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Castigo y Perdón

por William Orbaugh
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En diversas religiones y dentro de una misma religión, se ha debatido por siglos si existe el “castigo divino”.  

Si Dios castiga al que hace el mal, si las grandes desgracias y las desgracias personales, son justamente castigo de Dios por algo que habremos hecho o dejado de hacer y ya será cuestión personal o del guía espiritual, el determinar qué fue lo que desató la ira divina y qué hacer para ser perdonado.

Nos topamos así con personas (sobre todo entre aspirantes a cargos de elección popular) que se declaran “temerosos de Dios”, como para asegurarnos que de ser electos actuarán con honestidad. Esa declaración es más política que espiritual. Personalmente no soy temeroso de Dios, porque no creo que sea temor lo que deba inspirar, cualquiera que fuera el concepto que de Dios tengamos.

Siempre he sostenido que entre una acción reprimible y su castigo existe una asombrosa relación directa y axiomática: EL CASTIGO ESTÁ IMPLÍCITO EN LA ACCIÓN.  Si bebo demás, mi castigo es ser un borracho y sus implicaciones; si robo mi castigo es ser un ladrón, si mato mi castigo es ser un homicida o asesino; si abuso, ser un abusador; si traiciono, ser un traidor y sus implicaciones en cada caso. No es un “tarde o temprano te van a castigar”, sino es inmediato, dando y recibiendo, porque es un cambio de estado.

¡Es maravilloso en su simplicidad! Cuánto se repite en la naturaleza de la vida y de las cosas ese principio de la “fuerza única”, donde lo mismo que enferma es lo que sana, lo mismo que crea, destruye; donde el mismo calor que evapora el agua, forma las nubes de las que caerá la lluvia que refresque y regule el clima.

La misma vida en sus ciclos, lleva a los seres de su nacimiento a su muerte movidos por una misma fuerza que podemos llamar “amor”. Porque la vida es mas grande que cada uno de nosotros, que apenas somos un relevo entre generaciones y la sola idea de alterar esa simplicidad, con digamos lograr que ya nunca muera nadie, sería una abominación catastrófica.

El castigo va implícito en el delito. No hay tal castigo divino… ¿o acaso justamente sí? 

¿No sería acaso sorprendente, pero a la vez sensato que, en coherencia con todo el plan cósmico, crimen y castigo estén indivisiblemente unidos, como la masa y la energía – dos estados de una misma cosa en permanente interacción -, en un mecanismo de asombrosa economía y eficiencia, generadora y renovadora de todo cuanto existe? 

¿No es asombrosa la obra de Dios?, termina uno concediendo. 

Sorprendente: el castigo va implícito en la acción.

Luego, el perdón.

En otra oportunidad hablé de “La Responsabilidad Original”, cuyo concepto es fundamental en esta línea de ética y pensamiento.

Si el castigo está “pegado” a la acción, ¿qué sentido tendría el perdón? ¿Quién me quita el castigo, si el mal está hecho y lleva su castigo pegado? ¿De qué me sirve el perdón si el castigo seguirá allí?

La verdad es que el perdón es personal y en beneficio propio: el que perdona se alivia a sí mismo del rencor, el resentimiento, el odio y el desgaste. Ello en nada deshace lo hecho por el actor, que sólo en un estado de perversa inconciencia moral, asumiría que “entonces no pasó nada”, sigamos en lo mismo.

¿Quién le puede quitar entonces el castigo? ¡Sólo usted mismo!

Lo dicho: si roba, su castigo es ser un ladrón. ¿Cómo se perdona a sí mismo y se quita el castigo?: ¡Deje de ser un ladrón! No vuelva a robar, que ello traerá de nuevo y cada vez el castigo. No vuelva a ser borracho, no vuelva a ser traidor, no vuelva a matar, etc.

¡Qué duro! ¡Me toca a mí! (la Responsabilidad Original) ¡El perdón implica entonces un cambio radical y definitivo! Un enfrentamiento y dominio permanente sobre mis debilidades y mis bajos impulsos.

El perdón de Dios – en otra genial y maravillosa muestra de economía y eficacia cósmica de “fuerza única”- le es delegado para que usted mismo se quite el castigo de ser lo que ya no quiere ser.

Y ahí sí, que Dios lo ayude… pero es usted.

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