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La alegría del cielo

por Egberto Bermúdez

Con  la elección de tres pasajes del Evangelio de San Lucas, el autor de estas líneas nos recuerda que la Cuaresma es y debe ser también tiempo de la alegría del cielo, de la alegría de Dios y de nuestra más profunda alegría.

Voy a compartir contigo tres pasajes del Evangelio de San Lucas.

1) De la parábola de la oveja perdida (Lucas 15, 1-7):

 “Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió’. Os digo que del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión.” (LC 15, 6-7)

2) De la parábola de la dracma perdida (Lucas 15, 8-10)

“Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió’. Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.” (LC 15, 6-10)

3) De la parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32)

“Pero el padre les dijo a sus siervos: ‘Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’. Y se pusieron a celebrarlo”. (LC 15, 22-24)

“Pero él le respondió [al hijo mayor]: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’”. (LC 15, 31-32)

Ciertamente, de alguna manera la Cuaresma es tiempo de llanto, lloramos por nuestros múltiples pecados e infidelidades de pensamiento, de acción y de omisión. Lloramos por el mal en nosotros, en nuestras vidas y alrededor de nosotros, por los sufrimientos de nuestros hermanos en el mundo y los nuestros, por los infinitos sufrimientos de Cristo en la Cruz. También por su pasión y muerte; además, sabemos que la Cuaresma es tiempo de oración, de ayuno, de penitencia, de limosna y de reconocer la dimensión y la profundidad de las consecuencias trágicas del apartarse de Dios. Sin embargo, también sabemos que, si lloramos con sinceridad y de corazón, seremos felices porque Jesús nos lo prometió: “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” y sabemos que la pasión y la muerte de Cristo desembocan en la alegría de la Resurrección. Porque que Cristo está vivo y vive eternamente es el fundamento de nuestra fe católica. Por añadidura, aunque nos reconocemos como pecadores, y yo el mayor de todos, tengo que repetir constantemente: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador”. También sabemos que nuestro Dios no es un juez tiránico sino Nuestro Padre, clemente, compasivo, paciente y misericordioso que se alegra de nuestra conversión. Vistas así las cosas, la Cuaresma es y debe ser también tiempo de la alegría del cielo, de la alegría de Dios y de nuestra más profunda alegría.

Un abrazo, que Dios nos conceda a ti y a mí la alegría de nuestra conversión, pues todos necesitamos sucesivas conversiones y tenemos la posibilidad de crecer indefinidamente en el amor a Dios y a nuestros hermanos, por todo lo cual, de pecador a pecador, te recomiendo que acudas a la Confesión, el Sacramento de la Misericordia.

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