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«Los miedos»

por Pbro. Tomás Trigo
Dios te quiere

Sentir temor es humano, pero un hijo de Dios no puede dejarse dominar por él, Si eso sucede es porque vivimos como si no tuviéramos un Padre infinitamente poderoso que está continuamente pendiente de nosotros

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Si no confiamos en Dios, nos llenamos de miedos y temores.

Miedo a que nos suceda algo malo, que venga de repente una enfermedad pequeña o grande a romper nuestra inestable felicidad.

Miedo horrible al fracaso profesional, a convertirnos en “perdedores”.

Miedo a que le pase algo malo a un miembro de nuestra familia, que nos convierte a veces en agobiantes controladores.

Miedo al tirano del qué dirán, a no ser apreciados y aprobados por los demás.

Miedo a la vida, que algunos pretenden superar huyendo de la realidad, enajenándose con cualquier ocupación o por medio del sexo, el alcohol y la droga. 

Miedo a que vengan más hijos, porque pondrán en peligro el bienestar.

Miedo a entregarnos del todo a Cristo, miedo a la Cruz.

Hasta sentimos un cierto temor cuando todo va bien, porque pensamos: ya hace demasiado tiempo que todo marcha sin grandes problemas; esto quiere decir que pronto llegarán las contrariedades… 

El miedo lleva al enfado, a la tristeza y a la ansiedad.

Sentir temor es humano, pero un hijo de Dios no puede dejarse dominar por él. Si eso sucede es porque vivimos como si no tuviéramos un Padre infinitamente poderoso que está continuamente pendiente de nosotros. Como si no tuviéramos una Madre que no hace más que pensar en sus hijos, que se preocupa incluso de que no falte el vino en una boda de pueblo, y que no duda en pedirle un milagro a su Hijo para que solucione el problema. Como si estuviésemos solos en el mundo, y todo dependiese de nosotros. Así no se puede vivir, así la vida se hace insufrible. Y se pierde la alegría y el sentido del humor, y todo se vuelve trágico y sombrío. 

Me ayuda mucho a mantener la serenidad contemplar a Jesús que duerme tranquilo mientras los apóstoles se mueren de miedo en medio de la tempestad que, de repente, se ha levantado en el lago de Genesaret.

«Aquel día, llegada la tarde, les dice: “Crucemos a la otra orilla”. Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas. Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despiertan, y le dicen: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” Y, puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla, enmudece!”. Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo: “¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?” Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?”» (Mc 4, 35-41).

El Señor tenía buen sueño, un sueño profundo y envidiable. 

Quizá tenemos que dirigirnos al “Señor del buen sueño” y pedirle: “Jesús, dejo en tus manos todas las preocupaciones que pretenden agobiarme. Dame un buen sueño que repare mis fuerzas físicas y espirituales, y haz que despierte con la ilusión de amarte más durante el nuevo día”.

Para acabar con los miedos, conviene meditar estas palabras de Dios dirigidas a cada uno de nosotros: 

«Quien os toca a vosotros toca a la niña de mis ojos» (Zac 2, 12).

Es Él mismo el que nos enseña a rezar así:

«Guárdame como a la niña de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme de los impíos que me oprimen, de los enemigos que me ponen cerco» (Sal 17, 8-9).

Estábamos perdidos, sin saber a dónde ir, pero el Señor nos acogió a todos en la Cruz:

«Él le sale al encuentro en la tierra yerma, en el desierto, en el aullido de la soledad. Lo rodea, lo llena de cuidados, lo guarda como a la niña de sus ojos» (Deut 32, 10).

Eso dijo Dios: somos las pupilas de sus ojos. Pero tal vez lo hemos olvidado, o quizá nos ha parecido solo una bella frase. ¡Las pupilas de los ojos de Dios! Es un modo de hablar muy gráfico. En hebreo expresa sobre todo la imagen que se forma en las pupilas del ojo cuando uno se acerca a él. El Señor me tiene siempre presente, me cuida como si fuese su único hijo. 

Me vienen a la memoria unos versos de Pedro Salinas que se podrían aplicar a la mirada de Dios: «¡Qué alegría vivir sintiéndose vivido!». Hay otra Persona, tres en realidad, que me quieren tanto y con tanta intimidad, y que piensan en mí con tanta ternura, que puedo decir que me viven. «Que hay otro ser por el que miro el mundo porque me está queriendo con sus ojos». 

Es precioso. Dios me está queriendo con sus ojos, me está mirando con un cariño infinito, y yo puedo mirar el mundo a través de sus pupilas, y entonces el mundo es diferente a como lo conocía antes, es la casa de mi Padre, y sé que no voy a perder nada de lo bueno y bello de esta tierra cuando cierre mis ojos por última vez. 

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