Inicio Opinión El optimismo cervantino

El optimismo cervantino

por Egberto Bermúdez
Don Quijote de la Mancha

El optimismo de don Quijote y finalmente el de Cervantes (“la pluma es lengua del alma”), no es superficial, un mero asunto de temperamento, sino uno ontológico y profundo, ése que originándose en la fe se ancla en la esperanza, en la certeza respecto a la fidelidad de un Dios que cumplirá sus promesas

En el discurso de los linajes, don Quijote le explica a su sobrina la relación entre la virtud y el cielo: “La senda de la virtud es muy estrecha (…) [y] acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin.” (II, 6; 593). A don Lorenzo de Miranda, el hijo de don Diego le enumera las virtudes del caballero andante: “…ha de ser teólogo, para saber dar razón de la cristiana ley que profesa, (…) ha de estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales (…) ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos y, finalmente, mantenedor de la verdad aunque le cueste la vida defenderla”. (II, 18; 682-683)

Don Quijte, el optimista

Por tanto, el optimismo de don Quijote y finalmente el de Cervantes (“la pluma es lengua del alma”), no es superficial, un mero asunto de temperamento, sino uno ontológico y profundo, ése que originándose en la fe se ancla en la esperanza, en la certeza respecto a la fidelidad de un Dios que cumplirá sus promesas y desemboca en la valentía de amar a Dios y al prójimo. Recordemos que desde su nacimiento como personaje, nuestro caballero es un “caballero cristiano” o “caballero andante a lo divino” motivado por el amor a su dama, el aumento de su honra, el servicio de su república, el deshacer agravios e “ir por todas las cuatro partes del mundo buscando aventuras en pro de los menesterosos.”(I, 3; 41) Todo lo cual despierta en sus lectores el amor por la belleza, el bien, la justicia y la verdad.

A propósito de la esperanza, Juan Pablo II, en Memoria e identidad, piensa que la fe en la Resurrección de Cristo, al ser la victoria definitiva del Bien sobre el mal es la raíz de la esperanza cristiana: “El misterio pascual confirma que, a la postre, vence el bien; que la vida prevalece sobre la muerte y el amor triunfa sobre el odio.” (p. 75) Palabras estas muy apropiadas para comprender el final de la novela cervantina.

Vencedor y vencido

Al final de la novela nos encontramos con un don Quijote vencido pero vencedor de sí mismo; ya que se reconoce como Alonso Quijano el Bueno y adquiere el reconocimiento de la muerte como verdad esencial de la vida; su alma ha sido incapaz de hallar su plena realización en esta vida debido a las imperfecciones del mundo y a sus propias flaquezas, no pudo obtener la plenitud en el universo temporal, pero lo logra por medio del aprendizaje de la muerte como puerta hacia un horizonte trascendente. Quien antes había sido don Quijote de la Mancha y ahora sabe que es Alonso Quijano agradece a Dios por esta profunda trasformación al exclamar: “–¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres.” (II, 74; 1100)

Entonces, toda la novela ha sido un humilde pero profundo y optimista camino de aprendizaje y redención. El acto del buen samaritano Cervantes que rescata paulatinamente al viejo loco entreverado, “descubriendo en él, más allá de su locura, la dignidad humana de un ser básicamente bueno que en realidad no sabe muy bien dónde se ha metido.” (Bandera, pp. 19-20) Hasta la ironía benévola y traviesa cervantina, su genial sentido del humor, contribuye de forma magistral a este acto de salvación, convirtiéndose así en la expresión más elocuente de compasión, solidaridad y empatía.

¿Qué cambia?

Cabe preguntarse: ¿Qué es lo que cambia y qué es lo que permanece en la vida de nuestro personaje? La respuesta a este interrogante la podemos descubrir en la siguiente cita: “—Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.   Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no solo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían. (II, 74;  1101-1102)

(…)En fin, llegó el último de don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió”. (II, 74; 1104) (He añadido la letra negrita para destacar ciertos lugares del texto)

Lo que permanece es que siempre hizo el bien durante su vida y como es cristiano y tiene esperanza, se prepara a morir serenamente porque sabe que lo espera la permanencia eterna: la vida eterna. Así muere Alonso Quijano, cuerdo, en paz y en su cama, después de haberse arrepentido y recibido todos los sacramentos. De la misma manera morirá don Miguel de Cervantes el 23 de abril de 1616* porque como bien sabemos “la pluma es lengua del alma” y “bien predica quien bien vive”. Tras su muerte, como legado amoroso nos deja el Quijote, la más famosa e influyente novela española de todos los tiempos, para enseñarnos y deleitarnos con el lenguaje y admirarnos y suspendernos con la invención, en una mezcla sublime de entretenimiento y filosofía moral, de veras y de burlas, de lo dulce con lo provechoso, de lo virtuoso con lo chistoso y de lo humano con lo divino: una metáfora de la búsqueda humana de la belleza, el bien y la verdad absoluta.

Bandera, Cesáreo. “Monda y desnuda”: La humilde historia de don Quijote:

Reflexiones sobre el origen de la novela moderna. Madrid:   Iberoamericana, 2005.

Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Ed. Francisco Rico.  Madrid: Alfaguara, 2005.

Juan Pablo II. Memoria e identidad. Buenos Aires: Planeta, 2005.

*Aunque la fecha que figura en el Certificado de Defunción es 23 de abril de 1616, algunos cervantistas opinan que el escritor pudo haber muerto la noche del 22 de abril, este es el caso de Jean Canavaggio en su obra, Cervantes. Madrid: Espasa-Calpe, 1987.

Tu ayuda nos permite mantener esta página y 
 el proyecto de Misioneros Digitales

¡Gracias por tu generosidad!
¡Dios te bendiga!

 

Misioneros Digitales Donaciones

 

 

 

Related Articles

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: