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«Gozos y dolores»

por Pbro. Tomás Trigo
Dios te quiere

Dios quiere que sus hijos disfrutemos con gratitud de las cosas buenas que nos da

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Nuestro Padre nos envía gozos y dolores. Pero nos fijamos casi exclusivamente en los dolores, tal vez para quejarnos; y apenas le agradecemos los gozos. Más aún: estamos tan agobiados, que no sabemos disfrutar de las cosas agradables de la vida. Y no quiero ni pensar en los que consideran que a Dios, que es tan serio, no le agrada el gozo de sus hijos.

Dios quiere que sus hijos disfrutemos con gratitud de las cosas buenas que nos da.

Que disfrutemos del trabajo. El trabajo cansa, pero ¿no es un gozo sentirse cansado porque hemos trabajado por amor a Dios y a los demás? Sé también que hay trabajos muy duros, inhumanos… Pero la culpa no es de Dios, sino nuestra, y tenemos que conseguir, entre todos, humanizar el trabajo.

Que disfrutemos del descanso. Jesús, María y José descansaban, y estoy seguro de que esos momentos eran muy agradables para los tres. 

Que disfrutemos de la amistad. Es uno de los regalos más grandes que Dios nos ha concedido. Me gusta recordar lo que dice Aristóteles en la Ética a Nicómaco: «La amistad es una virtud o va acompañada de virtud, y además es lo más necesario para la vida. Sin amigos, nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes». Jesús es quien mejor nos enseña a valorar y vivir la amistad. Basta contemplarlo disfrutando de la compañía de sus amigos Lázaro, Marta y María, de la convivencia con sus Apóstoles, o llorando de pena ante la muerte de Lázaro. Se está a gusto con los amigos, y esa amistad es un reflejo de la amistad que Dios quiere que tengamos con Él.

Que disfrutemos de las alegrías de la vida de familia. En la casa de Nazaret, la vida era gozosa, a pesar de las incomodidades propias de una familia pobre. Los padres y los hijos tienen que pasarlo bien juntos. Tan bien, que estén deseando llegar a casa para encontrarse con los demás.

Que disfrutemos de la naturaleza que Él ha creado para nosotros. El amanecer, una puesta de sol, la luz y la noche estrellada, la lluvia y el viento: a un hijo de Dios todo le habla del amor de su Padre. Debería bastar esto para que fuésemos muy cuidadosos con el medio ambiente, la casa de todos los hijos de Dios.

Que disfrutemos de una buena comida y de un buen vino, con moderación y señorío, para celebrar las fiestas litúrgicas y familiares. Jesús, en las bodas de Caná, convirtió el agua en un vino excelente, no en vino avinagrado para amargar el paladar de los comensales. 

Que disfrutemos del manjar más extraordinario: la Sagrada Eucaristía, que infunde fortaleza, alegría y paz. Y del maravilloso sacramento del perdón, en el que escuchamos las palabras de Cristo que nos llenan de alegría: “Yo te perdono tus pecados…”

Que disfrutemos de sabernos hijos de Dios. No hay mayor gozo para el hombre, si tiene fe.

Que disfrutemos de la sonrisa y el cariño de nuestra Madre, la Virgen María.

Señor, Tú eres un Padre, nos das unos regalos maravillosos, y gozas viendo cómo disfrutamos de ellos. Ayúdame a “saber disfrutar”, y a no hacer caso a esas personas que te pintan tan serio, tan grave y tan severo. Como si estuvieras eternamente amargado. 

Tú quieres que disfrutemos de todo lo bueno que recibimos de tus manos y que te demos gracias por todo.

Y cuando permites que nos sucedan cosas desagradables, esperas de nosotros que sepamos recibirlas como venidas de tus manos para nuestro bien. Y que también te demos las gracias.

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