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La esperanza me convierte en humilde peregrino

por Pbro. Carlos Padilla E.
Peregrino

«Con la salvación se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente»

La esperanza nace de la confianza y de la entrega. No es un optimismo ingenuo, ni un mantra infantil que me repito y me asegura que todo va a salir bien. No me dice Dios que si lucho siempre lo voy a conseguir, porque sé que es mentira. La esperanza sabe mirar la realidad con ojos limpios, reconociendo que en la vida hay pérdidas, límites, cruces e incertidumbres que escapan por completo de mi control. Como recordaba Benedicto XVI en Spes Salvi: «Con la salvación se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino». Una meta en la que creo, la certeza de esa meta futura, de ese cielo pleno, de esa paz infinita. Mientras que la expectativa exige un resultado inmediato para asegurarme la paz, la esperanza encuentra la paz en el camino mismo. Eso me emociona.

Cuando vivo de la esperanza tengo paz incluso cuando todo a mi alrededor se tambalee y se hunda. Tengo paz en medio de la incertidumbre, en las dudas y los miedos, porque la esperanza me sostiene. La esperanza me ancla en el presente frente a la fuga al mañana. No me escapo del ahora, me quedo aquí soñando con el futuro. Vivir anclado en el presente es lo que deseo y lo que me da fuerzas para vivir lleno de paz. Dios sabe mejor que yo lo que me conviene en cada momento. Sabe lo que será mejor para mí con el paso de los días. No me turbo, confío, espero, aguardo, todo lleva su tiempo. La expectativa vive atrapada en esa posible felicidad que vendrá cuando todo se solucione. Cuando suceda aquello que ansío. Pero no es así, porque a menudo las cosas no se solucionan como yo esperaba, como hubiera querido, como me hubiera gustado. No puedo vivir con esa expectativa de ser feliz sólo cuando suceda lo que más deseo. Tampoco me detengo en los «y si…» que me quitan la paz del alma.

La esperanza habita el presente, el único instante sagrado que me pertenece totalmente. Tengo claro que el sentido de la vida se juega hoy, en medio de la fatiga, de la herida o de la tormenta. Por eso quiero ser capaz de acoger la vida como viene, no quiero retenerla, no quiero atarme a lo que fue o a lo que me gustaría que fuera. Confío, espero, aguardo, soy paciente. La expectativa intenta poseer y retener y por eso exige garantías. La esperanza aprende a soltar mi perfeccionismo, dejar a un lado el deseo de control que me invade. No quiero que todo sea perfecto, porque sé que nunca lo será. Se trata de soltar, de dejar ir. No me aferro a mi imagen, a lo que me gustaría parecer ante los demás. Decido abrazar la vida con manos abiertas, como un niño que confía en el amor del Padre y sabe que, pase lo que pase, nunca camina solo. Tengo claro que mi felicidad verdadera no llega cuando todo me sale bien. Quiero aprender a ver la fecundidad en lo que está roto. La expectativa se derrumba ante el fracaso, ante la pérdida, ante lo que ya no es. Mientras que la esperanza comprende que es precisamente en la vulnerabilidad asumida, en la renuncia reconocida y en la entrega silenciosa que duele muy dentro, donde Dios hace nuevas todas las cosas y saca luz de las tinieblas.

Dios habita en medio de mis tormentas y alimenta mi esperanza cuando nadie más lo hace. ¿Por qué se turba mi alma ahora? ¿Por qué me inquieto ante lo que no puedo controlar? Nada está en mis manos aunque crea que sí. No puedo cambiar a las personas para que actúen como yo espero. No puedo alterar el pasado ni cambiar el presente como es ahora. Esperar va más allá de esta realidad imperfecta que habito. Vivir de la esperanza consiste en renunciar a ser el arquitecto implacable de un porvenir soñado. La esperanza me convierte en humilde peregrino que echa raíces en cada lugar por el que pasa, sin caer en la ansiedad ni en el miedo. Se trata de dar cada paso con el corazón enamorado, confiando en el mañana y entregando lo mejor de mí sin exigir recompensas inmediatas, ni reconocimientos. Sé muy bien que mi vida está sostenida en las manos poderosas de Dios. Él sabe bien lo que me conviene. Y es mucho más misericordioso que yo, por eso me mira con infinita ternura.  Vivir de la esperanza me lleva a no hacer cálculos, a no querer controlarlo todo y a alegrarme con lo que tengo ahora, sea poco o mucho. Un corazón agradecido es el que me salva. 


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