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10 Minutos con Jesús. Hoy: José, el amante de Dios

por 10 Minutos con Jesús

A las puertas de la llegada de Los Reyes Magos, compartimos una de las meditaciones que difunde el equipo de 10 Minutos con Jesús. Ese equipo está conformado por sacerdotes y laicos de EE.UU., México, Inglaterra, España, Colombia, Kenya, Filipinas, que hacen posible que miles de personas de todo el mundo pasen 10 minutos diarios de conversación con Jesús a través de WhatsApp, Spotify, Telegram, Instagram, YouTube, Ivoox, Podcast de Apple, Google Podcast.

Señor mío y Dios mío; creo firmemente que estás aquí; que me ves; que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón por mis pecados y gracias para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi Guarda, interceded por mí.

De vuelta al trabajo

Hace cuarenta y ocho horas fue 2 de enero, un día bastante difícil para volver al trabajo después de Nochevieja. Estamos con sueño y bastante pesados de las distintas comidas y cenas. Total que estamos como un poco abotargados. Bueno no pasa nada; vamos a intentar despabilarnos un poco porque ya vemos también que el diálogo con Jesús se alimenta de nuestra situación, del estado de nuestro corazón aquí y ahora. No como nos gustaría que estuviera sino como está realmente. Así que vamos a hacer lo que podamos en estos 10 minutos y, además, ya estamos en sábado. Ya ha llegado el fin de semana. Dos días después de la fiesta más importante de la Virgen María, Madre de  Dios. Esta mujer, María, que ha sido y es la mujer más influencer en la historia de la humanidad. Tuvo como primer follower a San José. Claro que José ni se imaginaba lo que iba a significar para él amar a María. Se vio envuelto de lleno en una aventura de redención en la que demostró ser un gran amante de la libertad de Dios. Este es el tema de nuestra meditación de hoy: la primera consideración que hacemos es que José no juzga a Dios.

Juzgar a Dios

Los hombres tenemos como una tendencia natural a buscar culpables. Desde las cosas pequeñas hasta las más grandes. Normalmente, lo hacemos cuando pensamos que las cosas que nos ocurren son malas o simplemente que no son como las esperábamos; o que nos están ocurriendo unas cosas que pensamos que no nos merecemos. En  general, uno de los que se suele sentar en nuestro banquillo de los acusados es Dios. ¿La causa? Pues su modo de obrar y de llevar a cabo su plan de salvación de los hombres.

Para ilustrar esto me viene a la cabeza una escena de una película. En ella se cuenta el proceso de conversión de un hombre, padre de tres hijos, que ha sufrido una tragedia como la de los santos inocentes: la muerte violenta de su hija pequeña. No es el mismo desde entonces. Tiene una herida interior que le va secando el corazón y separando de su mujer y de sus hijos. No consigue superarlo. Pues bien, en un momento dado, como en un sueño, se encuentra delante de un pequeño trono de piedra en el que está sentado una mujer que dice que es la sabiduría. Esa mujer se quita del trono y lo invita a  sentarse a él para que haga de juez. Él pregunta a quién van a juzgar y la mujer le dice que van a juzgar a Dios. De hecho la mujer le pregunta directamente si piensa que Dios es el culpable de la muerte de su hija y este hombre responde decididamente que sí. La  sabiduría, la mujer, le va mostrando las historias de distintas personas que tienen que ver con la vida de este hombre para intentar explicarle que Dios no hace el mal sino que somos las personas las que creamos el mal. Que Dios para salvarnos está dispuesto a permitirlo. Es más, está dispuesto a sufrirlo él mismo.

La disyuntiva

Para hacerle caer en la cuenta de la verdad, le sabiduría le propone al hombre la siguiente disyuntiva: de sus dos hijos, tiene que decidir qué hijo se va a ir al cielo y qué hijo se va a ir al infierno. Él como padre se queda bloqueado. Dice que no, que él quiere que los dos vayan al cielo y que el mismo está dispuesto a ir a el infierno para que sus dos hijos se vayan al cielo. La sabiduría le responde que eso mismo que él ha respondido es lo que hace Dios. Que para salvarnos a todos él llega a sufrir hasta el final el mal uso de nuestra libertad.

Pues bien, el comienzo de esta historia de la salvación, de cómo Jesús se abaja empieza en Nazaret con el sí de María. Y con las repercusiones que ese sí trae en la vida de José. Con el sí de María empieza el Señor a cargar la cruz sobre los  hombros de José. Porque José es un hombre profundamente enamorado de María. Está desposado con ella pero todavía no ha sido la boda, por lo que no conviven juntos. La virgen no le revela nada de su maternidad divina. Así que el calvario de José llega cuando el estado de María da a entender que está embarazada. José sabe que ese hijo no es suyo, pero nada más. Nadie le dice nada; ni siquiera María.

