La Iglesia celebra este domingo 22 de octubre la Jornada Mundial de las Misiones, más conocida como Domund bajo el lema “Se valiente, la misión te espera”
.En la rueda de prensa de presentación de esta jornada en Madrid (España), los misioneros españoles, Mons. Adolfo Zon, Obispo de Alto Solimoes (Brasil); y Belén Manrique, misionera laica del Camino Neocatecumenal en Etiopía, contaron su experiencia de cómo decidieron dejarlo todo para “llevar el amor de Dios” a los países más alejados.
¿QUÉ SON LAS MISIONES?
La misión de la Iglesia es llevar el Evangelio a todo el mundo. Llamamos “las misiones” a los territorios donde esa misión está comenzando y por eso es necesaria la ayuda personal de los misioneros y la ayuda económica de la Iglesia universal.
«Sólo un 18% de la humanidad conoce experiencialmente a Jesucristo y un 38% de los territorios de la Iglesia son zonas de misión», explica Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificias en España Sentí que tenía que anunciar eso, que Cristo salva, a todo el mundo». En verano de 2014 llegó a Etiopía para colaborar en la misión del padre Christopher Hartley en la frontera con Somalia, «con gente que vive en condiciones muy pobres, de sufrimiento, y más aún entre las mujeres».
En un entorno de islam radical, de miseria y de desprecio a la mujer, trabajó con las mujeres pobres que acaban como prostitutas de los soldados de la frontera, que luego enferman. «Nos hacíamos amigas de estas mujeres, para lo bueno y lo malo. Mueren de sida, de tuberculosis, y las acompañamos en esos momentos. Recuerdo una mujer enferma, moribunda, enfadada con la vida, que gritaba a todos, menos a nosotras, que la acompañábamos. Yo lavaba su ropa que olía muy mal y me sentía una privilegiada. Días antes de morir, nos dijo: ‘cuando salga del hospital, me gustaría ir a vuestra iglesia’. No pudo ir, pero ella conoció el amor de Dios».
Actualmente Belén está en Adís Abeba, la capital etíope, preparando una misión «ad gentes» del Camino Neocatecumenal que, cuando cristalice, debería llegar a contar con 4 o 5 familias misioneras apoyadas por un sacerdote y un par de laicas, incluyéndola a ella. Ha dedicado el último año a aprender allí la lengua local, el amhárico.
En el Amazonas, entre la selva y las drogas
Mons. Adolfo Zon misionero en Brasil, en la desembocadura del Amazonas
“¿Crees en Jesucristo? Anúncialo”. Decidió entonces entregar su vida a la causa misionera con la familia de los Javerianos, y desde 1993 vive en Brasil.
Adolfo Zon nació en Orense hace 61 años y es desde hace tres el obispo de Alto Solimoes, un territorio selvático del Amazonas brasileño, en la frontera con Colombia y Perú, del tamaño de «una Andalucía y media», en el que la gente se desplaza, sobre todo, por los ríos. «Hay solo unos 30 kilómetros de carretera asfaltada», señala.
Adolfo Zon ya era seminarista y quería ser sacerdote cuando, con 22 años, leyó un cartel del Domund que decía: «¿Crees en Cristo? Anúncialo». Decidió entrar en los misioneros javerianos y con ellos sirvió desde 1993 en Brasil, en la desembocadura del Amazonas. Ahora es obispo en la otra punta del país. «Pero en ambos destinos he encontrado muchos laicos muy eficaces, comprometidos y evangelizadores», señala. Solo así se puede evangelizar allí. «Mi primera parroquia tenía 62 comunidades», recuerda.
En Brasil aprendió a combinar la Palabra de Dios y la vida diaria. Desde la Doctrina Social de la Iglesia acompañó sindicatos de pescadores y campesinos y asociaciones que alimentaban niños y mantenían escuelas cuando los poderes públicos no lo hacían. «Hoy esos niños son universitarios ya formados», dice con satisfacción. Habla mucho de «sembrar sabiendo que otros cosecharán».
Un día que le entristeció pero luego integró como una enseñanza útil fue aquel en que pidió a sus feligreses que le siguieran en una campaña… y le dejaron solo. «Entendí que yo no estaba para dirigir ni salvar a nadie, sino para acompañar y servir con los sacramentos, la pastoral, etc… acudir a lo que me llamaran».
A veces los ríos se desbordan y los caimanes dan sustos en los pueblos. Otras veces se ha quedado en su barca sin gasolina, o enredado o atrapado en medio del río, esperando un rescate. Más triste ha sido ver como las balas de las bandas criminales, en un tiroteo, mataban hace 3 meses a una niña de la parroquia, muy cerca de su casa. «Hoy tenemos tres tipos de tráfico en nuestra triple frontera: de personas, de animales y de droga; esa es una fuente de problemas», señala.
Y hay mucho trabajo que hacer con los indígenas de 11 etnias distintas en dos ríos, el Yabarí y el Solimoes. «Solo los indígenas picuna ya son unos 46.000», señala. Hay problemas de trata de blancas y, recientemente, un mal nuevo: una epidemia de suicidios de jóvenes y adolescentes, de causas aún poco comprendidas.
Todo esto no le desanima. Quiere que vengan más misioneros a su diócesis (en la que no están ni los javerianos con los que ha trabajado toda su vida). «Esta experiencia es fantástica, con una vida que tiene muchos desafñios pero está llana de alegría», asegura.
Para apoyar el Domund y las misiones visite:
www.omp.es/domund/
Fuente: www.religionenlibertad.com / www.omp.es
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