Hoy, 25 de mayo, la Iglesia celebra la fiesta de san Beda, doctor de la Iglesia
Beda nació entre los años 672 y 673 en Northumbria, ubicado en la región noreste de Inglaterra, en el seno de una familia trabajadora. Dedicó su vida a aprender, enseñar, escribir y cantar alabanzas a Dios, observando estrictamente la disciplina regular del monasterio benedictino donde ingresó a muy corta edad. Llegó a ser un hombre de gran sabiduría y fue considerado un erudito en la alta Edad Media.
Muchos de los datos más relevantes sobre la vida de san Beda los conocemos a través de sus propios relatos plasmados en su obra más reconocida, Historia ecclesiastica gentis Anglorum (en español, la Historia eclesiástica del pueblo inglés). El santo ha escrito sobre su vida diciendo: “Y es así que, muy interesado en la historia eclesiástica de Bretaña, especialmente en la raza de los ingleses, yo, Beda, sirviente de Cristo y sacerdote del monasterio de los benditos apóstoles san Pedro y san Pablo, el cual se encuentra en Wearmouth y Jarrow (en Northumbria), con la ayuda del Señor he compuesto, cuanto he logrado recabar de documentos antiguos, de las tradiciones de los ancianos y de mi propio conocimiento. Nací en el territorio del monasterio ya mencionado, y a la edad de siete años fui dado, por el interés de mis familiares, al reverendísimo abad benedictino Biscop, y después a Ceolfrid, para recibir educación. Viviendo desde entonces todo el tiempo de mi vida en el monasterio, me entregué por entero al estudio de las Escrituras y, aparte de la observancia de la disciplina regular y la tarea cotidiana de cantar en la iglesia, mi gusto ha sido siempre o aprender o enseñar o escribir. A los diecinueve años, fui admitido al diaconado, a los treinta al sacerdocio, ambas veces mediante las manos del reverendísimo obispo Juan [san Juan de Beverley], y a las órdenes del abad Ceolfrid. Desde el momento de mi admisión al sacerdocio hasta mis actuales 59 años me he esforzado por hacer breves notas sobre las sagradas Escrituras, para uso propio y de mis hermanos, ya sea de las obras de los venerables Padres de la Iglesia o de su significado e interpretación”.
Debido a que vivía en el monasterio, el santo tuvo acceso a muchos manuscritos que sus abades le traían de sus viajes por Europa. Esto hizo que sus escritos abarcaran materias muy variadas, escribió sobre ciencia, historia, gramática, música y teología, entre otras, y sus obras eran consultadas por las personas más reconocidas de su tiempo en Inglaterra y el resto de los países europeos.
Aunque era un apasionado por la ciencia, el mayor anhelo en su corazón siempre fue el conocimiento de Dios. Beda consideraba a las Sagradas Escrituras por encima de toda bibliografía. En su libro De Schematibus, donde escribió sobre el uso de la Biblia, señaló: “Las Sagradas Escrituras están sobre todos los demás libros, no sólo por su autoridad Divina, o por su utilidad pues son una guía hacia la vida eterna, sino también por su antigüedad y su forma literaria”.
En su relato, plasmado en sus libros y homilías, supo conjugar la Biblia, la liturgia y la historia. El santo tenía el don de predicar la Palabra de Dios con sencillez, tornándola atractiva para todos los fieles, especialmente para los de corazón humilde. En sus homilías, animaba a los fieles a introducirse en los misterios de la fe, en los sacramentos, y a llevar a la práctica la Palabra de Dios en sus vidas.
El Papa emérito Benedicto XVI, durante una audiencia general, se refirió a San Beda diciendo: “El santo doctor exhorta a los fieles laicos a participar asiduamente en la instrucción religiosa, imitando a aquellas ‘insaciables multitudes evangélicas, que no dejaban a los apóstoles tiempo ni siquiera para tomar un bocado’. Les enseña a orar continuamente, ‘reproduciendo en la vida lo que celebran en la liturgia’, ofreciendo todos sus actos como sacrificio espiritual en unión con Cristo. A los padres de familia les explica que también ellos, en su pequeño ámbito doméstico, pueden ejercer ‘el oficio sacerdotal de pastores y guías’, formando cristianamente a sus hijos, y afirma que conoce a muchos fieles —hombres y mujeres, casados o célibes— ‘capaces de una conducta irreprensible que, si se les acompaña oportunamente, podrían acercarse diariamente a la comunión eucarística’”.
Beda leía y comentaba la Biblia con una visión cristológica. El santo estaba convencido de que la clave para comprender la Sagrada Escritura como única Palabra de Dios es Cristo, tanto respecto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
En su época, el tiempo se calculaba desde la fundación de la ciudad de Roma, pero el santo consideraba que el acontecimiento de mayor referencia era la encarnación del Hijo de Dios, fue entonces que en su obra Chronica Maiora (en español, Gran Crónica) propuso interpretar la historia partiendo del nacimiento de Cristo. Luego, esta cronología se transformó en la base del calendario universal.
Beda era famoso dentro y fuera de los muros del monasterio no sólo por su gran sabiduría sino por su profunda santidad. Incluso en vida era llamado “venerable”, hasta por el Papa Sergio I, quien usó ese título refiriéndose a él cuando le escribió una carta a su abad.
En el año 731, Beda concluyó su obra sobre la historia de Inglaterra, diciendo: “Te ruego, oh buen Jesús, que benévolamente me has permitido acceder a las dulces palabras de tu sabiduría, concédeme, benigno, llegar un día hasta ti, fuente de toda sabiduría, y estar siempre ante tu rostro”. Su vida entera fue un canto de alabanza a Dios. Aún en la enfermedad, sus hermanos le leían y tomaban apuntes de sus comentarios. El santo trabajó sin descanso hasta su último día de vida. Incluso, momentos antes de expirar pudo dictar las últimas frases de su traducción del Evangelio según San Juan y, luego, con su último aliento, le dijo al monje que estaba a su lado: “Ahora sosténme la cabeza y haz que pueda dirigir los ojos hacia el lugar santo donde he rezado, porque siento que me invade una gran dulzura”, y exclamó: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. Esas fueron sus últimas palabras.
El 26 de mayo del año 735, cuando se conmemoraba el Día de la Ascensión del Señor, Beda el venerable partió hacia la casa del Padre. El 13 de noviembre de 1899 el Papa León XIII decretó que toda la Iglesia debía celebrar la fiesta del Venerable Beda, con el título de Doctor Ecclesiae, como ya lo hacía la Iglesia de Inglaterra.
En el día de su fiesta, le rogamos a San Beda que interceda ante Dios para que alcancemos de él la gracia de practicar su Palabra para que nuestras vidas también sean un canto de alabanzas a él, porque hasta el Cielo no paramos.