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La llamada universal a la santidad en el Quijote

por Egberto Bermúdez
El Hidalgo Quijote

La llamada universal a la santidad es una doctrina que nos predica san Pablo en sus cartas. Es interesante comprobar que Cervantes, a través de su protagonista, defiende  esta enseñanza.

La llamada universal a la santidad es una doctrina que nos predica san Pablo en sus cartas: “Ya que en él [en Cristo] nos eligió [Dios] antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia¨. (Ef 1, 4-6) También, en la Primera Carta a los Tesalonicenses nos escribe: “Porque esta es la voluntad de Dios; vuestra santificación”. (1 Tes 4, 3ª) No obstante, en algunos momentos de la historia de la Iglesia la enseñanza de esta doctrina se ha oscurecido, por lo que ha tenido que ser reiterada por algunos santos, como san Francisco de Sales, san Josemaría Escrivá, el Concilio Vaticano II y por el Papa Francisco en Gaudete Et Exultate: Sobre la llamada a la santidad en el mundo actual.

Un Quijote santo

Es interesante comprobar que Cervantes, a través de su protagonista, defiende la enseñanza de la llamada universal a la santidad. En la conversación había surgido el tema de la fama, don Quijote le menciona a Sancho los sepulcros de famosos como la reina Artemisa y el emperador Adriano, cuyos sepulcros fueron suntuosos templos, pero que en ellos no había señales que mostrasen que fueran santos los allí sepultados. He aquí la repuesta de Sancho y el resto de la plática:

“—A eso voy —replicó Sancho—. Y dígame agora: ¿cuál es más, resucitar a un muerto o matar a un gigante?

—La respuesta está en la mano —respondió don Quijote—: más es resucitar a un muerto.

—Cogido le tengo —dijo Sancho—. Luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.

—También confieso esa verdad —respondió don Quijote.

—Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto —respondió Sancho—, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos, que con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia tienen lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos, o sus reliquias, llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares.

—¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? —dijo don Quijote.

—Quiero decir —dijo Sancho— que nos demos a ser santos y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer (que, según ha poco, se puede decir desta manera) canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dicen, la espada de Roldán en la armería del Rey nuestro Señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o a endriagos.

—Todo eso es así —respondió don Quijote—, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería, caballeros santos hay en la gloria”. (II, 8; 607-608)

Sancho alude a la canonización de unos carmelitas descalzas y a la veneración de sus reliquias como la cosa más natural del mundo porque está garantizada por la “Santa Madre Iglesia” y porque “aumenta la devoción y engrandece su cristiana fama”. Ciertamente, se cometían abusos en esta materia, todo lo cual dio pie tanto a la aversión de los protestantes como a la crítica razonable de algunos católicos, pero en su mayoría, el pueblo católico, al igual que Sancho, comprendía el verdadero sentido de dicho culto.

Santidad universal

En el Quijote no sólo encontramos una postura universalista en cuanto a la posibilidad de la santidad se refiere, sino que también un ejemplo concreto de aspiración a la santidad por parte del laico don Diego de Miranda.

“—Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto que de estos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados y nonada escasos; ni gusto de murmurar ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las vidas ajenas ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día, reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de Nuestra Señora y confío siempre en la misericordia infinita de Dios Nuestro Señor.

Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del hidalgo, y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacer milagros, se arrojó del rucio y con gran priesa le fue a asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces.Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó:

—¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son estos?

—Déjenme besar —respondió Sancho—, porque me parece vuesa merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.

—No soy santo —respondió el hidalgo—, sino gran pecador; vos sí, hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.

Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la profunda melancolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego”. (II, 16; 664-665) (He añadido la letra negrita para destacar ciertos lugares del texto)

En la risa de don Quijote aquí no hay ni pizca de ironía. Es simplemente una celebración de la simplicidad del escudero y expresión de empatía. Don Diego y su hijo, don Lorenzo, tratan a don Quijote con caridad y respeto a través de todo el episodio y no dejan de admirarlo por la elocuencia de su locura entreverada. Don Diego le expresa lo equivocado que está en relación a la caballería andante, pero con mucho tacto, compasión y comprensión. El trato recibido por don Quijote como huésped de los Miranda contrasta drásticamente con la forma en que será tratado en el palacio de los duques quienes son los mayores burladores de toda la obra y a “dos dedos de parecer tontos” (II, 70; 1077) ellos mismos como bien lo subraya Cide Hamete, el narrador-autor-personaje.

En conclusión, por los pasajes presentados aquí, es razonable afirmar que Cervantes tiene conciencia de la importancia de la doctrina de la llamada universal a la santidad para todos los bautizados sin distinción de vocaciones particulares.

Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Ed. Francisco Rico.      Madrid: Alfaguara, 2005.

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