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¿Por qué decimos el Credo en cada Misa dominical?

por Obispo Daniel H. Mueggenborg
oración

El Credo puede parecer normal debido a la frecuencia con que lo recitamos, pero para los primeros cristianos, el Credo no era nada común. Era una profesión de fe por la cual estaban dispuestos a morir — y muchos murieron. Tal vez podemos profundizar en nuestra fe recordando sus testimonios cada vez que profesamos el Credo. 

Para responder a tu pregunta, consideremos algunos acontecimientos históricos y litúrgicos.

Aunque el Credo se desarrolló a lo largo de unos cuantos siglos — desde el de los Apóstoles (primer siglo) hasta el Nicenoconstantinopolitano (325) y finalmente el de Calcedonia (451) — el contenido básico permaneció igual, aunque se agregaron clarificaciones y distinciones.  

Antes de que se utilizara ninguna forma de Credo en el contexto litúrgico, eran comunes las simples profesiones de fe en los Evangelios y en Hechos de los Apóstoles (ej. Mateo 9, 28, Hechos 16, 31). Eventualmente, los Credos fueron utilizados en el Rito de Bautismo. Los catecúmenos eran usualmente adultos. El Credo servía como una profesión personal de fe (razón por la cual comienza con “Yo” en vez de “Nosotros”) y era llamado el “Símbolo de la Fe”. 

La palabra griega symbolon (que significa “juntar”) originalmente se refería a un objeto partido en dos, cuyas partes eran entregadas a personas diferentes. Cuando las dos personas se encontraban y juntaban sus piezas individuales, el ajuste perfecto aseguraba la identidad de las personas. El Credo cumplía esta función, ya que la persona a ser bautizada profesaba una fe conforme con la fe de la Iglesia. Entonces, su identidad era verificada como un discípulo de Jesús que abrazaba plenamente la fe transmitida por medio de una única Iglesia santa, católica y apostólica. Solo alguien que creía en lo que la Iglesia creía podía hacer tal profesión. 

Cuando la era de la persecución llegó a su fin con el Edicto de Milán en 313, la Iglesia comenzó a celebrar pública y abiertamente la fe que previamente tuvo que mantener escondida y secreta. Esta triunfante proclamación de la fe rápidamente llevó a su incorporación a la liturgia. A partir del sexto siglo, el Credo fue profesado abierta y públicamente en las Misas en algunas partes de Europa. En 1014, el Credo fue oficialmente aceptado por Roma como una parte apropiada de la Misa. Hoy en día continuamos esta antigua tradición de profesar el Símbolo de la Fe por el cual personalmente reconocemos nuestra comunión en una fe, un bautismo y un Señor Jesucristo (Efesios 4,5).

Además, debemos considerar a qué parte de la Misa corresponde el Credo. ¿Por qué no comenzar nuestra liturgia con el Credo para verificar la comunión de la fe que estamos por celebrar? ¿O profesarlo al final, para recordarnos de la fe que estamos por llevar al mundo? El lugar del Credo, inmediatamente luego de la homilía, le otorga su particular significado. 

La liturgia es una conversación entre Dios y su pueblo, en la cual el sacerdote sirve como representante de ambos, y por lo tanto habla de parte de ambos en momentos diferentes. Es importante recordar quién está hablando y qué se está proclamando. En las lecturas bíblicas, Dios está hablándole al pueblo. Esta conversación alcanza su clímax en la proclamación del Evangelio, en la que Jesús es proclamado como la Palabra de Dios hecha carne que ahora habla a este cuerpo, la Iglesia. Por esta razón, nos ponemos de pie para el Evangelio y mostramos otros signos de reverencia apropiados. 

Luego del Evangelio, el sacerdote o diácono proclama la homilía que continúa la Palabra de Dios como es aplicada a nuestras vidas cotidianas, guiándonos más profundamente hacia el Misterio Pascual que estamos llamados a vivir y al memorial de lo cual estamos por celebrar en la Eucaristía. 

¡Vaya conversación que está teniendo Dios con nosotros!

La Profesión de Fe es nuestra oportunidad, como pueblo de Dios, de responder a la autorrevelación y salvación del Señor. La palabra de Dios debe ser entendida y aceptada, para que no seamos espectadores pasivos en vez de oyentes activos (Santiago 1, 22). 

El Credo es decir a Dios: ¡Te hemos escuchado y creemos en ti! El Credo es un resumen de las Escrituras. Expresa nuestra fe en Dios, que es una Trinidad de Personas que ha actuado en eventos históricos y que es revelado definitivamente en la persona de Jesús. Esta revelación continúa madurando y creciendo a través del Espíritu Santo presente en la Iglesia. Estamos proclamando que creemos toda esta revelación, no solo una parte de ella, y que Dios la ofrece a nosotros como un testamento efectivo de su amor salvador y redentor por nosotros. 

¡Qué conversación! ¡Qué regalo! ¡Qué privilegio hablar a Dios, que nos ha hablado a nosotros! ¡Qué forma más activa de prepararnos para celebrar la Eucaristía, hecha posible a nosotros por medio de nuestro bautismo, en el que el Credo primero nos unió al Cuerpo de Cristo, la Iglesia!

La próxima vez que profeses el Credo en la Misa, recuerda a quién le estás hablando. Piensa en lo que Dios acaba de decirte en las Escrituras y en la homilía. Reflexiona sobre lo que significa ser un miembro del pueblo de Cristo que acepta la plenitud de lo que Dios ha revelado y que está dispuesto a dar testimonio de Cristo en el mundo — incluso cuando signifique derramar nuestra sangre por Jesús, que derramó su sangre por nosotros. 


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