«Dios me habla y me manda señales continuamente. Me dice que valgo, que soy su hijo, su predilecto y que no me suelta de la mano para que me sienta seguro. Es mi pilar»
Mi vida es importante y merece la pena vivirla con esperanza. El otro día leía en la autobiografía del Papa Francisco: «Yo tengo una certeza dogmática: – Dios está presente en la vida de cada persona. Dios está presente en la vida de cada uno de nosotros. Aunque sea una vida desastrosa, destrozada por el vicio, la droga o cualquier otra cosa, Dios está ahí. Se puede y se debe buscar a Dios en cada vida humana. Aunque un terreno esté lleno de maleza, siempre queda un espacio donde puede crecer la buena simiente. Y Dios no se limita a tranquilizarnos psicológicamente, como si fuera un ansiolítico. Va mucho más allá: nos ofrece la esperanza de una vida nueva. Uno no se queda atrapado en su pasado, sea el que sea, sino que empieza a mirar el presente de otra manera». Porque siempre es posible el cambio y comenzar de nuevo. Puedo creer que en mi interior hay un potencial aún por descubrir. Hay algo que puede florecer y dar fruto. Algo nuevo, bello, recto que puede cambiarme la vida. Me gusta ver en mi vida más luz que oscuridad, más potencial escondido detrás de la realidad que toco. Puedo descubrir en lo que hago más perfección que imperfección.
Dios está presente en mi alma, en mi camino de vida, en medio de la oscuridad. Lo que ocurre es que a veces me dejo llevar por el desánimo y desconfío de mí mismo. Veo sólo lo que está mal y dudo de mis capacidades porque ya conozco mis errores y he visto mi impotencia muchas veces. Me han repetido con frecuencia que no valgo, que no soy suficiente. Y yo mismo he recordado esos comentarios y los he hecho míos. Me he convencido de mi poca valía. No soy suficiente, no lo voy a lograr, fracasaré como tantas veces lo he hecho, me he dicho. He sido testigo de mil fracasos y por eso ahora tiendo a buscar lo que no está bien, lo que no está en orden en mi interior, lo que está mal, lo que está fallando. He presenciado mis derrotas y me he asomado a mis fracasos. He pecado una y otra vez, después de haber sido perdonado y en esa reincidencia me he sentido tan débil, tan frágil. Por esto tengo dudas. Me cuesta creer que el cambio es posible. El otro día escuchaba: «Cuidado con el exceso de pasado». Y es que a menudo cargo sobre mis hombros demasiadas cosas del pasado. Decía Nietsche: «Sin olvido no hay acción posible. El olvido es el vigilante de la puerta que protege el espíritu del exceso del pasado». Lo tengo claro. El olvido es necesario pero no resulta tan fácil olvidar. Tiendo a recordar con más facilidad mis errores que mis aciertos. Recuerdo más mis derrotas que mis éxitos. Más el golpe que di mal que los miles que fueron golpes buenos. Me vendría bien olvidar las cosas malas, difíciles, aquellas que me han dejado herido en el camino. Olvidar los insultos y las afrentas, las batallas en las que no estuve a la altura.
Olvidar todo lo malo y recordar sólo lo bueno. ¿Será eso posible? Porque al fin y al cabo esos errores y fracasos me han hecho como soy ahora, forman parte de mi historia sagrada. En la película de dibujos animados Buscando a Nemo la protagonista de verdad es Dory. Ella se lleva todo el protagonismo. La debilidad de Dory es su condición, tiene una pérdida de memoria a corto plazo. No tiene carga de pasado en su corazón y por eso llega a cada momento sin carga de recuerdos negativos. Vive el momento presente y eso que en ocasiones puede ser algo desesperante, al final es el camino para encontrar a Nemo. Dory vive permanentemente en el ahora, el presente marca su vida. Está feliz siempre y confía en cada circunstancia. El miedo desaparece porque no carga con el recuerdo de miedos pasados, de peligros vividos antes, de acontecimientos difíciles que pueden volver a suceder. Dory se acerca sin miedo a los tiburones, no les tiene miedo, y descubre el camino arriesgado para salir del interior de una ballena. De esa forma no se desanima porque cada momento es una aventura totalmente nueva, algo por descubrir. No carga con los fracasos anteriores, ni con los desencuentros vividos, ni con las derrotas sufridas, siempre empieza de nuevo. El olvido me ayuda a comenzar de nuevo. Soy capaz de creer que ahora sí es posible porque no recuerdo ya que ayer no lo fue.
Comienzo ahora mismo con una mirada pura, camino sin miedo a tropezar, lo hago otra vez todo, como si nunca lo hubiera hecho antes, lo repito porque no importa cuántas veces lo tenga que hacer. Siempre será la primera vez. Dory no tiene esa memoria que puede llegar a paralizarme. Mira la vida con ojos ingenuos, sorprendida. Me gusta esa actitud virginal, inocente, pura. Esa mirada ingenua para enfrentar lo que sucede cada día. Me gusta pensar siempre en positivo, en presente, aquí y ahora. El peligro en mi vida es el exceso de memoria. Volver al pasado en el que perdí y pensar que perderé de nuevo, que no tengo ninguna opción de triunfar. Porque no tengo fuerzas, porque el enemigo es más poderoso, porque ya lo intenté y era imposible. El problema es cuando quiero convencer a los demás para que no lo intenten, no se esfuercen, casi como si me diera miedo que ellos sí lo lograran. No quiero que ellos lo hagan bien para no dejarme en evidencia. Les digo que no es posible, que no lo intenten, que no luchen. La memoria pesa demasiado y me hace recordar que soy frágil, que ya pequé un día, que ya caí y no logré alcanzar lo que parecía tan al alcance de mi mano. Así me sucede con frecuencia en esta vida. Me desanimo y desanimo a otros para que no se esfuercen por conseguir lo que yo no he conseguido. Por eso quiero creer que es posible. Quiero luchar e intentarlo de nuevo. Quiero vivir el presente como una oportunidad inmensa y maravillosa que Dios me regala. El cambio es posible, luchar es necesario siempre, pase lo que pase.
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