Una complicación divina

Es una situación complicadísima. La solución, inevitable, es que va a perder a María. A la chica que era su vida, la doncella pura con la que había soñado desde joven. José ora a Dios con lágrimas pero no juzga a Dios. No se le ocurren pensamientos tipo: “¿Por qué me ocurre esto a mí? ¿Qué he hecho yo para merecer esto, Dios? Es injusto. A mi vida recta, de fiel cumplidor de los mandamientos, le va a acompañar el escándalo de que mi prometida está encinta antes de convivir yo con ella”. No. José no discurre así. No juzga a nadie, ni a Dios, ni a María. Reza, sufre, llora. No entiende pero no juzga. No se siente víctima ni busca culpables. Conoce a Dios y conoce a María. De ninguno de los dos le puede venir ningún mal. Sabe que María no ha hecho ningún mal y que si guarda silencio será por algo. Para él, de hecho, la mirada de María es la prueba. María sigue mirando con la misma mirada de siempre. Incluso ésta es un poco más brillante de lo habitual. También es una mirada que se compadece de él, que le toca el corazón y que parece decirle: “José, espera en el Señor”. Esa es la convicción que domina en su corazón. Por eso logra encontrar la mejor salida para María.

Una salida amorosa

Pero claro, es una salida extremadamente dolorosa. Darle los papeles del repudio y desaparecer el del mapa, en silencio. ¡Qué grande que eres José! Es impresionante. Por eso decimos de ti que eres un patriarca como Abraham. Porque así como a Abraham Dios le pidió que le entregara en sacrificio a Isaac para probar la fe de su corazón; a José Dios le pide que le entregue a María. Cuando tiene escrito el documento de repudio y la maleta hecha para largarse, es cuando aparece el ángel y le explica el plan. No sólo el plan sino su vocación, su misión. Y como Dios no se deja ganar en generosidad, le da el doble. «Tú me has dado a María; pues yo te doy a María y a mi hijo», le dice.

José, en estos diez minutos de meditación acudimos a tu intercesión. Enséñanos a mirar a María para que en los momentos en los que no entendamos y lo estemos pasando mal, ella nos susurre en el alma y en el corazón: “Espera en el Señor y se hará la luz”. Que sepa vencer la tentación de erigirme en juez y desconfiar de Dios. María, madre, méteme en tu corazón como hiciste con José para que aprendamos a decir juntos los tres: “Hágase en mí según tu Palabra”. La vida de José tomó un rumbo muy definido que está marcado por dos nombres: Jesús y María.

El descubrimiento

La vida con ellos se convierte en un descubrimiento continuo, teñido por los modos sorprendentes de Dios. El comienzo ha sido muy doloroso y a la vez tremendamente alegre. José capta que está ante el cumplimiento de la profecía de Isaías: una virgen concebirá al Mesías, el príncipe de la paz; y la virgen es quien tiene enfrente. El rey fuerte, sucesor de David, que reinará eternamente, es un bebé que está en camino. Y la corte, el ejército de ese rey, es el sólo él. José sabe que este es el momento esperado durante siglos por su pueblo. Por eso se da cuenta de que está ante algo nuevo. El modo en que se cumple la profecía es desconcertante y único en la historia de Israel. Por primera y única vez en la historia, una mujer concibe sin intervención de varón. José se sorprende pero no se escandaliza. Está empezando a entrar en el juego, a entender los modos de Dios. Está empezando a amar la libertad de Dios, a hacer las cosas como Dios quiere hacerlas.  

La historia de Don José

Repasa la historia de José. Date cuenta de cómo va aprendiendo todo. El nacimiento de Jesús es incomprensible para él. Se tienen que mover justo el momento en el que María está a punto de dar a luz. No hay sitio en la posada. José se avergüenza. No entiende pero va aceptando a través de la mirada de María lo que está ocurriendo. Aparecen unos pastores; y menos mal que ello ocurre porque así por lo menos tienen comida para la noche. Después también aparecen unos reyes magos, unos extranjeros a adorar a Dios, los que también les traen un desahogo económico con los regalos que traen. Pero inmediatamente tienen que huir a Egipto porque hay un rey que quiere matar ese niño y nadie les va a decir nada. El ángel simplemente le dice: “Vete a Egipto. ¿Cómo? Tú te las apañas”. Todo es desconcertante para José. Pero él aprende esos modos de Dios y los va amando. Aprende que Jesús da la información mínima a las personas con las que cuenta.

Dios informa sobre lo que va a ocurrir no sobre el modo en que va a ocurrir. Eso lo deja a la libertad y en la responsabilidad de los elegidos. Además Dios deja intacta la situación en la que se encontraban sus elegidos antes de recibir su misión. Su mismo carácter, su persona, profesión, sus mismas circunstancias. Él solo actúa en momentos puntuales y necesarios. La concepción virginal de María y los avisos a través de los mensajeros. Todo el resto pues está abierto para que los hombres demos fe en el uso de la libertad responsable, buscando siempre y en todo la voluntad de Dios, sin juzgar.

Final, final

Acabamos estos 10 minutos de meditación sobre la figura de San José. Han quedado cosas en el tintero pero da igual. José, maestro de vida interior, enséñanos a amar la libertad de Dios. Danos esa convicción de que de Dios sólo procede lo bueno, lo verdadero, lo bello; y que el sufrimiento, el dolor, será siempre un compañero de camino de los que queremos seguir al niño con nuestra vida. José, danos el mirar a María siempre que dudemos, cuando no entendamos.

Te doy gracias Dios mío por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

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