Inicio Misioneros Sofía Ambort: “Más que verlos a ellos, era ver a Dios en ellos”

Sofía Ambort: “Más que verlos a ellos, era ver a Dios en ellos”

por Carolina G. Betique
Sofía Ambort junto a misioneros de Spínola Solidaria en Ayolas, Paraguay, 2017.


Sofía Ambort es de San Carlos Centro, ciudad que queda a 50 km. de la capital de Santa Fe, Argentina, y el domingo 20 de enero partirá a Guayaquil, Ecuador. Irá como voluntaria del movimiento católico internacional Puntos Corazón, obra en la que las casas se llaman Puntos y las personas son puro amor.

Tiene 24 años y es misionera. Fue catequista y estudia para trabajar como profesora de Matemáticas. Sofía vivirá 14 meses en un barrio de la urbe que tiene la mayor tasa de pobreza del país —en junio de 2018, el 14,1 % de la población no lograba cubrir sus necesidades básicas, según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) citadas por el observatorio social local—. Se muestra muy entusiasmada, comprometida y abandonada en los brazos de Dios.

—En tu perfil en la web de Puntos Corazón expresás que el reconocer “los rostros sufrientes” cercanos fue preparándote para “salir de misión a otras naciones”. ¿A qué te referís con ello?

—El Señor me fue mostrando que tenía que misionar en ámbitos cercanos para cimentar valores como la paciencia y la escucha. Vi mucho dolor en mi familia. En especial en mi papá, quien el 7 de diciembre de 2017 tuvo un accidente que lo dejó incapacitado para caminar y realizar su trabajo. Percibí en él mucha sed de Cristo e interpreté que era un llamado del cielo. Me esforcé entonces por darle ánimo y comencé a leerle el Evangelio. Noté una gran apertura de su corazón. En una oportunidad, me expresó que le hubiera gustado que yo hubiese compartido antes la Palabra con él, lo que me hizo reflexionar sobre cuán atentos debemos estar a las necesidades de los demás. Asimismo, de a poco fui aprendiendo a ser más misericordiosa con mi mamá y con mis hermanas y logré comprender que tenemos tiempos diferentes y que es importante respetarlos. Si bien me doy cuenta de que desde hace algunos años hallo más a Dios en el sufrimiento, ya desde chica me interpelaba la realidad de la gente en situación de calle en Santa Fe. No se puede salir de misión a otro país como pasatiempo, es una vocación en la que uno va creciendo y la historia propia te va formando.

—¿Cómo fue tu primer acercamiento a Dios y cómo siguió tu camino espiritual?

—Él me salvó cuando toqué fondo. Durante mi adolescencia llevé una vida muy desordenada, con una ausencia total de Cristo. Sentía que nada de lo que elegía me hacía feliz y que mi existencia no tenía sentido. Mis decisiones me conducían a un abismo del que no podía salir y estaba siempre angustiada. Hice terapia con psicólogos y llegué a estar medicada por psiquiatras, fue muy extremo todo. En ese contexto, una persona fue instrumento para que yo empezara a frecuentar entornos distintos y me vinculara a la Iglesia. Comencé a ir a misa sin involucrarme demasiado y en noviembre de 2013 participé en mi ciudad de un encuentro para jóvenes llamado La Barca. Ahí experimenté por primera vez el amor de Dios y logré sanar muchas heridas. Luego intenté seguir la máxima de San Agustín: “Debes vaciarte de aquello con lo que estás lleno, para poder ser llenado de aquello de lo que estás vacío”, pero no fue fácil. Tuve momentos de desierto que superé gracias al apoyo de la comunidad que había surgido del retiro. Sin la insistencia de Irene y Horacio, que fueron el matrimonio guía del grupo, es probable que no hubiera perseverado en la fe. Milagrosamente, ante un golpe inesperado que sacudió mis proyectos, pude dar un salto para fortalecer mi espiritualidad en vez de enojarme.   


Sofía junto a jóvenes de la comunidad San Juan Bautista que surgió de un retiro en 2013.

—¿Cuándo y por qué decidiste ser misionera?

