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Porque con Jesús Resucitado hasta el cielo no paramos

por Editor mdc
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El misterio de la redención es el acto de amor más grande que Dios ha tenido para con los suyos y, a su vez, es incomprensible para nosotros. La resurrección en la que creemos y esperamos es la culminación de la obra de Dios por medio del sacrificio de Cristo. No hay resurrección sin muerte en la Cruz (1 Cor 15,12-21) y ese madero simboliza todo lo que nos resulta difícil en nuestras vidas, ese pecado que a veces pesa y nos hace caer. La Buena Noticia es que de la mano de Jesús podemos resucitar a la vida de la gracia (Rom. 6,3-4).

Así como un alpinista debe prepararse, soportar climas adversos y sacrificarse para llegar a la cima de la montaña, es inevitable atravesar el camino de la Cruz para alcanzar la vida nueva. Debemos limpiarnos de nuestra maldad (Gal 5, 24-25), morir con Jesús para resucitar con Él. Esa experiencia la vivimos especialmente en el Santo Sacrificio de la Misa, ya que según la doctrina de la fe se trata de la renovación del sacrificio de la Cruz. Para quien ofrece la celebración con fe y esperanza, sucede lo mismo que aconteció en el Gólgota.

Para resucitar con Cristo debemos buscar las cosas del cielo y abrir nuestro corazón de par en par (Col 3, 1-5). Una vez me dijeron que no estamos en este mundo solamente para comer y trabajar, también tenemos que prestar atención a nuestro interior. Esto significa que Cristo vive en cada uno de nosotros. Depende de cada uno dejarlo participar en nuestra vida cotidiana, dialogar con Él, hablarle (Gal. 2,19-20).

No importa cómo haya sido tu pasado, aún si sentimos que nuestras miserias son como la escarlata o que pesan una tonelada, todos los días es un volver a comenzar. Siempre podemos reparar nuestras acciones con amor (2 Cor 12,9).

Este mensaje de salvación para los hombres lo encontramos en la Palabra de Dios, que es nuestro pan cotidiano y nos impulsa a crecer en la vida espiritual. La victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe y los mandamientos son las alas que nos llevan al cielo.

La misericordia que brotó del costado de Cristo crucificado es lo único que cambia al mundo. Podemos experimentarla a través del sacramento de la confesión, donde Jesús resucitado nos ofrece su perdón. Nuestro cambio debe ser total -dentro nuestro y con el prójimo-, para mejorar la sociedad con relaciones fraternas entre hermanos en la fe. Debemos estar abiertos y predispuestos a ser luz para los demás, no olvidemos que Jesús está más vivo que nunca y que Él es quien nos da la vida (Jn 14,1-6).

Aprendamos a reconocer al crucificado en el hermano que sufre, pidámosle a Jesús que nos dé sus ojos para mirarlo del mismo modo que Dios lo mira. Cada día es una oportunidad para corregirse, perdonar, amar. Si somos sinceros, es posible hacer un borrón y cuenta nueva cuando nos equivocamos. Toda alma arrepentida encuentra comprensión.

Recordá que mantenernos firmes en la fe es nuestro mayor tesoro, estamos en este valle de lágrimas con la esperanza puesta en nuestra patria celestial. No estás solo en este caminar, Jesús resucitado vive entre nosotros (Lc. 24, 5-6). Además, no nos dejó huérfanos: desde la Cruz nos encomendó a su Madre (Jn. 14,17-21).

En fin, Jesús resucitó y nosotros estamos llamados a resucitar. La Resurrección es para todos, nos alcanza a todos, aceptá esta Verdad y recibila en lo profundo de tu corazón. Agradecele a Dios y glorificalo eternamente por este regalo. Porque con Jesús Resucitado, hasta el cielo no paramos!

Autora: Una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.

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