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El Papa denuncia la mundanidad que ha tomado como rehén a la Navidad

por Editor mdc
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El mensaje Urbi et Orbi recuerda a las víctimas del terrorismo

«Sólo con la paz es posible un futuro más próspero para todos»: es lo que reiteró el Papa Francisco en el tradicional mensaje navideño dirigido a las ciudades y al mundo desde el balcón de la logia central de la basílica vaticana. Pensando «en todos los pueblos, especialmente en aquellos heridos por la guerra y por ásperos conflictos». El Pontífice se asomó a mediodía del domingo 25 y antes de impartir la bendición ofreció a los cuarenta mil fieles presentes en la plaza de San Pedro una segunda lectura de las páginas más dramáticas del 2016.

Rezó, en especial, por «quien ha sido herido o ha perdido a un ser querido debido a viles actos de terrorismo» y por «nuestros hermanos y hermanas abandonados y excluidos», por «los que padecen el hambre» o «son víctimas de violencia». Con ellos recordó «a los prófugos, a los emigrantes y refugiados, a cuantos son objeto de la trata de personas» además de «los pueblos que sufren por las ambiciones económicas de unos pocos», así como a «quienes están marcados por el malestar social y económico, y a quienes que padecen las consecuencias de los terremotos u otras catástrofes naturales». Por último, invocó la paz para los niños, precisamente en el día que «Dios se hace niño», sobre todo por «los privados de la alegría de la infancia a causa del hambre, de las guerras y del egoísmo».

Por lo demás son muchas las situaciones en el mundo en el cual reinan la violencia y el conflicto. Francisco recordó todas: de la «la martirizada Siria, donde demasiada sangre ha sido derramada, sobre todo en la ciudad de Alepo» a la «amada Tierra Santa, elegida y predilecta por Dios»; de Iraq a Libia, de Yemen a Nigeria «donde el terrorismo fundamentalista explota también a los niños para perpetrar el horror y la muerte»; de Sudán del Sur a la República Democrática del Congo, de Ucrania oriental a Colombia y Venezuela; de Myanmar a la península coreana. Pero la esperanza llevada por la Navidad no es vana, y gracias a Dios, hizo notar el Papa, en el mundo hay muchos «hombres que cada día trabajan, con discreción y paciencia, en la familia y en la sociedad para construir un mundo más humano y justo».

Anteriormente, en la misa de Nochebuena, el Pontífice había denunciado la “mundanidad” que «ha tomado como rehén a la Navidad» exhortando con fuerza a «liberarla» de este cautiverio. «Si queremos celebrar la verdadera Navidad –dijo– contemplemos la sencillez frágil de un niño recién nacido» que «aparece en la pobreza de un establo; no en los fastos de la apariencia, sino en la sencillez; no en el poder, sino en una pequeñez que sorprende». He aquí el por qué, explicó, «el Niño que nace nos interpela para dejar las ilusiones de lo efímero e ir a lo esencial. Dejémonos interpelar por los niños que, hoy, no están recostados en una cuna ni acariciados con el afecto de una madre ni de un padre, sino que yacen en los escuálidos “pesebres devoradores de dignidad”: en el refugio subterráneo para escapar de los bombardeos, sobre las aceras de una gran ciudad, en el fondo de una barcaza repleta de emigrantes».

Por último, la mañana del lunes 26, solemnidad de san Estaban, guió la oración del Ángelus, recordando a los muchos cristianos que todavía hoy son perseguidos a causa de su fe.

FUENTE: www.osservatoreromano.va

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