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«Un acto de abandono»

por Pbro. Tomás Trigo
Dios te quiere

El que se abandona en Dios es el único que está seguro. El que pone su seguridad en sus capacidades, en sus fuerzas, en su inteligencia, en su dinero, necesariamente está inseguro, porque, fuera de Dios, no existen puntos firmes de apoyo

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¿Queremos dejar de estar preocupados? ¿Queremos estar tranquilos? Hagamos un acto de total abandono. Tomemos todo lo que tenemos y dejémoslo en las manos de Dios. Es el único lugar en el que podemos encontrar la seguridad completa. 

El que se abandona en Dios es el único que está seguro. El que pone su seguridad en sus capacidades, en sus fuerzas, en su inteligencia, en su dinero, necesariamente está inseguro, porque, fuera de Dios, no existen puntos firmes de apoyo. 

Hay que dar ese paso –que es costoso–, y decirle: 

Señor, dejo en tus manos mi futuro. Ya no me pertenece. Ahora depende de Ti. Cuando dependía de mí, no hacía más que preocuparme. Pero, como ahora depende de Ti, estoy tranquilo. Todo lo que Tú permitas será lo mejor. 

Dejo en tus manos los bienes materiales que tengo. Todo eso es tuyo. Tú verás qué haces con lo tuyo. Si quieres conservarlo, gracias. Si quieres reducirlo, gracias igualmente. Yo haré de administrador de esos bienes, y trataré de emplearlos como a Ti te agrade. 

Dejo en tus manos mi trabajo, mi profesión, mis posibilidades de éxito. 

Dejo en tus manos mi salud. Si me la quieres conservar, gracias. Si me la quieres quitar, gracias también. Dejo en tus manos a mi familia. Ahí sí que está segura. Dejo en tus manos mi salvación. Yo lucharé, con tu gracia, para agradarte cada día de mi vida, y tengo la firme confianza de que me recibirás al final en tus manos de Padre. 

Es muy conveniente que con frecuencia renovemos brevemente nuestro acto de abandono, diciéndole estas jaculatorias que aprendí de san Josemaría:

«Señor, me abandono en Ti, confío en Ti, descanso en Ti». 

«Señor, Dios mío, en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno».

Después de escribir lo anterior, llega a mis manos la “Oración de abandono” (Prière d’abandon). Se originó a partir de los escritos del famoso Carlos de Foucauld (1858-1916), militar y explorador de Marruecos, que se convirtió al cristianismo hacia 1886. La copio a continuación para que podamos recitarla dejando todo, todo, en las manos de Dios: 

«Padre mío, me abandono a Ti. 

Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en tus manos. 

Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre».

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