíclica Redemptor hominis, las que me animaron a escribir este libro: «El hombre es amado por Dios. Este es el simplicísimo y revolucionario mensaje del que la Iglesia es deudora al hombre».
«El hombre es amado por Dios» es la verdad que fundamenta nuestra existencia. Si Dios no nos amara, no nos habría creado. Estamos en el mundo porque Dios nos quiere.
Creo que muchas personas tienen poco en cuenta esta verdad. Viven pensando, quizá, que Dios es un ser lejano, y que lo único que hace es vigilarnos para señalar, como un juez severo, nuestros pecados. Viven una religión sin amor, sin saberse queridos por un Dios que tiene corazón de padre y de madre.
En este libro pretendo poner de relieve las manifestaciones del amor a lo largo de la historia de la salvación: Dios nos crea por amor, nos salva por amor en la cruz, y nos envía el Amor, el Espíritu Santo, para que habite en nosotros y llene nuestros corazones con el amor.
Me he propuesto también el objetivo de mostrar que el amor de Dios no tiene nada de abstracto e indefinido, sino que es concreto y personal. Dios quiere con locura a cada persona como si fuese la única. Y llama a cada persona a la amistad con Él.
Estoy convencido de que lo que más nos mueve a amar a Dios es creer en su amor. Por eso, después de considerar tantas pruebas de la ternura y el amor de Dios por nosotros, reflexiono, en la última parte del libro, sobre cómo debemos responder, y cómo la única respuesta que cabe es amar a Dios con todo nuestra corazón sobre todas las cosas.

Cuando se habla del amor de Dios, surge casi siempre la pregunta por el sufrimiento. ¿Cómo se explica que un Dios que nos quiere tanto permita que suframos? Por eso, casi al final del libro se aborda esta cuestión desde la perspectiva del amor. Si creemos que Dios es amor, que esa es su esencia, debemos reconocer que solo nos puede amar. Pero hay personas que, ante el sufrimiento, rechazan a Dios como si Él fuera el culpable de nuestros males. En cambio cuando creemos de verdad que Dios nos quiere con locura, vemos el sufrimiento como algo que Él permite poque nos quiere, para nuestro bien, como una manifestación de su amor, y no como un acto de hostilidad contra los hombres.
De este modo, la vida moral del cristiano no comienza desde abajo, es decir, desde «debo amar a Dios», sino desde arriba: «Dios me quiere, y yo respondo a su amor queriéndolo a Él». Este modo de ver nuestra relación con Dios rompe con la tendencia a considerar los mandamientos como una coacción o imposición divina sin fundamento. Y, en cambio, nos ayuda a verlos como los caminos que Dios nos señala amorosamente para lleguemos a la felicidad del cielo.
La experiencia constata que muchas conversiones a la fe cristiana son fruto de descubrir que somos queridos por Dios.
Por todo lo que he dicho, queda claro que no se trata de un libro para leer de corrido, sino para meditar y conversar con Dios.
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