—Fue una inquietud que fui discerniendo. En un encuentro de tres días organizado por el Movimiento de Jornadas de Vida Cristiana en 2015 conocí a una chica que pertenecía a Puntos Corazón y me contó de qué se trataba. Yo estaba super dispuesta a escuchar la voluntad de Dios ya que quería saber por qué había cambiado mis planes. No obstante, no me sentía lista para misionar porque tenía una sensibilidad muy fuerte y no se puede ir y llorar todo el día. Algo parecido le respondí en 2016 a una amiga que me propuso incorporarme al voluntariado de Spínola Solidaria, que es una fundación católica que contribuye a garantizar el derecho a la educación. La invitación volvió en 2017 y dije que sí. Me sumé a las tardes de merienda y apoyo escolar que los niños de un barrio sancarlino comparten en el espacio recreativo La Casita de Guadalupe y, en julio de ese año, viajé por primera vez como misionera. Fueron 20 días muy significativos en Ayolas, Paraguay. Recuerdo que cada noche, cuando me iba a acostar, no podía borrarme los rostros de los chicos. Fui advirtiendo cómo Dios habitaba en esas personas, más que verlos a ellos era ver a Dios en ellos —señala Sofía con emoción, quizás pensando en Mateo 25:35: “Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui extranjero, y me recibieron”—. Nuestra entrega y servicio fueron puentes de esperanza en medio de circunstancias muy duras y eso me atravesó.

—¿Qué sucedió después?

—Cuando regresé participé de un retiro vocacional. Uno recurre a ello cuando está en busca del estilo de vida que le da paz, puede ser la misión; la consagración, en el caso de religiosas y sacerdotes; un noviazgo orientado al matrimonio, que es a lo que yo me aferraba. Llegué con barreras y con el paso de las horas dejé de anteponer condiciones al Padre, lo que me permitió ir descubriendo que hoy estoy llamada a ser misionera, aunque desconozco si esto seguirá siendo igual cuando sea más grande. Conversé al respecto con sacerdotes y con una pareja de coordinadores que eran ex misioneros de Puntos Corazón, cuyo testimonio me retrotrajo a lo que había escuchado en 2015, y salí con ganas de unirme la obra. Al poco tiempo, formé parte del Ministerio de Intercesión de Tierra Fértil, un encuentro similar a La Barca realizado en Franck, una localidad ubicada a 20 km de la mía. En medio de mucha oración, confirmé mi inspiración. En diciembre de 2017, asistí a un retiro de adviento organizado por el movimiento y a principios de 2018 empecé a formarme para la experiencia de 14 meses. Durante el año pasado realicé además los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y, en sus palabras, pedí al Señor que “todas mis intenciones, acciones y operaciones fueran puramente ordenadas al servicio y alabanza de su divina majestad”.

—¿Qué caracteriza a Puntos Corazón y qué actividades lleva adelante?

—Su carisma es la compasión: el ser presencia en la vida de los demás, acompañar sobre todo a quienes sufren. Es muy simple: ir y estar. Los misioneros tenemos la oración, la comunidad y el apostolado como pilares. El primero consiste en que cada día vamos a misa, rezamos el rosario y la Liturgia de las Horas y tenemos adoraciones personales y grupales al Santísimo Sacramento; el segundo, en compartir espacios, charlas y tareas tanto con voluntarios de distintas partes del mundo, como con vecinos del lugar, a los que llamamos amigos; y el tercero, en que cada casa de Puntos tiene una o dos misiones fuera del barrio. En la de Guayaquil, por ejemplo, se visita un instituto de neurociencias en el que funciona un hospital psiquiátrico y un centro de rehabilitación para drogadictos. También, los domingos se les acerca la comunión a quienes no pueden ir hasta la iglesia. Estamos dispuestos a colaborar en donde se necesite una mano y transmitir el consuelo que viene de Cristo a niños, jóvenes y adultos.

—¿Cómo se financia el movimiento?

