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La Iglesia celebra la Fiesta del Bautismo del Señor

por Lorena Bais
Bautismo del Señor

Cuarenta días después de su nacimiento, Jesús es llevado al Templo. María y José lo llevaron para presentárselo a Dios. Con el Bautismo del Señor se concluye el tiempo de Navidad y la Iglesia nos invita a mirar la humildad de Jesús que se convierte en una epifanía (manifestación) de la Santísima Trinidad. 

Liturgicamente, el domingo que sigue a la Solemnidad de la Epifanía (Conocida tradicionalmente como «Fiesta de Reyes») es dedicado a celebrar el Bautismo de Cristo, este año se celebra el domingo 07 de enero y señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor en la Navidad. Es también el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado también tiempo ordinario.

La fiesta de hoy,  nos brinda la oportunidad de ir, como peregrinos en espíritu, a las orillas del Jordán, para participar en un acontecimiento misterioso: el bautismo de Jesús por parte de Juan Bautista. Por tanto, Jesús se manifiesta como el «Cristo», el Hijo unigénito, objeto de la predilección del Padre. Y así comienza su vida pública. Esta «manifestación» del Señor sigue a la de Nochebuena en la humildad del pesebre y al encuentro de ayer con los Magos, que en el Niño adoran al Rey anunciado por las antiguas Escrituras.

El bautismo que recibió Jesús fue muy «especial»: ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo bautismo. El cielo abierto (ya nunca más cerrado por los pecados, como hasta este momento) comienza una nueva etapa de relación entre Dios y los hombres: el Cielo viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con Cristo y el Espíritu Santo. Llega todo, porque Dios mismo viene, y Él será para nosotros y nos dará todo. Estamos frente al comienzo de una nueva humanidad, divinizada.

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En la proposición que San Marcos hace en su Evangelio, el Padre no «presenta» a su Hijo (“Éste es mi Hijo amado”), sino que se dirige a Él (“Tú eres mi Hijo…”): Cristo nos representa a todos, que desde ese momento pasamos a ser hijos amados, complacencia del Padre. Cuando somos bautizados, esta vocación eterna se verifica efectivamente, verdaderamente: somos una nueva creación. Por lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y nuestro compromiso pasa por vivir nuestro Bautismo.

El Bautismo nos introduce en el cuerpo de la Iglesia, en el pueblo santo de Dios. Y en este cuerpo, en este pueblo en camino, la fe se transmite de generación en generación: es la fe de la Iglesia. Es la fe de María, nuestra Madre, la fe de san José, de san Pedro, de san Andrés, de san Juan, la fe de los Apóstoles y de los mártires, que llegó hasta nosotros, a través del Bautismo: una cadena de trasmisión de fe. ¡Es muy bonito esto! Es un pasar de mano en mano la luz de la fe.

En el Bautismo somos consagrados por el Espíritu Santo. La palabra «cristiano» significa esto, significa consagrado como Jesús, en el mismo Espíritu en el que fue inmerso Jesús en toda su existencia terrena. Él es el «Cristo», el ungido, el consagrado, los bautizados somos «cristianos», es decir consagrados, ungidos.

 

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