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Un día siendo joven me enamoré de María

por Pbro. Carlos Padilla E.
Virgen María

Fue casual, o no, ya no lo recuerdo bien. Eso sí, fue sagrado, fue tocar el cielo en la tierra y dejar volar mi alma. Fue Ella y no yo. Ella, María,  ya estaba allí, esperándome.

Yo no la conocía. Incluso tal vez la huía. Pero poco a poco sin yo saberlo sentí su abrazo por la espalda, de repente, como si nada. Fue un descuido, bajé la guardia. Y ahí brotó mi primer amor por Ella, por María, por Jesús, por la vida, como un fuego intenso dentro del alma. Fue un amor más hondo, y más sencillo. Me enamoré entonces de un Schoenstatt cálido y libre que captó mi alma con vocación de vuelo.

Y soñé alto con cumbres altas, desde las que poder ver un mundo inmenso. Caminé despacio para no equivocarme y no perder el ritmo, dejándome llevar por los que caminaban a mi lado. Y me descalcé de pronto, para no ir tan seguro, tan protegido. Aparté de mí todas esas ropas de lujo que me ataban y entorpecían mis pasos rápidos. Caminar descalzo es todo un reto, una aventura, todo se vuelve liviano.

Enamorado de la sencillez

Me enamoró la vida que no se me imponía, con muy pocas normas, sin muchos gritos y muchas sonrisas. Me enamoró la sencillez, la libertad para seguir yo mi camino, sin querer que otros siguieran mis pasos. No me exigieron un molde en ese Schoenstatt de entonces, cuando me enamoré muy hondo, muy joven. No había una única forma de ser cristiano, de ver la vida, de ser mariano, de aspirar a ser santo.

No había que decir las mismas cosas, ni repetir consignas comunes, ni hablar de cosas parecidas, con la única pretensión de no desentonar de un grupo. No había que pensar como otros pensaban, para sentirme parte de ellos, de un mismo grupo. Me enamoré de una familia que me acogía como yo era, en mi verdad, sin querer cambiarme.

Parecía un milagro. Me enamoré de un lugar en el que el poder no era lo importante, ni el número de miembros y asistentes, ni el prestigio y poder de sus creyentes, ni los éxitos y el poder económico, ni los logros apostólicos logrados. Aprendí simplemente a ser útil antes que importante. Y valiente antes que cobarde, para decir las cosas, para ser audaz en mis vuelos.

El descubrimiento

Descubrí que dando me volvía más rico, y siendo yo mismo, de repente, era más sabio. Aprendí a volar por encima de cotas mediocres en las que antes me sentía tan cómodo. Descubrí el rostro de un Dios misericordioso, que me amaba y me perdonaba. No un pecado, sino todos. No una vez, sino siempre que caía de nuevo. Era todo tan frágil. Y se grabó en mi alma lo que el otro día escuchaba: «No hay un corazón más perfecto para Dios que un corazón enamorado». Yo estaba enamorado de esa vida nueva que lo cambiaba todo. La forma de mirar, de escuchar, de sentir.

Y caminé con fuerza, sin importarme la lucha. Me atrajo en su momento esa rebeldía sana de los corazones jóvenes, que no busca la comodidad ni se queda en el conformismo. Volví en mi alma al comienzo de mi propia historia santa, a esa orilla de mi vida en la que dejé varada mi barca para surcar mares hondos. Descalzo, sin seguros.

Corazón de niño

Allí donde el corazón se hace niño de repente, otra vez, un alma sencilla. Y me volví pobre, alegre y libre. Volví en mi interior al día en el que todo era más sencillo y no había que hacer nada especial para demostrar algo. Yo me enamoré de una vida sencilla y familiar, de una atmósfera que me ayudaba a crecer y a querer dar la vida.

Un viento que tiraba de mí hacia el cielo haciéndome sembrar el paraíso con mis manos pobres. Vuelvo súbitamente a pensar en ese lugar en el que me enamoré un día siendo tan joven. No sabía lo que hacer con mis días. No quería perder la pasión por vivir. Me miro ahora en la mitad del camino. Y  no quiero encerrarme y dejar de soñar, perdiendo la vida. No quiero pensar que no puedo hacer nada más por cambiar este mundo, empezando conmigo. No sueño con un lugar perfecto y acabado, en el que todo esté dicho.

Santidad de vitrina

No creo en una santidad de vitrina, que se conserva por miedo a perderla, en la que todo se guarda para que nada se muera. No creo en una santidad en la que todo encaja, porque eso sólo en el cielo será ya pleno. Prefiero vivir por los caminos soñando hondo, cansado a veces, caído otras. Prefiero luchar hasta perder el aliento antes que conformarme con esperar a ver qué pasa. Prefiero una vida herida antes que una vida perfecta, sin manchas aparentes.

Prefiero el desorden al orden perfecto que aprisiona mi alma. Me enamoré de ese Dios que respeta mis tiempos, ama mis debilidades y me sostiene cuando ya no puedo. Me enamoré de ese santuario en el que podía entrar siempre, sin tener que estar a la altura. Soñé con una santidad valiente, no inmaculada. Me atrajo ese Dios de la vida que conocí recorriendo caminos, siendo peregrino.

Un Dios caminante, de abrazo fácil, mirada ancha y sonrisa constante. Me gustó ese Dios humilde que no se imponía exigiendo normas. Me enamoró la vida que se partía, como la de Jesús, en la cruz, en la última cena. Y decidí seguir los pasos enamorados de un sueño que se hizo claro dentro de mi alma, para siempre. Y aprendí a no juzgar, sin importarme demasiado el hecho de ser juzgado. 

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1 comentario

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Maria septiembre 30, 2020 - 11:11 am

Me encanto gracias!!!!!!

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