—Los misioneros somos sostenidos gracias a la caridad y a la oración de la gente. Tenemos padrinos económicos, que son personas, empresas o instituciones que donan dinero por mes, por trimestre o por única vez; y espirituales, que a diario rezan un denario por la obra. Antes de  viajar, se nos solicitan además $20.000 [argentinos] para cubrir el pasaje de avión, monto que no varía así uno vaya a Chile o a la India. En realidad, el fondo de Puntos absorbe la diferencia y salda impuestos, seguros de vida y coberturas médicas. Como la mayoría de los voluntarios, realicé beneficios para reunir el dinero que necesitaba y estoy muy agradecida con quienes me ayudaron comprando los alimentos que ofrecí y participando del chop bingo que organizamos con Ludmila, una compañera que irá a El Salvador casi en la misma fecha que yo a Ecuador.

—¿En qué consistió la preparación para tu misión?

—Puntos Corazón prevé cuatro etapas previas al viaje, tres de las cuales son retiros de formación. En el primero, que lo hice en marzo de 2018, se brinda un paneo general del movimiento, su historia y sus cualidades; en el segundo, que fue en agosto, se profundiza sobre la forma de vida que llevan los misioneros; y en el tercero —que comenzará un día después de esta conversación— se ultiman los detalles y cada voluntario presenta a los demás el lugar al que partirá. En mi caso, contaré que la casa de Guayaquil está en el barrio Isla Trinitaria y que surgió en 2000 tras el cierre de la de Colombia por amenazas guerrilleras. Los jóvenes que allí evangelizaban se trasladaron, en principio, a una vivienda parroquial ecuatoriana que les había ofrecido un sacerdote y, advertidas las carencias de la zona, se decidió alquilar un inmueble para instalarse definitivamente. Más tarde y con ayuda de vecinos, se logró un techo propio, que es a donde voy a ir a vivir. Respecto a la otra instancia de preparación, se llama Ven y Verás y es un fin de semana de misión que por lo general se vive en el Punto del país del que uno es originario. Como Argentina, lo hice en el que está en Villa Jardín, en el partido bonaerense de Lanús. Suele realizarse antes del segundo retiro y es el puntapié para escribir una carta de compromiso que precederá a la asignación de un destino.

Video institucional de Puntos Corazón Argentina sobre la misión en Villa Jardín.

—¿Hubo algo que te haya sorprendido en Villa Jardín?

—Sí, cuando entré al barrio y empecé a caminar, me sentí en casa. Una religiosa me acompañó hasta donde estaban los misioneros que había en ese momento: uno era de Alemania, otro de Estados Unidos, una de Polonia y dos de Francia. Me sumé a ellos y se produjo un intercambio de culturas mínimo pero muy hermoso. Por otro lado, me conmovió la alegría y el cariño con el que me recibieron los niños. Cuando fui a visitar a una amiga con una de las chicas francesas, la mujer comenzó a desahogarse contando sus problemas y preocupaciones de una manera muy providencial. Fue como ver a Jesús en la cruz en ese momento. Me impactó oír tan de cerca dramas que estamos acostumbrados a enterarnos por televisión. En esa situación, sólo con la escucha, el carisma dio frutos. Me generó mucha paz el alivio que la charla pareció darle a la señora que tenía enfrente. Pude ver más allá de ese rostro, sentir a Dios más vivo todavía.

—¿Qué esperás de tu misión y cómo imaginás que será la vuelta a casa en 2020?

—Que los meses en Ecuador sean como el Señor quiera. Espero poder hacer su voluntad, porque este viaje ni siquiera me pertenece. Misionar con Puntos Corazón será un servicio para mis hermanos más necesitados y para el mismo Cristo que me llamó a hacerlo. Me dejaré mover por el Espíritu Santo. Si bien al decidir irme tuve que dejar en suspenso mi carrera y renunciar a diálogos cara a cara con mi familia y amigos, estoy abandonada en el Padre y sé que todo queda en sus manos. Prefiero confiar en que Él asistirá a mi gente durante estos meses, en vez de lamentarme por lo que dejo atrás. Cuando vuelva, seguramente retomaré mi rutina mirando lo cotidiano con otros ojos. Yo tengo estos planes, pero no sé cuáles van a ser los planes de Dios.

Video institucional de Puntos Corazón Ecuador sobre la misión en Guayaquil.

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1 comentario

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Graciela Diego de Siegrist enero 16, 2019 - 4:16 pm

Hola soy argentina vivo en El Salvador desde hace muchos años y quiero saber que hay en ese país para poder ayudar de alguna forma me dicen con quien contactarme gracias !

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