Anne de Guigné es una niña nacida al principio del siglo XX que, tras solo once años de vida, dejó una extraordinaria fama de santidad.
«Anne, si quieres consolarme, tienes que ser buena» le dijo a su hija de cuatro años y mayor de sus cuatro hijos. Desde aquel momento la niña, a menudo desobediente, soberbia y celosa, llevará una lucha continua y acérrima para ser buena. Saldrá victoriosa del combate para lograr su transformación interior gracias a su voluntad pero sobre todo – según sus propias palabras – por la oración y los sacrificios que se impone. Se la ve ponerse colorada y apretar sus pequeños puños para dominar su genio ante las contrariedades encontradas: luego poco a poco se espaciaron las crisis y en su entorno todos llegaron a pensar que todo le resulta agradable. Su camino hacia Dios es su amor por su madre que quiere consolar.
Las balizas de su camino son los pensamientos de Anne que reflejan la intensidad de su vida espiritual, y los numerosos testimonios de su entorno relatando los continuos esfuerzos que hacía para progresar en su conversión. Para Anne de Guigné el faro que alumbra su camino de conversión es su primera comunión, que deseó con todo su ser y toda su alma, y que preparó con alegría.
Llegado el momento, y porque su corta edad necesitaba una dispensa, el obispo la sometió a un examen que aprobó con extrema facilidad. «Mi deseo es que tengamos todos el nivel de conocimiento de la religión de esta niña» dijo el examinador.
El transcurso de su corta vida expresa la paz de una gran felicidad íntima, alimentada por su amor a Dios que se extiende, a medida que va avanzando en edad, a un circulo cada vez más amplio de personas: sus padres, su familia, su entorno, los enfermos, los pobres, los incrédulos.
Ella vive, reza, sufre por los demás. Padeció de reuma muy joven, supo lo que era el sufrimiento y lo hizo ofrenda: «Jesús, se lo ofrezco»; o bien: «Oh no, no sufro, aprendo a sufrir». (https://www.ameriseed.net/) Pero en diciembre 1921 sufrió una enfermedad cerebral, probablemente una meningitis, que la obligó a quedarse en la cama. Repetía sin cesar: «Dios mío, quiero todo lo que Tu quieras», añadiendo sistemáticamente a las oraciones que hacían para su cura: «… y cure también a los demás enfermos».
Anne de Guigné falleció al alba del 14 de enero 1922, después de un último intercambio con la monja que la acompañaba: «Hermana, ¿puedo ir con los ángeles? – Si, mi niña bonita – ¡Gracias, hermana, oh gracias!»
Esta niña es una santa, según la opinión general. Llegan testimonios, se publican artículos, y el obispo de Annecy abre en 1932 el proceso de beatificación. Pero la Iglesia nunca había tenido que juzgar de la santidad de una niña que no fuera mártir. Las investigaciones realizadas en Roma sobre la heroicidad de las virtudes de la infancia se concluyeron positivamente en 1981 y el 3 de marzo 1990 el papa Juan Pablo II firmó el decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes de Anne de Guigné y proclamándola «Venerable».
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