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«Actos de confianza en Dios»

por Pbro. Tomás Trigo
Dios te quiere

Lo único seguro es el amor de Dios. Dios no falla nunca, no defrauda nunca, no engaña nunca y perdona siempre

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Cuando estemos bien convencidos que Dios nos quiere con locura y de que cuida de nosotros en todo momento, o cuando no acabemos de estar convencidos, pero queramos pedirle esa gracia, podemos rezar así:

«Este es el Dios de mi salvación: confío y no temo, porque el Señor es mi fuerza y mi canción, y Él me ha salvado» (Is 12, 2).

El Señor es mi fuerza y mi canción. Porque cuando uno va por la vida totalmente abandonado en Dios, confiando absolutamente en su amor y en su poder, no puede más que cantar de alegría. Cantar a Dios para alabarlo es propio de un corazón confiado y agradecido, sereno y en paz.

«Porque Tú eres mi esperanza, Señor, Dios mío, mi seguridad desde mi niñez. En Ti me he apoyado desde el seno materno; desde las entrañas de mi madre Tú eres mi protector. Para ti mi alabanza continua» (Sal 71, 5-6).

Dios es mi seguridad. Hay muchas personas que sufren de inseguridad. Porque tienen miedo a casi todo. A que les falten el dinero y la salud, a perder el afecto de los demás, a que su modo de actuar no sea el adecuado, sobre todo el adecuado para quienes observan y juzgan. Pero la seguridad en esos terrenos no existe. Y si uno la busca por encima de todo, puede terminar temblando de miedo en un rincón, o hundido en la más profunda tristeza. Lo único seguro es el amor de Dios. Dios no falla nunca, no defrauda nunca, no engaña nunca. Y perdona siempre. 

«El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo?» (Sal 26, 1).

«Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recogerá» (Sal 26, 10).

El salmista se pone en esa situación tan improbable: que los padres abandonen a su hijo. Pues, aunque eso suceda, aunque todos nos abandonen y nos quedemos solos, Dios no nos puede abandonar, porque su amor es fiel, incondicional, eterno.

«Guárdame como la niña de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme de los impíos que me oprimen, de los enemigos que me ponen cerco» (Sal 17, 8-9).

Como a la niña de tus ojos, guárdame. Tal vez no estemos sufriendo ataques de ningún impío enemigo, pero sí de los adversarios de siempre: el egoísmo y la soberbia. Pues bien, el Señor nos protege siempre como a sus hijos más amados. 

«Quien os toca a vosotros toca a la niña de mis ojos» (Zac 2, 12). 

Ese ojo encerrado en un triángulo, que algunos interpretan como el símbolo de un Dios que vigila al hombre para condenarlo, ese ojo representa el cuidado amoroso que Dios tiene de cada uno de sus hijos. Y nos dice no solo que nos mira, sino mucho más: que somos la pupila de sus ojos. No puede estar más pendiente de nosotros.

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