«La paz esté con ustedes»
En un mundo tan convulsionado donde hay guerras, hermanos maltratándose y noticias que nos saturan el teléfono, vamos corriendo en una carrera interminable de acá para allá con mil actividades que llevamos. Estamos llamados a ser constructores de esta paz que viene de Dios. Ser instrumento implica ser dócil, por ejemplo, si toco una guitarra no es lo mismo si está afinada o no, el sonido es distinto (Hch 9, 15-18). Con nosotros sucede lo mismo, con las piedras se puede hacer un puente que une de un lado a otro o pueden hacer mucho daño, pero eso depende de cada uno. Implica también en buscar esa paz a pesar de las diferencias.
“La paz esté con ustedes”
Una amiga muy querida me dijo que la paz es nuestra mayor felicidad. Muchas veces para llegar a esa paz anhelada puedo pasar por grandes tormentas, dolores y batallas, Cristo pasó por el dolor antes de llegar a la Resurrección (Mt 8,23-27). Un deportista debe entrenar para prepararse si quiere competir. No podemos esperar llegar sin haber puesto de nuestra parte. El punto está en mantener esa paz a pesar de todo, a pesar de los sinsabores y del dolor.
En este año jubilar de San Francisco en que se cumplen 800 años de su muerte, la Iglesia nos regala un tiempo de gracia. Este año jubilar franciscano nos llama a ser más hermanos, más fraternos y a construir la paz. Para Francisco todos eran hermanos hasta los astros y la naturaleza (1 Jn 4, 21). Era sencillo y trabajaba en pos de esa paz. Tenía una vida austera, vivía en silencio y oración. Eso nos interpela en un mundo donde pareciera que el ruido impera. Muchas veces nos complicamos, damos mil vueltas y no llegamos a ningún puerto. Al igual que San Francisco sigamos los pasos de Cristo.
Nuestra meta es la eternidad, el Reino de Dios por eso vuelve a ti y mira tu interior. Busca esa paz y ve tras ella, Cristo va con nosotros. La paz comienza en nuestros corazones y se expande en nuestras familias, nuestros trabajos, nuestro círculo y a cada lado donde vamos (Jn 14,27). Esto debe llevar a preguntarnos: ¿Estoy en paz conmigo mismo? ¿Cómo estoy viviendo? ¿Cómo soy con los demás? ¿Trabajo por la paz? ¿Qué hago yo para mantener esa paz?
La paz es un don de Dios pero a su vez es un camino interior que debemos recorrer para llegar y luego es misión hacia los demás porque una vez que la tengo estoy llamado a ser faro pero tengamos en cuenta que la luz es de Dios (Mc 4, 21-24). Estamos llamados a proclamar la Buena Noticia.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios». (Mt 5,3-12).
Muchas veces nuestro instrumento en la vida desafina y solo Dios lo vuelve a calibrar en la confesión. Así como el alfarero trabaja con arcilla que moldea y hace grandes piezas. Seamos esa dócil arcilla para que Dios transforme. Nuestro corazón debe ser así, recordemos que somos templos del Espíritu Santo (Sal 150,3-5). Depende de nosotros colaborar por esa paz con la gente que me rodea. La santidad es un camino, nuestra meta es el cielo y todo lo que hagamos debe ser en pos de un bien no solo a nosotros mismos sino a nuestro hermano que tenemos al lado.
Pidamos a nuestra Señora de la Paz que nos guíe en esa búsqueda y no temas porque si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Así como Ella dio su Sí, digamos nosotros “Hágase tu voluntad” porque la paz empieza cuando confiamos en Dios en que todo va a ser para bien y nos ponemos al servicio. Del mismo modo en que María, fue a visitar a Santa Isabel (Lc. 1, 39-56).
Meditemos en la oración de San Francisco y vivamos cada frase:
Oh Señor, hazme un instrumento de tu paz (1 Pe 3,10-11)
Un instrumento es un conjunto de piezas que combinadas sirven para un determinado uso. Que mis piezas sirvan para bendecir, para amar, para donarse y sembrar semillas de esperanza que florezcan y den fruto. Pedir ser instrumento supone salir de uno mismo.
Dónde haya odio, que lleve yo el amor (1 Cor 13, 1-13)
En esto está la clave, cumplir lo que debo con amor en la sencillez de cada día. Señor quiero ser un instrumento eficaz en tus manos, que ame. La paz comienza cuando dejo de esperar que el otro cambie primero y me pregunto qué bien puedo sembrar yo.
Dónde haya ofensa, que lleve yo el perdón (Col 3,13)
En el Padre Nuestro decimos “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Somos vasijas de barro que llevamos tesoros en nuestro interior. Señor enséñame a ser portador de esa paz y como el hijo pródigo volver siempre a tu casa.
Y cuando el perdón necesita tiempo, la paz comienza simplemente con el deseo sincero de iniciar ese camino.
Dónde haya discordia, que lleve yo la unión (Jn 17, 20-23)
Vuelvo al inicio del texto, a ser puentes, pero si se rompe ambos lados quedan incomunicados. Señor quiero ser un puente que abrace a mis hermanos, que construya en lo sencillo de cada día.
Donde haya duda, que lleve yo la fe (Mt 8, 5-13)
Dame Señor la fe del centurión o de la hemorroísa que creyeron contra toda esperanza.
La fe de San José que fue obediente o la fe de Francisco que vio que todos eran hermanos.
La fe no elimina todas las preguntas. Da la fuerza para seguir caminando aun cuando no existen todas las respuestas.
Donde haya error, que lleve yo la Verdad (Jn 14, 6)
Jesús es el camino, la verdad y la vida. Por eso, llevar la Verdad significa hacer presente a Cristo con la propia manera de hablar, actuar, escuchar y amar. La Verdad debe estar siempre unida a la caridad. Cuando reconozco que me equivoqué, digo la verdad, asumo mi responsabilidad y procuró reparar el daño, la verdad se convierte en camino de reconciliación y de paz. Enséñame Señor a vivir en la verdad.
Donde haya desesperación, que lleve yo alegría (Ga 5, 22-23)
Se refiere a esa profunda alegría que nace de nuestro interior, de saberse amados y acompañados. Devolvamos al otro esa alegría y hagamos sentirlo comprendido y acogido a pesar de las diferencias porque ahí es donde también se construye en pos de la paz.
Señor, enséñame a vivir el Evangelio con alegría.
Donde haya tinieblas, que lleve yo la luz (Jn 8,12)
A veces en nuestras vidas la oscuridad no desaparece, pero una pequeña rendija de luz hace que cambie todo. Abramos las ventanas de par en par para que la luz llene todo. Cómo nos dice Jesús la luz no es para taparla sino para que ilumine. Señor enséñame a ser un faro de luz que alumbre a los demás.
Oh Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado como consolar (2 Cor 1,3-4)
Necesitamos el consuelo, pero Francisco nos invita a dar un paso más. La paz comienza cuando salgo de mí para mirar el dolor del otro. Dejo de ser el centro, del yo para ser nosotros. Señor, enséñame a dar ese abrazo al corazón sufriente.
Ser comprendido como comprender (Prov 3,5-6)
Comprender no significa estar siempre de acuerdo, sino aceptar al otro a pesar de todo. Significa mirar desde el lugar del otro, a veces solo es ponerse en los zapatos del que tengo al lado. Implica tal vez empezar a hacer silencio y escucharnos. Señor, enséñame a escuchar verdaderamente a mis hermanos.
Ser amado como amar (1 Jn 3,18)
¿Cuánto amor soy capaz de dar a los demás? El amor debe ser una decisión y una acción de vida diaria. La medida es El amor. Señor, enséñame a amar con tu mismo amor. Ese amor que nos enseña a amar incluso a los que no nos simpaticen.
Porque es dando como se recibe (1 Jn 4, 10-16)
Quien entrega algo de sí mismo también recibe, ya sea tiempo, escucha, esperanza. El bien nunca es estéril y nunca es demasiado el bien que uno pueda hacer. No hay una medida en el bien. Enséñame Señor a darme de todo corazón a los demás.
Perdonando que se es perdonado (Mt 18,21-22)
El perdón rompe las cadenas, no cambia el pasado, pero transforma el futuro. A veces lleva tiempo y el perdón es un regalo no solo al otro, sino que además libera. Enséñame Señor a tener un corazón que perdone
Muriendo que se resucita a la Vida Eterna (Jn 3,16)
No sé se refiere a la muerte física solamente sino a las muertes diarias. ¿A qué debo morir hoy para resucitar? Transforma Señor mis pensamientos, mis palabras y mis decisiones, que sea constructor de paz.
No sé refiere a cosas extraordinarias sino de estar disponibles, en nuestra vida sencilla de todos los días. Como decía San Francisco de Asís: “Comienza haciendo lo necesario; después lo posible; y de pronto estarás haciendo lo imposible” (Col 3,23).
Es un camino lento y largo, pero vale la pena. Por eso siendo instrumentos de tu paz algo bueno está por venir.
Autor: Una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar
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