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Newman y Escrivá: dos santos, dos universidades

por Pbro. Juan Rodrigo Vélez
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Esta semana, el calendario coloca lado a lado a dos santos. El 6 de octubre recordamos la canonización de san Josemaría Escrivá por san Juan Pablo II en 2002. Tres días después, el 9 de octubre, celebramos la fiesta de san John Henry Newman.

Fue precisamente en una lluviosa noche de 1845, en Littlemore, cuando Newman se arrodilló ante el beato Dominic Barberi y pidió ser recibido en la Iglesia católica. Y el 17 de octubre, la Universidad de Navarra, fundada por Escrivá, conmemora setenta y cuatro años desde que sus primeros estudiantes se reunieron en Pamplona.

A primera vista, los dos hombres difícilmente podrían haber sido más diferentes. Newman fue profesor en Oxford y converso, y llegó a Roma después de recorrer un camino que pasó por el calvinismo evangélico y el anglicanismo. Era un académico que sopesaba cuidadosamente cada palabra. Escrivá nació en el seno de una devota familia católica de Aragón y fue, ante todo, predicador, confesor y guía de almas. Uno vivió en la Inglaterra victoriana; el otro, en España y Roma durante el siglo más violento que Europa haya conocido.

Sin embargo, ambos fueron pastores y educadores, y ambos afrontaron los peligros de su tiempo formando la mente y el espíritu. Los dos fueron también fundadores: Newman, del Oratorio de Birmingham y de la Universidad Católica de Irlanda; Escrivá, del Opus Dei y de la Universidad de Navarra.

El peligro al que ambos se enfrentaron fue la separación entre la fe y la razón. En Fides et Ratio, san Juan Pablo II explicó cómo la saludable distinción entre filosofía y teología fue derivando, desde finales de la Edad Media, hacia “una nefasta separación”. La razón siguió su propio camino y algunos creyentes, asustados, dejaron de confiar por completo en ella.

Newman encontró esta separación en Oxford. Siendo un joven tutor en Oriel, observó a estudiantes universitarios que conocían poco su fe y la practicaban simplemente por costumbre. Escrivá se encontró con ella un siglo después en Madrid, donde la ignorancia religiosa se transformó en abierta hostilidad hacia la Iglesia y, finalmente, en el derramamiento de sangre de la Guerra Civil.

Ninguno de los dos respondió levantando muros. Ambos respondieron construyendo lugares donde la verdad en toda su amplitud pudiera estudiarse de manera integrada.

Dublín y Pamplona

En 1851, el arzobispo Paul Cullen pidió a Newman que fundara una universidad católica en Irlanda. Newman apenas estaba estableciendo el Oratorio en Birmingham y, al mismo tiempo, enfrentaba un juicio por difamación. Aun así, aceptó. Escribió las conferencias que hoy conocemos como La idea de una universidad, reclutó profesores, gastó su propio dinero en edificios y en una iglesia universitaria, y cruzó el mar de Irlanda cincuenta y seis veces. La universidad abrió sus puertas en noviembre de 1854 con veinte estudiantes.

Un siglo después, el 17 de octubre de 1952, un pequeño centro de estudios abrió sus puertas en Pamplona con una Misa del Espíritu Santo y cuarenta y un estudiantes. Escrivá había enviado a tres jóvenes profesores para ponerlo en marcha: un químico, un canonista y un jurista civil. Navarra fue reconocida oficialmente como universidad en 1962. Desde entonces, personas inspiradas por Escrivá han impulsado universidades en México, Colombia, Perú, Filipinas, Kenia, Nigeria y muchos otros países.

Como médico y graduado de la Universidad de Navarra, me alegra destacar que ambos fundadores pusieron en marcha una facultad de medicina casi desde el comienzo. Newman abrió una en Dublín en 1855, porque una gran ciudad católica contaba con muy pocos médicos católicos. Escrivá promovió una Facultad de Medicina en Navarra apenas dos años después de su fundación y pidió a sus médicos que vieran a Cristo en sus pacientes. Para ninguno de los dos la universidad debía ser una torre de marfil. El conocimiento estaba llamado a ponerse al servicio de los enfermos y de los pobres.

El círculo y la unidad

La gran imagen de Newman para explicar la universidad es la de un círculo del conocimiento. Todas las ramas del saber, escribió, “se entrelazan y se completan unas a otras”. Si se elimina la teología de ese círculo, el vacío no permanece vacío. Otras ciencias se apresuran a responder preguntas para las cuales nunca fueron concebidas.

Escrivá, sin basarse en Newman, afirmó igualmente la unidad del conocimiento humano como reflejo de la propia sabiduría de Dios, y habló de la “unidad de vida”. El 8 de octubre de 1967, predicando en el campus de Navarra, advirtió a los estudiantes contra el peligro de vivir una doble vida: una vida espiritual por un lado, y el trabajo, los estudios y la familia por otro, como si Dios no tuviera nada que ver con ellos. La vocación cristiana, enseñaba, consiste en hacer “de la prosa de cada día, verso heroico”. En Camino lo expresó de manera todavía más audaz: para un apóstol moderno, una hora de estudio es una hora de oración.

Newman habla de la mente; Escrivá, del alma. Pero la convicción es la misma. La verdad es una porque Dios es uno. Un estudiante que reza el domingo y piensa el lunes como si Dios no existiera vive dividido. Lo mismo sucede con una universidad que mantiene su capilla y sus laboratorios en mundos separados. En Dublín, Newman estableció pequeñas residencias universitarias dentro de la universidad, cada una con su propia capilla y capellán, y mandó construir una iglesia universitaria. De manera semejante, en Navarra cada facultad cuenta con una capilla y un capellán. Profesores y estudiantes son animados a llevar una vida cristiana de oración y estudio.

El corazón habla al corazón

Los dos fundadores coincidían también en que los jóvenes aprenden, sobre todo, a través de la convivencia con otras personas. Newman lo llamó “influencia personal”. En Dublín colocó a jóvenes tutores residentes en aquellas casas, para que la enseñanza pudiera transformarse en amistad. En el último discurso de La idea de una universidad, sostiene que una universidad es cristiana no principalmente porque enseñe teología, sino por el carácter de las personas que enseñan en ella. No es casualidad que eligiera como lema cardenalicio Cor ad cor loquitur: “el corazón habla al corazón”.

Escrivá llamó a esta misma realidad “apostolado de amistad”. Pasaba horas con estudiantes en Madrid, visitando con ellos a enfermos pobres y conversando sobre sus estudios y sobre sus almas. Más adelante impulsó residencias para estudiantes universitarios en numerosas ciudades, concebidas como hogares donde el carácter pudiera crecer junto con la formación intelectual.

Ambos creían que la virtud abre la mente a la verdad y que la amistad con buenas personas es uno de los caminos más seguros para alcanzar tanto la virtud como la verdad.

Para esta semana

El año pasado, el papa León XIV nombró a Newman copatrono de la misión educativa de la Iglesia, junto con santo Tomás de Aquino, y pocos días después lo declaró Doctor de la Iglesia. El viernes 9 de octubre, día de su fiesta, analizaremos con más detalle estos reconocimientos.

Por ahora, esta semana de celebraciones nos sugiere tres acciones. Pide al Espíritu Santo que te ayude a crecer en sabiduría y a comprender mejor la unidad entre fe y razón. Procura aprender cada día de tus profesores y compañeros. Y da gracias a Dios por tus maestros, rezando por cada uno de ellos por su nombre.

San John Henry Newman y san Josemaría Escrivá, maestros de la verdad en toda su plenitud, rueguen por nosotros.

Fuente cardinaljohnhenrynewman.com


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