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Meditación del día 12 de julio

por Pbro. Luis A. Zazano
Mateo 13,1-23

Evangelio según san Mateo 13,1-23

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: “El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!”.
Los discípulos se acercaron y le dijeron: “¿Por qué les hablas por medio de parábolas?”.
Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán,
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.”
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,
pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”.

Semillas que cayeron

1) Orilla: Si vos me traicionaste y yo te traiciono, mi traición no habla de tu actitud, sino de la mía. Trata de no perder nunca de vista eso, porque hasta justifican diciendo “Se lo merecía” y hasta usan el famoso “Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón” y no, quien roba a un ladrón es un ladrón. Capaz que vos te mereces que te traicione, pero ¿yo merezco ser un traidor? ¿Quiero vivir siendo un traidor? ¿Yo quiero ser eso solo porque vos lo fuiste? Cruzar a la otra orilla es aprender a ver más allá de mi vida y no hacer lo que otros me hagan.

2) Multitud: Aunque mucho nos cueste entenderlo, no podemos sanar en el mismo ambiente donde nos enfermamos. Por eso hay que aprender de Jesús que sabe alejarse de esa multitud enfermiza, la multitud de cosas que haces o la multitud de gente con que te juntas. No sigas en la multitud que te enferma, porque esa multitud no te va a sanar, porque lo que te enferma no te sana. Llama a esa multitud como quieras: nombre de persona, gente, trabajo, tiempo, etc.

3) Espinas: Las actitudes no deben estar a la altura del que las recibe, sino más bien de quien las da. Se cuenta una anécdota de Alejandro Magno, quien, yendo en uno de sus grandes viajes, se estaba muriendo de hambre. Fue recibido por una familia muy pobre, muy humilde, que lo alimentó y dio algo de tomar. Él les terminó agradeciendo regalándoles un imperio. El hombre de la casa le agradeció, pero le dijo “Es un regalo muy grande para nosotros” a lo cual Alejandro contestó “Pero yo no quiero agradecer de una manera más chica que esa, porque las actitudes hablan más de quien las da que de quien las recibe”. Así que los frutos son producto de nuestro corazón y no podemos conseguir grandes frutos de la vida y en la vida si no dejamos que la semilla de Dios entre en lo que le da sentido a nuestras vidas. Algo bueno está por venir.


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