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Ser misionero

por Carlos L. Rodriguez Zía

No me ocurrió como a Abrahán, a quien Dios le pidió que saliera de su tierra, dejara hogar y familia y fuera al lugar que el Señor le indicara. Sólo debí alejarme un poco y dejar a mi esposa e hijas un rato. Sobre mi primera experiencia misionera hablan estas líneas.

No debí poner la mano en el arado, fijar la vista en el horizonte, no volver la mirada atrás y dejar a mi familia. No fue necesario viajar miles de kilómetros y no tuve que enfrentar singulares cambios culturales. En verdad, nunca cruce los límites de la ciudad donde vivo (Córdoba, Argentina) y de  mi hogar me alejé exactamente 5,8 kilómetros y recorrerlos con mi auto me tomó trece minutos. Además, la misión la compartí con un grupo de gente con la que me vínculo frecuentemente y la misma me significó sólo invertir diez horas de mi tiempo, aquél sábado 2 de noviembre del presente año.

No obstante esta enumeración de aclaraciones, fue un largo y profundo viaje: fue salir de mi mismo, de la comodidad que cobijan las paredes de mi parroquia y ser yo el que golpeará la puerta del prójimo.

Golpear una puerta ajena. Ese sencillo gesto fue todo un acontecimiento para mí. Lo fue, porque como catequista de bautismo me he acostumbrado a recibir a la gente en la parroquia para explicarles de qué se trata el primer sacramento de la iniciación cristiana. Así que el cambio de secuencia –ir, no recibir- no me vino nada mal. Y para mi sorpresa, al escuchar los comentarios de mis compañeros al final de la misión, las personas del barrio que visitamos se sorprendieron de que fuéramos nosotros los que los visitáramos. Todo un dato que invita a la  reflexión. También, a todos los misioneros nos ocurrió que  algunas puertas no se abrieron, otras sí, varias se entornaron y, en mi caso, en una sola casa nos invitaron a pasar y compartir unos mates.  

Unos mates y unas lágrimas

En términos estadísticos, que sólo me invitaran a pasar  en una sola casa llevaría a calificar a la misión, a mi tarea misionera, como un fracaso. Pero aquí esos parámetros no sirven. Porque algo que aprendí en la misión es ir e irse sin expectativas, sin saber que fruto dará tu tarea y valorar como un logro el mínimo detalle o gesto. En este caso fue obra del Espíritu Santo -no mía ni de la compañera que me acompañó en el recorrido- haber entrado en esa casa. El éxito fue haber puesto la oreja, haber escuchado a esa mujer que estaba viviendo una mañana difícil. Esa es la sensación con la que me despedí de ella un rato después y un par de mates bien preparados compartidos en torno a una mesa. Fue la mano de Dios quien nos puso en ese momento, para que esa mujer compartiera su dolor con alguien. Simplemente sentarse y escuchar. Sin valorar, sin juzgar y sin prescribir ningún consejo o recomendación. Sólo acompañar.

Una tarde y una misa

Un mes y pico después, exactamente el 14 de diciembre, volvimos una tarde muy calurosa al barrio. De nuevo recorrimos las casas, dejando en esta oportunidad  una bendición para la mesa de Navidad, invitando a compartir una misa y animando unos juegos para los niños del barrio. De vuelta la misma sensación. Que te abran la puerta, te escuchen unos instantes y te agradezcan la tarjeta con la bendición fue todo un éxito. Y la misa de cierre fue una de las más emotivas a las que haya asistido. El  templo fue una esquina del barrio, a las puertas del colegio. El altar, un banquito de madera. Pero fue vivir aquellas palabras de Jesús: “Si dos o más están reunidos en mi nombre, yo estaré entre ellos”.

Una enseñanza

Una cosa muy importante que aprendí es que ir de misión no es ir de paseo y que ninguna misión se parece a otra. Y mis respetos a quienes sí dejan su hogar y a su familia. Que viajan cientos y cientos de kilómetros y enfrentan grandes cambios culturales y sociales. Dios los bendiga.

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