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Porque en Cuaresma, hasta el cielo no paramos

por Editor mdc

¿Qué es la cuaresma para vos? ¿Cómo la vivís? ¿Sos conciente de que estás haciendo un camino de transformación hacia la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús o lo pasas como un tiempo más? Éste es nuestro punto de partida, así como Jesús pasó sus cuarenta días en el desierto haciendo ayuno y oración, preparándose para su misión (Mt. 4, 1-10), nosotros debemos acompañarlo preparándonos para la Semana Santa.

Pero, ¿cómo nos preparamos? Simplemente reconociendo nuestras faltas y pecados, así de simple y complejo a la vez. Es fácil darnos cuenta de que no somos perfectos y nos equivocamos, el pecado habita en nosotros (Rom.7,19-20). Este ejercicio es complejo, por otro lado, porque nuestro orgullo muchas veces nos impide ver nuestras faltas. Asimismo, las luces pasajeras del mundo minimizan el pecado o lo relativizan, por lo que debemos caminar con prudencia y, ante la duda, buscar la Luz de Cristo.

Como el leproso en la Liturgia de la Misa que escuché el otro domingo (Mc. 1, 40-45), sólo nos tenemos que dejar tocar con fe por Jesús que nos purifica, nos devuelve la dignidad y nos reinserta a la vida de la gracia para morir y resucitar con Él en la Semana Santa.

Por lo tanto, este tiempo tan especial es un momento para despojarnos del hombre viejo y dejar entrar al hombre nuevo. Esto se logra mirando hacia adentro, repasándo nuestro día a día. Hay que intentar que caigan las corazas que nosotros mismos nos pusimos y reconocernos tal cual somos, hijos de Dios. Es tiempo de parar, observarnos y meditar también lo que ocurre a nuestro alrededor. Se trata de arreglar nuestra vida, admitir nuestra miseria y arrepentirnos de nuestras malas conductas, como lo hizo la gente de Nínive (Jonás 3, 1-10).

Si bien el proceso es doloroso y cuesta, la cuaresma sirve para que tengamos un momento para nosotros, y reencontrarnos. Miremos lo que estamos haciendo, no para quedarnos en “la culpa por la culpa”, sino para dar esa mano al hermano que la necesita, para ser felices en lo que realmente es importante, aceptarnos y mejorar. No sólo por mi, también por mi prójimo.

Una vez me dijeron: “Así como el jinete debe domar el caballo, nosotros debemos aprender a dominar nuestras pasiones, para eso es la cuaresma”. Esto quiere decir que debemos sobreponernos a nuestros propios caprichos. Si no le ponemos freno al caballo y no lo educamos, éste hace lo que quiere. Lo mismo sucede espiritualmente hablando, si no le presto atención a mis impulsos, hacen lo que quieren. ¿La voluntad me vence a mí o domino mi voluntad aunque me cueste?

Ofrecer lo que nos cuesta

Todo en la vida implica un sacrificio, ya sea cumplir con obligaciones laborales, hacer una dieta o entrenar para lograr una meta deportiva. En este tiempo penitencial, ofrezcamos lo que nos cuesta. Hagámoslo para reparar nuestros pecados, purificar nuestras almas y facilitar los buenos actos mediante el ayuno, la limosna o caridad y la oración.

No hace que falta que hagamos cosas extremas para ayunar. La acción tiene que brotar de tu corazón. Podés hacerlo privándote de aquello que te gusta para compartirlo; callando una palabra poco agradable; enfrentando ese vicio que no podes dejar. En este sentido, no dejemos de frecuentar la Palabra de Dios, que nos enseña cómo ayunar (Isaías 58, 6-12).

La oración es el modo de comunicación con nuestro Dios y es importante tenerla presente en lo cotidiano, junto a la lectura de la Biblia. Con todo, muchas veces rezar nos resulta arduo y nos cuesta. Algo que ayuda en esos momentos es alejarnos a un lugar donde estemos solos para orar. Ello favorecerá el silencio no sólo exterior sino interior, porque puede no haber ruido y que de todas formas nuestra mente está volando (Mc 1,35).

La conversación con mi Papá Dios debe ser parte de nuestros días. Así como nos hacemos tiempo para otras cosas, hay que hacernos tiempo para Jesús. Trabajar nuestro interior y entregarle nuestro corazón, orar y meditar, hacer ese silencio interior para escuchar la voz de Dios que nos susurra como brisa suave al oído (1 Reyes 19, 11-18). Él te habla, te guía, te sostiene y te dice cuánto te ama. Dios es nuestro faro que nos guía hacia puerto seguro, por eso dejémonos guiar en esta cuaresma para vivir con un corazón dócil la Semana Mayor.

En cuanto a la limosna o caridad, estamos invitados a tener pequeños grandes actos en nuestra vida diaria ​—​pequeños porque pueden no parecernos importantes en sí; grandes, porque de esa forma podemos alegrar el día de otra persona y cultivar la fraternidad.

Volver a empezar

A la hora de llevar adelante la misión que Dios nos propone en este tiempo, San José nos enseña mejor que nadie cuál es el camino a seguir. Recorramos la cuaresma de su mano: miremos su historia y tomemos ejemplos.

El Miércoles de Ceniza nos recuerda nuestra fragilidad, que estamos de paso acá en la Tierra (Gn. 3,19). Recordemos que cada proceso es personal y no suma reprochar pecados ajenos. Dios no nos mandó a este mundo para ser juez de nadie, estamos acá para ser felices. (Mt. 7,3-5).

Tu cuaresma no puede terminar igual que como comenzó, no podemos ser los mismos desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección. Algo debemos haber cambiado, vencido, convertido para acercarnos a la santidad. Cada día es un volver a empezar, es un don que Dios nos regala para afrontar lo que nos quita la paz.

Ojalá que estos cuarenta días los vivas de una manera muy especial. Preparémonos para la semana más importante dando lo mejor de nosotros, siendo mejores personas. Por eso, en cuaresma de la mano de San José hasta el cielo no paramos.

Autora: Una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.

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1 comentario

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Claudia febrero 26, 2021 - 3:49 am

Que hermoso! Una clara explicación para mí vida y me ayuda tanto para la catequesis. Gracias y bendiciones

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